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El mundo cambió, presidente

Por Nico Varela (@nicoevarela).

La intervención militar de Estados Unidos para capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, será recordada como el evento bisagra de nuestra generación, así que les pido algo de paciencia con esta editorial.

El proceso al que da fin lo ocurrido el pasado 3 de enero comenzó cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. El orden internacional resultante de la victoria aliada puso a los jugadores en el lugar que les conocimos hasta hoy. Por ese tiempo se crearon todas las instituciones de cooperación entre países que conocemos, se ordenaron los límites territoriales de los Estados como los conocemos, y se ordenó al mundo en torno a dos mega potencias que darían lugar a la llamada Guerra Fría: Estados Unidos y la URSS. Un mundo bipolar que dividió al tablero político entre el capitalismo y el comunismo. Fracasado este último en todos los experimentos del mundo, el sistema capitalista se dividió entre ideologías de izquierda y derecha pero con un único instrumento de gestión de la comunidad y la cosa pública: como su nombre lo indica, el capital. Con esa premisa, y la moneda (el dólar estadounidense más precisamente) como herramienta de ordenamiento, el fenómeno denominado "Consenso de Washington" dio lugar finalmente a la caída del Muro en Berlín y el posterior auge de la globalización. El comercio internacional regulado por instituciones burocráticas superiores a los Estados Nación fue, hasta la semana pasada, el eje central del llamado "orden mundial". El deterioro y el reordenamiento no fue de un día para el otro, por supuesto. El fin de la globalización comenzó hace más de diez años. El primero en decirlo en voz alta y de cara al mundo fue el entonces Papa Francisco, cuando en el año 2013 mencionó la aparición de una nueva "Guerra Mundial en cuotas".

La última cuota la pagó Donald Trump. A cara descubierta y sin leer, en una especie de "cadena internacional", le volvió a decir al mundo lo que ya había dicho siete años atrás. El 24 de septiembre de 2019 (pocas semanas antes de que se escuche por primera vez el término COVID-19 en China) Trump había dicho en la Asamblea General de Naciones Unidas: "el futuro no pertenece a los globalistas, pertenece a los patriotas". Siete años después, tras haber perdido la elección del 2020 en cuarentena y haber vuelto derrotando a su sucesor, repitió lo mismo pero esta vez hablándole a quien siempre debió haber estado dirigido el discurso. Se lo dijo a los estadounidenses. El petróleo de Venezuela es nuestro y de los venezolanos, pero primero nuestro. America First. Cuotas anteriores habían pagado otros mandatarios como Vladimir Putin, que dijo "Primero Rusia" al intento de expansión de la OTAN, a pesar de la condena de toda la comunidad internacional, la Unión Europea, hasta de la FIFA. Otra pagó el primer ministro israelí, cuando dijo "Primero Israel" al ataque terrorista de Hamas a pesar de la orden de arresto de la Corte Penal Internacional.

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Pero la primera cuota la pagó China. Porque mientras todo lo anteriormente mencionado ocurría, sin disparar ni una sola bala, y obviamente sin guerras químicas ni ninguna teoría fantasiosa, fue el mejor jugador del juego de la globalización. Sin el hándicap de la democracia, se puso al mundo de sombrero comprendiendo que el crecimiento no entiende de comunismo ni de capitalismo, ni de izquierdas ni de derechas, sino de anteponer los intereses nacionales por sobre todos los demás. Si hay que subvencionar el 100% de una industria para instalarla en todo el mundo, se la subvenciona. Si hay que tener gigantes tecnológicos, se los tiene y se rechaza a los otros. Si hay que apoyar a los países periféricos en sus reclamos de soberanía, se los apoya. Si hay que darle un adelanto de 60.000 millones de dólares a un dictador bananero a cambio de petróleo futuro a buen precio, se le da. Frente a esa potencia es que el imperio estadounidense dijo: basta.

Porque era el principal perdedor. Si la energía de Rusia se junta con la industria China, el partido está terminado para América. Pero si cada uno se abastece con lo que tiene y desarrolla, dentro de su propio territorio, su propia industria, los dos gigantes del norte tienen las de ganar.

No hace falta entender ni un poquito de soberanía y derecho internacional para entender que lo que hizo Estados Unidos al estado soberano de Venezuela "está mal". Y Trump no lo negó. Contrariamente, se mostró como un verdadero prócer en vida, un patriota, y celebró que Estados Unidos maneja el petróleo de Sudamérica "porque sí". Y "está bien". Aunque el derecho internacional, ¿qué derecho internacional? El mundo cambió.

Esta semana, el Mercosur y la Unión Europea firmaron después de 25 años de negociaciones un acuerdo de libre comercio. La siguen viendo picuda, como Deschamps.

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