Esta semana se cumplió un año del fallecimiento del Papa Francisco, quien se dirigió a cada persona con la dulzura de un santo. Buscando sus frases para la página central de esta edición (12 y 13), me encontré con dos que llamaron especialmente mi atención y quería compartir junto con una humilde reflexión.
Historias de Santos: "¡Pero yo no creo, padre!"
Reflexiones sobre la vida del Papa Francisco. Por Clara Milano.
La primera de ellas es una que aparentemente les dijo a periodistas acreditados en El Vaticano: "Considerando que muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia católica y otros no son creyentes, les doy de todo corazón esta bendición, en silencio, a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que todos son hijos de Dios. Que Dios los bendiga".
En cuanto a la segunda, va por la misma línea. "El Señor nos ha salvado a todos con su sangre, no solamente a los católicos. 'Pero Padre, ¿y los ateos?' También ellos. ¡Todos! Esa sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría. 'Pero yo no creo, padre, ¡soy ateo!' ¡Pero haces el bien y allí nos encontramos! Todos tenemos el deber de hacer el bien".
Leé más: Historias de Santos: la conversión como camino
Me llama profundamente la atención y me conmueve el hecho de que casi siempre sus explicaciones se resumían en que todos somos hijos del mismo Dios. Poco importa estar de acuerdo o no con los pensamientos o actitudes del otro cuando se reconoce que fue creado con el mismo amor y la misma dignidad que yo. Aunque hay cuestiones que claramente no se ven justificadas con esta afirmación, creo que lo que hace esta conciencia en nosotros es darnos un corazón más comprensivo frente al otro, que trate de entender sus heridas antes de juzgarlo por algo que no nos cayó bien.
En lo personal, creo que si esta mirada que Dios le regaló al Papa Francisco echara verdaderas y fuertes raíces en la sociedad, todo sería muy distinto.
Mientras leía estas frases de él, me preguntaba qué habrán sentido estos periodistas y ateos a quienes se dirigió. Porque no hubo intentos de convencer ni presiones, sino simplemente el reconocerlos iguales a él por su capacidad de amar y de hacer el bien.
Francisco anunció el Evangelio sin gritarlo, sin intentos de imponerlo. Lo anunció viviéndolo y haciendo carne su mensaje principal: que todos somos hermanos y estamos invitados a amar como Dios. Sin ser Papas ni nada parecido, e incluso a veces sin fe, podemos estar más cerca de Dios de lo que creemos. Ojalá nos animemos, inspirados por él.
Una vez más: ¡Gracias, Francisco! Por acá te recordamos siempre y seguimos rezando por vos…


