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¿Alianzas y frentes para ganar, que no saben gobernar?

De la Rúa, Macri y Fernández asumieron como producto de alianzas electorales que a la hora de gobernar chocaron y sufrieron fuego amigo. Por Ricardo Varela

De repente la elección que no le importaba a nadie (que solo se trataba de una encuesta para la estadística) desató un tsunami.

La Argentina que votó hace solo una semana cambió radicalmente el mapa de la política. Todas las diferencias que (se sabían) existían entre el presidente Alberto Fernández y la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner se hicieron visibles casi morbosamente. Esta semana ese crack que fracturaba silenciosamente a los integrantes del Frente de Todos generó una nueva grieta dentro de la grieta.

Algunos tratan de minimizar los costos (y sus consecuencias) y explicarlos como algo esperable en el marco de gobiernos de alianza. Y aquí vale hacer un análisis sobre cuándo y por qué se destruyó el bipartidismo en la Argentina.

Desde su constitución como Estado soberano, el país tuvo distintas corrientes de pensamiento hasta alcanzar la organización nacional, la sanción de sus leyes y la aparición de partidos políticos que reflejaban las necesidades locales y se motivaban en corrientes de pensamiento internacionales (fundamentalmente del socialismo europeo y los demócratas y republicanos estadounidenses) hasta la aparición de Juan Perón.

Allí se generó una especie local de bipartidismo entre peronistas y radicales. Ese bipartidismo (funcional en la historia de muchos países del mundo) en la Argentina se mantuvo hasta el año 2000 cuando fue necesario una alianza electoral para vencer el modelo que proponía Carlos Menem.

Y de esa experiencia comenzó una incesante búsqueda de alternativas por fuera de los (hasta entonces) partidos tradicionales. El radicalismo (que si bien siempre sostuvo los mismos principios rectores dentro de numerosas corrientes) se desangró y desmembró en mil pedazos. Y el peronismo que se sentía identificado con la marcha que combatía al capital vió como uno de los suyos gobernaba la Argentina (durante 10 años) haciendo justamente lo opuesto.

Menem fue el abanderado de un modelo impensado por Hugo Del Carril. El gobierno de transición de Duhalde no alcanzó para eregir una figura convocante, sin embargo en 2002 (y con escaso apoyo) Néstor Kirchner convirtió el suyo en un proyecto nacional. Se trataba de una propuesta encontrada con la neoliberal.

La Argentina peronista que había privatizado ahora estatizaba y así empezaron a surgir (también dentro del peronismo) distintas vertientes que se contenían bajo el mismo paraguas aún con propuestas diametralmente opuestas. Así surgieron agrupaciones, subagrupaciones, microagrupaciones y otros socios sueltos con intención de “partidarios”. Y proliferaron candidatos que no se sintieron representados (ni contenidos) por ninguna estructura.

Desde entonces nos acostumbramos a votar a distintos proyectos de alianzas electorales y no de alianzas de gobierno. Se preparan para ganar una elección pero no para gobernar. A la hora de ejercer el poder aparecen todas las diferencias que disimularon al momento de convocar los votos. Es cierto que como a ninguno (por sí solo) le alcanzaría para ganara se saben necesarios con otros, pero después (a la hora de verde césped) les gana el individualismo. Allí: perdemos todos.

Esto pasó esta última semana. Aparecieron discusiones que podrían saldarse puertas adentro de estructuras partidarias y no con todo un país mirando perplejo. Los ejemplos internacionales de cómo construyen demócratas y republicanos estas decisiones en Estados Unidos puede ser un modelo a seguir. Si no, entre la ciudadanía solo ganan más descrédito y lo que es aún peor: hartazgo.

Un resumen de lo que nos llevó a hoy podría ser la frase (no deseada): “si no te gusta lo qué hay, armáte un partido político y ganá las elecciones”. Así entramos cuartos oscuros empapelados de propuestas con más opciones que las que se pueden evaluar, para que cuando llegue el momento de legislar y/o gobernar surjan las diferencias dentro de las diferencias…

Por eso es necesario volver al cauce del debate político partidario, dónde los partidos políticos sean cuáles y cuántos sean, salden sus diferencias y discusiones en el ejercicio institucional partidario, y no en cadena nacional con transmisiones en vivo (y todo un país en vilo).

El radicalismo tiene, con la aparición de la figura de Manes, una oportunidad que los vuelve a convocar. Tal vez también sea el camino desecante del peronismo, refundarse (bajo sus bases y concepto de movimiento) pero de modo que permita saldar la discusión puertas adentro hasta encontrar un liderazgo sin grietas.

De la Rúa, Macri y Fernández asumieron como producto de alianzas electorales que a la hora de gobernar chocaron y sufrieron fuego amigo, desgastándose inexorablemente.

Me resisto a celebrar como logro que nuestros presidentes puedan terminar sus mandatos.

Buena semana.

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