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La era de los periodistas sin medios

Por Francisco Monzón (@flmonzon).

Marshall McLuhan encontró en la metáfora del pez que ignora el agua una forma tan efectiva como provocadora de explicar cómo vivimos: inmersos en entornos tecnológicos que nos moldean sin ser muy conscientes de ese proceso.

La frase dice: “No sabemos quién descubrió el agua, pero estamos bastante seguros de que no fue un pez. La única cosa que nunca puedes ver es el elemento en el que te mueves”.

Muchas de las columnas publicadas en este espacio apuntan, justamente, a eso: a observar cómo los medios y la tecnología digital operan sobre nuestra vida cotidiana sin que lo registremos del todo.

Hoy, la corriente de esa “agua” que no vemos tiene un sentido bastante claro. En un ecosistema digital donde los contenidos convergen hacia el video corto y vertical, los diarios tradicionales empezaron a empujar a sus periodistas fuera del texto: ahora también tienen que ponerse frente a cámara y contar las noticias.

En Argentina, La Nación y Clarín fueron pioneros en esta transición. No es casual: concentran recursos y suelen leer antes que otros las tendencias que llegan desde medios como The New York Times o The Washington Post, donde este proceso ya está más consolidado.

La implementación no fue sencilla. Para muchos periodistas formados en la cultura escrita, salir del escritorio y exponerse a una cámara, reemplazando la precisión del texto por la inmediatez de la palabra hablada, implicó una profunda incomodidad, cuando no una sensación de degradación profesional.

Pero más allá de las resistencias, hay consenso en que todas las redacciones, tarde o temprano, terminarán incorporando el formato audiovisual. Las universidades ya lo reflejan, pero también los propios estudiantes: llegan con manejo de cámara, edición desde el celular y una relación natural con la exposición. Escribir sigue siendo importante, pero ya no alcanza. El periodista también tiene que ser un performer.

En ese contexto empieza a tomar forma un fenómeno cada vez más visible: periodistas que crecen en popularidad dentro de los grandes medios y, a partir de esa exposición, deciden dar el salto a la independencia. La lógica es relativamente simple: convertir la audiencia del medio en comunidad propia. Redes sociales, newsletters o canales en YouTube funcionan como destino de esa migración.

Uno de los primeros casos fue el de Casey Newton, redactor destacado del medio especializado The Verge, quien en septiembre de 2020 se independizó para lanzar su newsletter de suscripción, Platformer, en la plataforma Substack.

Más cercano en el tiempo, Taylor Lorenz renunció a The Washington Post tras un conflicto con sus editores y lanzó su propio boletín independiente. En su caso, con una ventaja clave: ya contaba con una comunidad consolidada en redes.

El patrón se repite: visibilidad primero, autonomía después. Ya sea por conveniencia económica o por limitaciones editoriales, el fenómeno también llegó a los medios argentinos.

En perspectiva, podemos ver la trayectoria de Jorge Lanata como un caso anticipatorio. En 1987, con apenas 26 años, fundó Página/12, mientras expandía su presencia hacia las revistas (Página/30), la radio (Hora 25) y la televisión (Día D).

En esa primera etapa de su carrera transformó su apellido en una marca. No importaba el formato en el que se lo consumiera: había un estándar de estilo y calidad reconocible. Esa es, justamente, la lógica que hoy se potencia.

Un ejemplo más reciente es el de Alejandro Fantino. Tras consolidarse en radio y televisión, en 2023 decidió correrse de la pantalla tradicional para apostar por Neura, un canal de streaming con presencia en YouTube y Twitch, donde controla contenido, formato y vínculo con la audiencia.

En el periodismo deportivo son notorios los casos de Flavio Azzaro y Pablo Carrozza, que no solo renunciaron a trabajar en el mundo corporativo, sino que hoy lo confrontan abiertamente desde sus propios canales.

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Pero en Argentina el proceso no siempre termina en ruptura. En el ecosistema local predomina un modelo híbrido: periodistas que no abandonan del todo los medios tradicionales, pero que invierten cada vez más energía en construir una marca personal en el ámbito digital.

La escala del mercado argentino limita las salidas, pero no altera la tendencia: la audiencia empieza a despegarse del medio y a vincularse directamente con las personas. Y en ese movimiento aparece una tensión difícil de resolver: los medios necesitan periodistas visibles para competir en el ecosistema digital, pero esa misma visibilidad es la que permite, llegado el momento, que los periodistas se independicen.

Si se cambia la perspectiva y se observa el fenómeno desde el lado de las audiencias, el cuadro se vuelve todavía más claro. En The Game (2019), Alessandro Baricco plantea que la revolución digital no es solo tecnológica, sino cultural: habilita un vínculo directo, sin intermediarios, con la información.

Para los usuarios, esto puede ser una expansión de posibilidades. Pero para las viejas élites que funcionaban como intermediarias entre las personas y la realidad (maestros, expertos, críticos, políticos) implica una pérdida de poder real y simbólico. Esta lógica también puede trasladarse a las instituciones: escuelas, medios de comunicación, e incluso el propio Estado, ven cuestionada su centralidad.

En la sociedad, como en los medios, nos enfrentamos a estos cambios profundos, motorizados por la tecnología, a los que nos vamos acostumbrando casi sin advertirlo. Naturalizamos la presencia de la tecnología y perdemos perspectiva sobre su impacto en la vida cotidiana.

Como los peces, que nadan incansablemente sin tener conciencia del agua en la que se mueven.

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