San Vicente |

Cada vez hay más parrillas callejeras sobre la ruta

Varias abrieron en los últimos meses y son de vecinos que se quedaron sin trabajo.

Son cada vez más. Se las ve sobre la avenida Hipólito Yrigoyen a lo largo de todo el Conurbano, por la avenida Presidente Perón que une San Vicente y Alejandro Korn y por la ruta 58, en el trayecto a Canning. Las parrillas informales que trabajan al mediodía proliferaron de forma visible en los últimos meses.

En diálogo con El Diario Sur, los emprendedores no se quejaron: la mayoría asegura que trabaja bien. Algunos de ellos contaron que se quedaron sin empleo y que por eso decidieron salir a la ruta con un “chulengo” y empezar a cocinar.

Ese es el caso de Carlos (Foto principal), un jubilado de Alejandro Korn que desde hace casi un año que trabaja en diferentes puntos del distrito. Ahora está afincado en la esquina de Yrigoyen y Belgrano que da al predio de fútbol 11 del Club Social. “No me alcanza la jubilación y soy discapacitado. Con esto me la rebusco”, le contó a El Diario Sur. Trabaja junto a su nieto.

A 1200 metros, sobre la misma avenida, Juan Carlos Bares, hijo del “Indio, el célebre payador, atraviesa una situación similar. Por un conflicto judicial debió cerrar su parrilla en Burzaco seis meses atrás, y también su hijo perdió su puesto en la planta de la empresa Sapucai en Domselaar.

“Con esto la podemos pasar. No te digo que nos hacemos millonarios, pero alcanza para la diaria”, comentó Bares. La parrilla al paso está ubicada en la esquina de la calle que lleva el nombre de su padre. Buena parte de su clientela son los trabajadores del frigorífico Santa Giulia.

Cerca del Polideportivo Mugica, seis meses atrás abrió “La Palmera”, que tiene un local más formal, con mesas, pero también ofrece la posibilidad de llevar la comida. “Trabajamos más que nada con la gente que va de paso. Camioneros, remiseros. Familias muy rara vez”, describió Sebastián, su dueño.

En San Vicente también hay varios ejemplos. Uno es la reapertura de la parrilla “La Mosca”, que había cerrado en junio pasado después de sufrir un incendio devastador. Ahora funciona sin local techado, solo con mesas a la intemperie. “Pero estamos trabajando muy bien, especialmente con la gente conocida del pueblo”, se entusiasma el parrillero Felipe Fernández.

Los precios prácticamente no varían entre un emprendimiento y el otro. Al choripán lo cobran 50 pesos (menos en La Mosca, que está a 40), el sánguche de vacío y el de bondiola oscilan entre los 100 y los 120 pesos.

En el Municipio, la directora del área de Bromatología, Paola Silvera, reconoce que la proliferación de las parrillas “es una realidad difícil de controlar”. “Por un lado tenemos el problema de la falta de higiene y por el otro el reclamo de los comerciantes formales, que ven una competencia desleal. Estamos trabajando en un proyecto para regularizar la situación”, sostuvo la funcionaria.

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