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La gente no desaparece

Por Nico Varela (@nicoevarela).

Ya pasamos juntos unos cuantos 24 de marzo, en los que normalmente cuento la historia de mi abuela Nelly. Porque mi abuela Nelly fue Madre de Plaza de Mayo. En realidad, ninguno de sus hijos fue capturado, sino que el que desapareció fue su sobrino, Walter Carrizo. Hasta el día de hoy no sabemos qué pasó con él. La mamá de Walter, la cuñada de mi abuela Nelly, ya había muerto por causas naturales. Entonces, cuando iba a la Plaza de Mayo, la que iba era mi abuela Nelly. Por eso siempre hablo de ella. Pero hoy no quería hablar de mi abuela Nelly. Hoy quería hablar de mi abuela Marta. Porque mi abuela Marta es de esas abuelas que muchos conocemos, que muchos tenemos: una persona dulce, todo lo dulce que se puede ser, sin atenuantes. Pero si hablamos de política, es de esas señoras con pensamiento apolítico. De esas personas que dicen: “a mí la política no me gusta, a mí nunca me ayudó nadie, a mí nunca nadie me dio nada”.

De hecho, mi abuela Marta siempre contaba que cuando iba a votar hacía así: “¿qué día es hoy? 23 de octubre… bueno, a ver: 1, 2, 3, 4… 23”. Y elegía así. “Mirá, Nico -me decía una y otra vez- los políticos al fin y al cabo son todos chorros, en este país nunca hubo ninguno honesto. El único honesto fue Illia, que se fue más pobre de lo que asumió". Nunca fue peronista, nunca. Tampoco radical, ni de ningún partido. Me acuerdo que en una época mi tía hacía el chiste de que iba a votar por el "partido verde". Todavía hoy sigo sin saber qué era.

Mi abuela Marta vive todavía hoy frente al Pozo de Banfield, la comisaría sobre la calle Luis Siciliano que fue un centro clandestino de detención. Debajo de donde hoy hay un parque en el que se juega a la pelota, había calabozos donde hubo gente detenida y torturada, “chupados”, como decían las señoras. Mi abuela Marta muchas veces me contó que cuando mi mamá y mi abuelo llegaban en auto, tenían que bajar a una cuadra de la casa e ir caminando con las manos levantadas hasta entrar. Me lo contó siempre como algo que tenían que vivir, pero nunca con un discurso cargado de terror o victimización por lo vivido. Cuando ocasionalmente estábamos en su casa de chicos un 24 de marzo o un 16 de septiembre, nos acercábamos a ver un poco del acto frente a la comisaría, pero nos íbamos rápidamente cuando aparecían los que tenían la cara tapada, o estaban en cuero. "Estos no están reclamando justicia de nada, vienen a hacer quilombo", nos decía. Y todo el mundo adentro.

Mi abuela Marta nunca fue kirchnerista. Ni aunque le reconocieran su trabajo de ama de casa con la jubilación mínima como a tantas abuelas apoyó a bruja esa, ni al tuerto, ni a ninguno de los que están desde Illia a esta parte. Todos los deshonestos. Mi abuela Marta era como un personaje de Enrique Pinti, bien de esa época, con ese tono cuasi italiano. Por eso siempre hablo los 24 de marzo de mi abuela Nelly y nunca de mi abuela Marta. Pero este año me vino un recuerdo.

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El recuerdo del día que murió Jorge Videla. Fue el 17 de mayo de 2013. Yo tenía 20 o 21 años. Por alguna razón, ese día estaba en la casa de mi abuela Marta. Yo, con esa edad, en ese contexto, pensé que era una celebración. Fui a contarle: “abuela, se murió Videla”. Sinceramente, recuerdo la decepción que sentí, esperaba otra reacción. Mi abuela Marta no sonrió, no se puso contenta, no celebró. Insistí: “abuela, se murió en la cárcel, en el baño…”. Y mi abuela seguía igual, con una mezcla de tristeza y desilusión. Hasta que le pregunté: “abuela, ¿por qué no estamos celebrando?”. Ella, con esa autoridad que solo tiene la mamá de tu mamá, después de toda una vida siendo apolítica, me miró profundamente a los ojos y me dijo: “Porque ese hijo de puta se murió sin haber dicho dónde estaban los pibes”.

Videla es la figura más conocida de la última dictadura cívico-militar. Por varias razones, pero especialmente por haber inventado lo que Borges después calificó correctamente como un "eufemismo": la figura del desaparecido. “El desaparecido, en tanto esté como tal, es un incógnito. (...) Mientras sea desaparecido, no tiene entidad: no está. Ni muerto ni vivo. Está desaparecido”.

En el Diario Sur nos ha tocado contar noticias horribles. Jubilados a los que les pegan para robarles, gente asesinada, accidentes de tren, de auto, del hogar. Bomberos que intentan reanimar bebés asfixiados. Familias enteras que mueren en un choque. Personas que pierden partes de su cuerpo. Gente torturada, abusada, lastimada. Gente secuestrada. Por extraños, por familiares. Gente que se escapa de su casa y es intensamente buscada. Gente con demencia senil que se pierde y quizás no vuelve nunca más. A la gente se la puede lastimar, se la puede secuestrar, se la puede torturar, se la puede asesinar. Pero la gente no desaparece. Ese término se inventó para no responder dónde están. Porque los mataron, los torturaron, los tiraron vivos al mar, los enterraron en fosas comunes. Pero son cobardes que siguen sin hacerse cargo, y por eso el delito de lesa humanidad que cometió la última dictadura se sigue cometiendo. Videla ya se murió. Y hasta para el más apolítico es sencillo darse cuenta que se murió sin dejar de ser el hijo de puta que fue toda su vida. Y por eso hoy les quiero recordar que hay muchos que siguen vivos. Alfredo Astiz está vivo. Jorge Acosta está vivo. Y hay muchos más, presos hace años, ya sin nada por ganar, que todavía no dicen -como decía mi abuela- a dónde están los pibes.

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