Esta semana recorrí España de sur a norte. Y en cada rincón, encontré pinceladas de argentinidad que me llenaron de orgullo: en una playa de Málaga, en un pequeño escenario de Granada o en una cárcel de Cantabria… Todos, coronados de gloria.
Correo desde Madrid: Argentinos que la rompen en España, del escenario a la cárcel
En Granada, un trío llena un boliche y pone a los españoles a cantar cumbia y hacer pogo. En Santander, un rugbier lleva el deporte a las cárceles y hace política… ¡en la ultra derecha!
El finde estuve en Andalucía. Pasé sábado y domingo en Granada, en la fiesta de las cruces, en la que organizaciones, escuelas, parroquias y comercios arman cruces con flores y las decoran para representar la esencia de su cultura. En las calles, las chicas y las señoras van vestidas con los trajes típicos de flamenco y hay música en vivo, bailes y muchas palmas. La hidratación corre a base de rebujito (Sprite con vino blanco, no se imaginen nada sofisticado). Me llamó la atención el contraste de la producción de vestuario de ellas con la de los varones, que van arreglados, pero sin nada típico. Al revés que en las celebraciones tradicionales criollas, donde el protagonismo y el mayor esfuerzo de vestuario suele venir por parte de los gauchos, mientras que las chinas solían ocupar un rol menos preponderante (aunque cada vez tienen más fuerza, ya las veo yo en los desfiles del 25 de Mayo de San Vicente).
Después de tanto flamenco y de compartir todo el día con mi familia granadina, un sonido familiar nos arrastró a mí y a mi primo hasta un boliche céntrico. Lo que me llevó hasta este local en particular eran unas cumbias interpretadas por un trío de argentinos que las intercalaba con clásicos muy nuestros, y que los españoles y otras tribus presentes en la sala se sabían a fuerza de tanto escucharlos. Así que nadie se quedaba sin poguear “Devolvé la bolsa”, de Bersuit, y de cantar a los gritos que “la monada se enloquece” (sin denunciar racismo).
Los tres argentinos tocaban sobrados: se notaban músicos profesionales que estaban jugando un ratito con canciones populares, pero con un respeto, fuerza y una alegría como la que se merece su trabajo, el más serio del mundo. Abajo del mini escenario, me confirmaron que habían estudiado en conservatorios en la Argentina y que en España, entre shows en vivo y grabaciones para otros artistas, habían logrado lo que para un músico es casi un milagro: vivir de la música.
Aproveché el calorcito para hacer playa en Málaga, una ciudad pujante gracias al turismo internacional y los cruceros. Su vecino más célebre es Lionel Scaloni, pero no es el único: la ciudad andaluza está de moda y en los últimos años se posicionó como el destino favorito de los argentinos que migran. Ahí, sin embargo, el que me llamó la atención no era uno de los nuestros, aunque por el acento cualquiera lo hubiera jurado.
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En plena playa de la Malagueta, le pregunté a un muchacho si podía cuidar mis cosas mientras me metía al agua. “Sí, amigo, vos andá tranquilo”, me dijo, con un acento aporteñado, pero con un ingrediente que me hizo acordar al del padre Francisco, el cura que tuvo San Vicente durante 25 años. Le pregunté si era argentino, pero no: era de Údine, del norte de Italia, como el padre Francisco. Y hablaba con el “vos” y la “ye” de los rioplatenses porque había tenido una novia argentina y se lo había pegado. Ella es hermosa (el “tano” me mostró fotos) y completó con él un gran trabajo de argentinización. Tan bueno como el que el sistema educativo sarmientino realizó un siglo atrás con los antepasados de Ángelo que cruzaron el Atlántico.
Llegué a Madrid y al día siguiente ya estaba arriba de otro tren (me sentí “el hombre Renfe”) para ir a Santander, la capital de Cantabria, en el norte, cerquita del País Vasco. Fui a hacer una crónica para el diario El Mundo: la historia de Chucho Moziman, un entrenador de rugby argentino que llevó su deporte a la cárcel provincial y armó un programa de altísimo impacto positivo en la reinserción social de los presos.
Chucho, además, está metido en política, y es la mano derecha de una diputada que aspira a ser la presidenta de Cantabria. Lo curioso es que es de VOX, el partido de ultra derecha que tiene como principal bandera su discurso anti inmigración y la mano dura. Es decir: el grueso del electorado de VOX no quiere a los inmigrantes como Chucho, y para los presos a los que él ayuda solo pide castigo, no reinserción.
Chucho, con sus 200 kilos bien distribuidos y comiendo empanadas y alfajores, lo matiza: que VOX solo repudia a los inmigrantes ilegales y que el partido en realidad sufre una “demonización” por parte de los medios. Yo lo pinché con que es el Juan Grabois de la ultra derecha española, él acusó el golpe y me dijo que cree “en las segundas oportunidades, pero no en las terceras”.
En cualquier caso, lo de VOX puede ser más o menos un horror, pero lo importante es que Chucho trabajó con más de 300 presos y contagió el programa hacia otras cárceles de España; ayuda a los que salen en libertad a conseguir trabajo y mantiene, con muchos de ellos, una amistad. Además, con su historia, da la pelea puertas adentro de su partido para moderar a los más radicalizados.
Creo que Chucho, los músicos de Granada y la argentina evangelizadora del Tano ponen la vara bien arriba. Con esos representantes de lujo, estar afuera del país es una responsabilidad que se siente. Hay que estar a la altura y transpirar la camiseta.

