A fines del siglo XIX, los diarios descubrieron un negocio extraordinario. Podían vender sus ejemplares baratos porque el verdadero ingreso no estaba solamente en quienes compraban el periódico, sino también en quienes querían llegar hasta ellos: los anunciantes.
El futuro del periodismo
Por Francisco Monzón (@flmonzon).
Durante buena parte del siglo XX el modelo funcionó. Los diarios vendían ejemplares, publicidad y avisos clasificados. La radio y la televisión llevaron esa lógica todavía más lejos: el público recibía gratuitamente los contenidos y los anunciantes financiaban buena parte de su producción. El negocio consistía, básicamente, en reunir una audiencia y vender el acceso a ella.
Hasta que llegó Internet. Los diarios encontraron en la web una posibilidad extraordinaria para distribuir sus contenidos: ya no era necesario esperar a que alguien comprara un ejemplar, las noticias podían encontrar al lector.
Aunque este breve desarrollo histórico solo resalta los beneficios, cada nuevo avance tecnológico también trajo problemas, e Internet no fue la excepción. Los clasificados, uno de los grandes negocios de la prensa, migraron hacia sitios especializados. Después llegaron Google, Facebook y las redes sociales: los medios producían la información y las plataformas controlaban cada vez más el acceso a ella.
Al principio el intercambio parecía conveniente: los diarios entregaban contenidos y Google o Facebook les devolvían lectores. Cuantas más visitas recibía el sitio, más publicidad podía vender. Hasta que las plataformas descubrieron que mantener al usuario dentro de sus propios ecosistemas era mejor negocio que enviarlo hacia otro lugar. Facebook cambió sus prioridades, X modificó su relación con los enlaces y Google comenzó a responder algunas preguntas con IA directamente en el buscador. Los medios volvieron a quedar del lado más débil de la negociación.
El problema llegó incluso a los parlamentos. Australia aprobó en 2021 un código destinado a equilibrar la negociación entre plataformas y empresas periodísticas, y Canadá avanzó en esa dirección dos años después. Algo cambió a nivel global, y cada vez más países empezaron a discutir las reglas de juego de la era de las plataformas.
El ecosistema parecía lograr un nuevo equilibrio, y entonces llegó un nuevo meteorito para cambiar el tablero: la IA. Durante el último Congreso Mundial de Medios de WAN-IFRA, realizado en Marsella, directivos de empresas periodísticas de todo el mundo discutieron un problema conocido: cómo repartir el valor económico entre quienes producen información y las empresas tecnológicas que la utilizan para construir sus productos.
Pero esta vez hay una diferencia. Cuando Google mostraba el título de una noticia, esperaba que hiciéramos clic y llegáramos al medio que la había producido. Una inteligencia artificial, en cambio, puede leer esa información, combinarla con otras fuentes, resumirla y contestarnos directamente. El lector obtiene la respuesta, la plataforma conserva al usuario, y el medio que produjo la información puede no recibir siquiera una visita. Los especialistas llaman "zero click" a las búsquedas que terminan sin que el usuario ingrese en ninguno de los sitios que hicieron posible la respuesta. Y no parece una cuestión menor.
Entonces aparece una pregunta bastante sencilla: si una empresa periodística paga periodistas, fotógrafos, editores, corresponsales y tecnología para producir una información que después una inteligencia artificial utiliza para responder una consulta, ¿quién debería quedarse con el valor económico generado por esa respuesta?
Las empresas de medios parecen decididas a no repetir la historia. Por eso reclaman licencias, acuerdos comerciales y mecanismos que permitan conocer cuándo y cómo sus contenidos son utilizados por los sistemas de inteligencia artificial. Algunos grandes medios ya firmaron acuerdos con empresas tecnológicas, otros iniciaron demandas, y los más pequeños observan una negociación en la que nuevamente corren el riesgo de quedarse afuera.
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Pero la discusión no debería reducirse a quién le paga a quién. La IA también puede ser una extraordinaria herramienta periodística: puede transcribir entrevistas, analizar miles de documentos en minutos, encontrar relaciones dentro de grandes bases de datos, traducir textos y automatizar tareas rutinarias. El problema no es utilizar inteligencia artificial. El problema es qué periodismo quedará disponible para alimentar esas inteligencias si desaparece el modelo económico que permite producirlo.
Porque una máquina puede resumir una investigación, pero alguien tuvo que investigar. Puede explicar una entrevista, pero alguien tuvo que conseguir al entrevistado. Puede sintetizar lo que sucede en un conflicto bélico a miles de kilómetros, pero algún periodista tuvo que estar en la zona de guerra para contar lo que estaba pasando. Y puede responder qué sucedió ayer en el Concejo Deliberante de Esteban Echeverría, pero solamente si alguien fue, preguntó, escuchó y escribió lo que pasó.
Ahí aparece la paradoja de esta nueva etapa: cuanto más eficientes sean las inteligencias artificiales para procesar información, más dependerán de que exista información confiable para procesar. Y producir información cuesta dinero.
El periodismo sobrevivió a la radio, la televisión, Internet, Google y las redes sociales. En cada revolución tecnológica cambió la manera de producir, distribuir y consumir noticias. Ahora enfrenta algo diferente: una tecnología que no solamente distribuye sus contenidos, sino que puede utilizarlos para construir un producto nuevo.
Durante demasiado tiempo los medios discutieron cómo adaptarse a las plataformas digitales después de que las plataformas ya habían impuesto sus reglas. Con la inteligencia artificial todavía existe la posibilidad de discutirlas mientras las reglas se están escribiendo.
Seguramente dentro de algún tiempo ya no busquemos un diario para saber qué ocurrió. Simplemente se lo preguntaremos a una máquina o un sistema que concentrará muchas funciones.
Pero incluso en ese futuro, alguien tendrá que haber hecho el trabajo de averiguarlo.

