Vivimos en una época donde todo parece moverse más rápido. Los contextos actuales son más volátiles: cambian las condiciones económicas, las reglas de juego, los mercados. Lo que ayer era estable, hoy puede dejar de serlo en cuestión de meses. El precio del petróleo o una guerra impactan en decisiones locales. Las condiciones económicas de un país pueden cambiar en muy poco tiempo.
En lo incierto
Por Mónica Dreyer.
El mundo siempre cambió. Pero no siempre cambió así.
Frente a eso, hay una frase que escucho hace años trabajando con equipos comerciales:
“la calle está fría”.
A veces es cierta. La escuché en contextos buenos y en contextos malos.
En crisis profundas y en momentos de crecimiento.
Pero cuando se vuelve una explicación automática, se transforma en un problema.
Porque inmoviliza.
Claro que hay contextos más difíciles. Pero también es cierto que, incluso en los momentos más complejos, hay quienes siguen generando movimiento.
Y no es casualidad. El hacer sigue produciendo resultados.
No siempre inmediatos. No siempre en la magnitud esperada.
Pero la acción abre posibilidades. La inacción, en cambio, las reduce.
Hoy sabemos que esto no es solo una idea motivacional. Tiene base biológica.
La neuroplasticidad —la capacidad del cerebro de cambiar— se fortalece con la repetición de la conducta. Por eso, cuando necesitamos actuar de una forma distinta, lo nuevo incomoda. Se siente forzado, agotador. No es falta de voluntad: es que estamos construyendo una nueva ruta donde antes no había nada.
Y ahí es donde muchos frenan.
Esperan a sentirse listos. A que el contexto mejore.
Pero el proceso es al revés: primero actuamos, después el sistema se adapta.
En contextos volátiles, esto se vuelve clave.
Porque cuando todo afuera cambia, lo único que realmente puede generar diferencia es lo que hacemos, incluso sin garantías.
Tal vez la pregunta no sea cómo está la calle.
Tal vez la pregunta sea:
¿qué estoy haciendo, aun así?

