Hablar de fake news está de moda. Decirlo en inglés, cuando podríamos hablar de noticias falsas o desinformación, incluso parece otorgar cierto estatus a quien las nombra.
El diario de Yrigoyen multiplicado por millones
Por Francisco Monzón (@flmonzón).
Muchos asocian estas mentiras que circulan por distintos canales de difusión con un fenómeno propio de internet, cuando en realidad se trata de algo tan viejo como la humanidad. El ser humano no aprendió a mentir con la web: miente desde el origen de los tiempos.
Durante el golpe de Estado encabezado por José Félix Uriburu en 1930, que derrocó a Hipólito Yrigoyen, se instaló una de las noticias falsas más famosas de nuestra historia: la leyenda del “diario de Yrigoyen”.
Una forma de justificar el golpe fue retratar a un presidente senil, manipulado por su entorno, al punto de hacerle imprimir un diario exclusivo con buenas noticias, ocultándole el malestar social y las críticas de la oposición.
Con el tiempo, y gracias al trabajo de los historiadores, quedó demostrado que todo esto era una mentira. Una fake news, como se diría hoy. Pero más allá de la falsedad, me interesa la idea de un medio personalizado, pensada hace casi cien años, porque anticipa en parte lo que estamos viviendo actualmente a partir del impacto de la tecnología en el periodismo.
Durante gran parte del siglo XX, la tecnología avanzó en múltiples aspectos vinculados a la tarea de los diarios, pero sin modificar de manera sustancial cómo se producían las noticias ni cómo llegaban a las audiencias. Los procesos se aceleraban, mejoraba la calidad de impresión y las herramientas de trabajo, pero el esquema general se mantenía intacto: los diarios se seguían imprimiendo, los lectores compraban los ejemplares y los anunciantes sostenían el negocio con la pauta publicitaria.
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Incluso la aparición de internet, que obligó a los diarios tradicionales a ocupar un lugar en el mundo digital, no implicó en un comienzo un cambio estructural. La verdadera ruptura llegó con las redes sociales.
En una primera etapa, estas plataformas funcionaron como difusoras del contenido de los medios tradicionales. Facebook, por ejemplo, garantizaba tráfico hacia los sitios periodísticos y sostenía un modelo basado en volumen y publicidad digital.
La etapa más negativa la encontramos en el carácter depredador que empresas como Facebook o Google desarrollaban en el mercado publicitario, captando cada vez más pauta para el mundo digital, en detrimento del ecosistema informativo tradicional.
En parte, existía un equilibrio sutil: te resto publicidad, pero te garantizo tráfico que te permite sobrevivir.
Pero cuando Mark Zuckerberg introdujo cambios en los algoritmos los medios vieron desaparecer el tráfico, es decir sus lectores, de un día para el otro.
Algo similar ocurre hoy con Google, que a partir de las respuestas basadas en IA introducidas en 2025 dejó de ser un simple intermediario para transformarse en un proveedor directo de respuestas, reduciendo la necesidad de ingresar a los sitios periodísticos.
Esto representa un nuevo golpe al tráfico que pueden recibir los medios. Hoy el reclamo de las empresas periodísticas no solo incluye el fantasma del “clic cero” (los usuarios obtienen la respuesta que buscan directamente en la página de resultados, sin necesidad de ingresar a un sitio web) sino que le reclaman a las empresas de IA el uso de su producción periodística para generar sus respuestas.
La pregunta que se hacen los diarios es cuántos de ellos cobrarán a partir del reclamo. Claramente no todos los que publican la misma información, por lo que corren con ventajas los medios con más historia y prestigio.
Pero el fenómeno más profundo se da en las redes sociales actuales. Hay muchos creadores de contenidos que compiten con las noticias.
El problema es que se basan en una estrategia de simplificación extrema, en el uso de un tono coloquial y en la búsqueda de la empatía y la emocionalidad. No hay distancia, ni pensamiento crítico.
En ese escenario, TikTok aparece como la expresión más acabada del nuevo modelo. El problema es que TikTok no se organiza en torno a la agenda pública, como lo hacían los medios tradicionales, sino a partir de una lógica de intereses individuales.
Su algoritmo construye un flujo de contenidos hiperpersonalizado. El objetivo no es informar, sino retener la atención. Ya no existe una realidad compartida, el scrolleo infinito sumerge a cada usuario en un mundo propio, donde ciertos temas aparecen una y otra vez mientras otros directamente desaparecen. Así, se consolida una experiencia informativa fragmentada.
De este modo, las noticias dejan de ser el punto de partida para interpretar el mundo. Cada persona construye su propia versión de la realidad en función del algoritmo que consume.
Como el diario de Yrigoyen, pero ahora multiplicado en millones de pantallas.

