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Del celular a la plaza, o a la tribuna

Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.

Nunca pierdo la esperanza de que algún nativo digital tenga intriga por esta página y se ponga a leerla, pero debo asumir que escribo pensando que los que leen son, al menos, de mi generación. O mayores. Los que nacimos con teléfono de línea, o ni eso, y que adaptamos los celulares a nuestra vida y no al revés. Tuvimos durante casi veinte años un método asociado con nuestra propia mecánica de comunicación. Agarramos la vida real y la subimos a internet. El asado, las vacaciones, la cara de la abuela soplando la torta, la opinión sobre el partido. Internet era una copia, un espejo en el que nos mirábamos, y lo que pasaba en la calle viajaba hacia la pantalla. Algo cambió en el último tiempo, y creo que todavía no terminamos de registrarlo: el movimiento se invirtió. Ahora lo que nace en la pantalla, un gesto, una frase, un chiste, baja a la calle y se convierte en un ritual presencial. Ya no llevamos la vida real a internet, sino que llevamos internet a la vida real.

Hay ejemplos chicos y cotidianos. Las coreografías de TikTok que se bailan en los actos escolares, las frases de un video que se repiten en el recreo como si fueran refranes, “buenardo, buenóvich, buenardópolis”. Los chistes que antes entendíamos todos, ahora solo los entienden los que vieron el mismo clip. Si no, lo mostramos y después repetimos el chiste.

El ejemplo más claro, que fue además el primero en llamar la atención, fue el de las competencias de “farmear aura”. De base, “farmear" viene de los videojuegos y significa repetir una misma acción para juntar puntos. El "aura" es la onda de cada uno, esa presencia de quien hace algo épico sin esfuerzo, sin despeinarse, como el protagonista de una película de acción. Se empezó a usar como única descripción en videos subidos a redes. Un chiste que el que juega a Twitter o Instagram lo entiende. Hasta ahí, un chiste de internet. La novedad fue que los chicos lo sacaron de la pantalla: dos adolescentes se paran en un círculo y se enfrentan a fuerza de miradas, poses, el six seven y cualquier otro repertorio de memes. Uno tira, el otro responde y el público decide quién se llevó los puntos. Memes que, insisto, nacieron en internet.

Lo que me interesa no es el juego en sí, sino lo que dice sobre el sentido del tráfico. Y vamos a referirnos primero a lo positivo. A una generación a la que acusamos de vivir pegada a un teléfono se le ocurrió bajar lo que ve en el teléfono para mirarse a los ojos en una plaza. Competir, improvisar, reírse, pasar vergüenza delante de los amigos y superarla. Durante años nos quejamos de que los chicos no salían, no se juntaban, no hacían nada que no pasara por una pantalla. Salieron. Y ahora que lo hicieron, el reproche es que lo hacen mal.

Esa también es una cuestión generacional, y por eso conviene hacer memoria. Cuando los memes empezaron a ponerse de moda, los únicos que los entendíamos éramos nosotros, los ahora +30, y nuestros padres no tenían idea de qué eran. Tener un código que los mayores no pueden descifrar es una de las funciones históricas de la juventud. Y mucho antes de internet hubo otros chicos que se juntaban en círculos a tirar pasos raros: hoy a eso lo llamamos breakdance, disciplina que debutó como olímpica en París 2024.

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Si nos ponemos más refinados, Europa tiene un arte escénico hace siglos, muy parecida a la de farmear aura: la pantomima. Un señor vestido de blanco y negro se para en una plaza y finge estar encerrado en una caja invisible. Todos aplauden, sacan una foto y hablan de sofisticación. Pero si son dos pibes de acá, haciéndose una mirada desafiante en medio de una rueda de amigos, la conclusión inmediata es que la generación está perdida. La diferencia entre un gesto y otro no está en el gesto, sino en el prestigio de quien lo hace y del lugar de donde viene.

No voy a caer en el exceso contrario. Puede que las batallas de aura duren dos veranos y se evaporen, como casi todas las modas, y llamar "nuevo arte" a lo que hoy es un juego de adolescentes sería, por ahora, prematuro. Pero la inversión del flujo no es una moda. Está y cada vez más pareciera demostrar que llegó para quedarse.

El último ejemplo lo vi el martes en la cancha de River. Solíamos decir que los que opinaban en las redes no conocían la realidad que se veía en la cancha. Pero qué pasa cuando la gente de las redes es la que mayormente llena el estadio, como vimos que pasó en la despedida de Leo Messi de la selección. Pasa lo que vimos. Un público presente que miró más su celular que el partido. Aplausos que ya no aturden, porque para aplaudir hacen falta las dos manos y con una hay que sostener el teléfono. La emoción que nacía de los presentes al escuchar que se puteaba a Chiqui Tapia o cada vez que Nico Paz tocaba la pelota era visiblemente mayor que cuando la tocaba Messi, o que cuando escuchábamos cantar a la Sole. No es crítica, es descriptivo. Tuve la suerte de estar ahí y despedir a mi infancia, mi adolescencia y a toda mi “generación”. No los puedo criticar porque no fuimos mejores, ni peores. Fuimos distintos. Lo único que me queda esperar es que si la cultura digital empieza a producir rituales físicos, lo que cambie sea solo la relación entre las dos cosas: que la pantalla deje de ser el lugar al que escapamos y pase a ser una fábrica de excusas para encontrarnos. Aunque no me sienta parte.

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