La historia de mi barrio

Domselaar, un pueblo rural en crecimiento

De un lado de la vía está el sector tradicional de la localidad; del otro, los nuevos vecinos que llegaron en los últimos años. La vida apacible y la falta de servicios caracterizan el lugar.
domingo, 17 de septiembre de 2017 · 15:53

El pueblo de Domselaar forma parte del partido de San Vicente y se toma como su fecha de fundación al 14 de agosto de 1865, cuando quedó inaugurada su estación de trenes. La pequeña localidad está ubicada sobre el kilómetro 15 de la ruta 210, la continuación de la avenida Hipólito Yrigoyen. 

Históricamente tuvo una población inferior a los mil habitantes, pero en los últimos años comenzó a darse un crecimiento sostenido a partir de la llegada de familias desde diferentes puntos del Conurbano. La parte de “atrás de la vía”, que antes era “todo campo”, ahora contiene una gran cantidad de viviendas en construcción pertenecientes a los nuevos vecinos. En total, se calcula que Domselaar tiene unos siete mil habitantes. 

El que percibe claramente ese fenómeno es el cura de la Capilla Santa Clara de Asís, Horacio Fasce, que llegó al pueblo hace dos años. “La mayoría de los vecinos son gente que está haciendo sus comodidades para vivir. Las familias no se conocen y cuesta acostumbrarlos a que se reúnan porque están demasiado ocupados en sus casas y en criar a los hijos. En cambio, los autóctonos  son muy pocos, pero sí se conocen todas las familias”, describe Fasce a El Diario Sur. 

Su capilla fue fundada en 1876 y allí funcionó la primera escuela rural de la localidad. La construcción es de estilo renacentista y es el gran orgullo de los vecinos. Actualmente, dice Fasce, la comunidad es reducida pero logran articular con Cáritas para ayudar con ropa a chicos carenciados. “De todas formas yo no veo una necesidad muy grande de alimentos. Muy poca gente se ha acercado a la parroquia para solicitar una ayuda material”, sostiene. 

Pero Nina Navarro y Graciela Jiménez, del templo evangélico, no están de acuerdo. Esas dos mujeres llevan adelante un comedor que atiene a 60 niños todos los fines de semana, y también les dan la merienda y les ofrecen apoyo escolar. “Esto lo hacemos más allá de lo religioso, para todos. Vienen con muchas necesidades porque en la casa comen un solo plato de comida al mediodía o a la noche, entonces esperan el fin de semana para comer bien”, comentan. Y aseguran que también observan “problemas de adicciones”. “Hay muchos jóvenes que están en la esquina. Nosotras tratamos de traerlos acá, de darles la palabra de Dios, de escucharlos. Y algunos nos hacen caso”, reflejan. 

Otra de las instituciones que realiza una tarea social en el pueblo es el Club Atlético Domselaar, que fue fundado en 1922 pero que había sido abandonado y resurgió cuatro años atrás con el impulso del fútbol infantil. “Tenemos 100 chicos, de los cuales 60 participan en la liga ADIAB de Almirante Brown”, explica Liliana Rodríguez, una de las integrantes de la comisión directiva. 

“Hacemos todo a pulmón para que no estén en la calle. Los papás son los mismos directores técnicos, acá no hay plata, solo amor a la camiseta”, expone Rodríguez. Y completa: “Se nota que a los padres les cuesta mucho ganarse el mango porque acá la única fuente de trabajo es (la planta de faena de pollos) Sapucai. Si no trabajan ahí, lo hacen en el campo o son albañiles. Tenemos un chico que ayuda a la familia con el tambo, va a la escuela y viene a entrenar”. 

En el lado de “los autóctonos”, en la franja que va desde las vías hasta la ruta 210, se destacan algunos comercios históricos. El del “Negro” Castellanos es un almacén que vende diarios y revistas hace más de 70 años. Y Olga Méndez, después de la muerte de su marido en 2007, todavía conserva unas mesitas para los parroquianos que se quieren sentar a compartir una cerveza. 

“Mis suegros llegaron acá en 1915”, calcula Olga, de 80 años. “Yo me vine desde Longchamps cuando tenía 17 años y conocí a mi marido. Teníamos un almacén de ramos generales muy grande. Pero desde que él murió en 2007, me quedé con este negocio más chico”, recuerda. Y dice que los vecinos le manifiestan su cariño y le consultan por historias viejas: “Se creen que soy el libro de Domselaar”. 

Pero el lugar de los libros es la biblioteca Francisco Liborio Laguzzi, fundada en 2014. La vecina Norma Del Bono comenzó con el proyecto de recopilar historias del pueblo en una revista, y así recaudó fondos para cumplir el sueño de tener una biblioteca en el pueblo. “Fue un cambio grande porque antes la gente que necesitaba un libro tenía que ir hasta Alejandro Korn, San Vicente o Brandsen”, señala Norma. En un pueblo donde muchos todavía no tienen acceso a Internet, la entidad recobra una mayor relevancia. 

Hay otros dos lugares clave: el Hogar Gallego de Ancianos, que suele participar de los desfiles del 20 de Junio, y el castillo de Felicitas Guerrero, que se puede recorrer en visitas guiadas por la misma dueña los fines de semana. 

A simple vista queda claro que la localidad está partida por las vías, por las que pasa el tren que va hacia Chascomús y Mar del Plata, pero sin parar en la estación, que no está habilitada. Hacia la ruta está el sector tradicional; hacia el este, los nuevos vecinos con mayores carencias. Pero la falta de servicios básicos hermana a todo el pueblo: no hay gas de red ni cloacas. Tampoco existe en el pueblo un cajero automático y es una zona frecuentemente castigada por los cortes de luz. Las cuadras asfaltadas son pocas, y el estado de las calles en días de lluvia es desastroso. 

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