Columnista | Opinión | Nico Varela | Columna

Historias de Navidad

Por Nico Varela (@nicoevarela).

El 24 de diciembre a eso de las 11 de la mañana me digné a hacer lo que un importante número de argentinos hace cada año: salir a comprar los regalos de último momento. Nobleza obliga, los regalos importantes ya los habían comprado mi mamá y mi hermana por mí. Porque mi ser varón, inútil para un sinfín de cosas realmente importantes.

Entré a la calle Alem, en el centro de Monte Grande, apenitas después de las once. No era peatonal. Años anteriores lo fue, pero este año solamente se hizo peatonal la calle Evita, en el centro de El Jagüel. Tardé un ratito en darme cuenta del cambio, porque realmente no era necesario. Había espacio. Había más gente que en un sábado normal, pero muchísima menos que el 24 de diciembre del año pasado. Entré a un local de blanquería y a uno de colchones. En las dos era el único cliente. En el local de sábanas compré una cortina de baño, y en el de colchones compré dos almohadas.

El trámite duró menos de lo que esperaba, debo decir. Así que miré el celular y vi que mi amigo Guillermo me preguntaba en qué andaba, y me fui a acompañarlo. Casi me arrepiento cuando me dijo que iba a ir a comprar a Nino. Todavía no había caído de mi historia, y de hecho le insistí en que desistamos. Pero antes de entrar, ya me había dado cuenta que podía llegar a no ser tan terrible. La verdad es que fila había, y corresponde decir que te atienden rápido y de manera eficiente, pero la fila no pasaba la escalera. No había stands ni acomodadores.

Pero como les contaba, ya lo sospechaba. No solo por el paisaje y por la experiencia de mis compras, sino porque antes de ir a Nino mi amigo me pidió pasar por el cajero automático.

Fuimos juntos hasta el banco Santander que está en la Plaza Mitre. Él entró, yo lo esperé afuera. "Estás entrando al pedo", le dije. Porque el banco estaba vacío. Ya se hacían las doce, el sol pegaba fuerte e imaginaba lo que me esperaba: una carrera de banco en banco hasta encontrar un cajero con plata. Pero no. Guille, algo ingenuo pero optimista al fin, entró decidido y no se equivocó. En el primer cajero, al primer intento, sacó sin problema 300.000 pesos argentinos de papel falsificado.

El cajero, la vereda, la blanquería, Nino... las historias se repetían por montón, y el punto ya está hecho. Pero, honestamente, la película de terror recién empezaba.

Leé más:

El elefante en la cocina de casa

Porque terminadas las compras volvimos caminando hasta la casa de él que queda en la calle Azcuénaga, y ya que estábamos pasamos por la Shell de Bv Buenos Aires a comprar hielo. Había muchos autos cargando, previstos de que más tarde ya no se podría al menos por unas doce o veinticuatro horas. Por eso tuve que aplicar una estrategia, una bien callejera. Ir a pararme al lado del playero que le estaba por cargar a una moto, por ende, el que iba a terminar primero. No me salió.

"¿Dos mil?", dijo tímidamente el motoquero. El muchacho lo miró, y sin decir palabra agarró el surtidor y empezó a cargar. Mi estrategia se fue por el caño. En cambio de llenar rápidamente se demoró más de la cuenta echando nafta de a pequeños escupitajos, tratando de no pasarse. Cuando terminó era la una del mediodía ya, del 24 de diciembre, le cobró los dos mil pesos de nafta y me atendió. El hielo me salió cuatro mil.

Este tipo de Navidades me las enseñó a pasar el gran poeta cuando lo escuché decir: "que afronto la injusticia que no extingo". Me enseñó a sacarme la culpa de un chico que creció escuchando La Navidad de Luis de León Gieco adentro de un country. Me ayudó a aceptarme como alguien que sabe mirar a los lados pero no por eso debe perderse de tener una feliz Navidad. Que la tuve. Y no reniego. Mi mamá es la mejor mamá que alguien pudiera tener, y mi hermana es como elevar a mi mamá a la perfectísima potencia. Además papá Noel me dio el mejor de los regalos, que fue poder compartir su llegada con mi hijo y mi sobrina, las dos personas que más amo en el mundo. Y mi deseo es que la mayor cantidad de personas pueda pasar así la Navidad. Porque soy de los que cree, como enseñó Jesús, que uno no se realiza del todo si no es en comunidad.

Ser tan feliz como fui a las doce no me quita la posibilidad de ver lo que vi a las dos de la mañana del 25 de diciembre cuando volvía desde la casa de mi mamá en Canning hasta mi departamento en Monte Grande. En la esquina de Sargento Cabral y la ruta, justo en el semáforo, un señor vendía latas de bebida energizante Speed. Un visionario, que supo que los chicos salen a bailar y no tienen kioscos abiertos. Que le sacará una importante plusvalía a la oportunidad para con ese dinero... pagar el alquiler de una pieza o comer la siguiente semana. No más. Ningún gusto. Ni un pandulce, ni un poco de vino.

Dejá tu comentario