Con otro muchacho argentino quisimos hacer patria: organizar un asado en un camping en la sierra madrileña, invitar a españoles y latinos, conquistarlos con el fernet, con la cumbia sonando desde un parlante, quizás enseñarles a jugar al truco. Salimos airosos, pero hubo que superar muchas complicaciones, principalmente relacionadas con la infraestructura.
Correo desde Madrid: Crónica de un asadito en España
Hacer un asado en un camping en Madrid fue una verdadera lucha: parrillas chiquitas, apuro por los tiempos e incomprensión de nuestro ritual.
El lugar era hermoso, rodeado de montañas, con un arroyito, lleno de árboles y de verde… pero las parrillas eran lamentables: de 40, 50, 60 centímetros, y con unos hierros muy separados entre sí que obligaban a ponerle otros fierritos arriba para que los chorizos no se desplomaran hasta las brasas.
El comportamiento esperado en el camping madrileño era usarlas poco tiempo y dejarlas para la familia que viniera atrás. En 30 minutos, los peruanos se cocinaban un pollito, los españoles se hacían unas chuletas de cerdo, los árabes metían un pedazo de carne halal. Mi compañero de lucha había traído las piezas de carne más grandes que encontró (aun así eran más chicas que cualquier corte que estuviera haciendo mi papá), así que tuvimos que tomar dos parrillas. Y no teníamos la pieza que ellos usan arriba de la parrilla; se las pedimos a una familia rumana. Un papelón: los compatriotas del Conde Drácula les salvaron el asado a los argentinos (y encima nos dejaron el fuego hecho). Les retribuimos la atención con unas latas de cerveza.
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Más problemas: a la hora de cocción, empezó a haber quejas de parte de grupos que querían hacer sus comidas en nuestro sector, alegando que estábamos monopolizando las parrillas. El español encargado del predio cayó a los pocos minutos y al ver mi camiseta de Messi, el mate abandonado al lado de la parrilla y la jarra de fernet circulando de mano en mano puso cara de “ya sé… argentinos”. Nos retó con cara de resignado, como quien ya ha tenido que arar con bueyes de esa naturaleza. También quisimos sobornarlo con un choripán, pero no aceptó, seguramente por miedo a ser juzgado, no por falta de deseo.
Resistimos la presión y la comida fue un éxito. Nosotros nos reencontramos con una versión aceptable del ritual y el sabor que más nos emocionan, y los españoles y latinos gozaron de la carne de vaca que tan poco se consume acá. Hubo que poner garra e ingenio en un clima adverso, pero lo logramos. Los argentinos estamos acostumbrados.

