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Durmiendo con el enemigo

Por Francisco Monzón (@flmonzon).

Cuando comencé a estudiar periodismo en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, todavía no conocía ninguna redacción por dentro. Mi única referencia sobre cómo funcionaban venía del cine: periodistas que chequeaban fuentes, editores que discutían títulos y la publicación de noticias que podían incomodar a gobiernos o a grandes corporaciones.

La película más importante, sin dudas, era Todos los hombres del presidente (1976), que narraba la investigación de dos periodistas de The Washington Post que llevaría a la renuncia de Richard Nixon, presidente de los EEUU.

Otro gran film, también basado en una historia real, es El Informante (1999), protagonizado por Russell Crowe y Al Pacino. Se trata de una investigación del equipo periodístico del programa 60 minutos del canal CBS. La historia pone el foco en un científico que, trabajando para una tabacalera, descubre investigaciones internas que confirman que la nicotina y otros químicos utilizados en la producción de cigarrillos son altamente adictivos.

A pesar de esta información, los directivos de la compañía no hacen nada al respecto. El guion retrata el dilema del científico que no puede hablar por un contrato de confidencialidad, y el de los periodistas que cubren el tema, presionados por las autoridades del canal por intereses corporativos, tanto económicos como políticos. Perdón por el spoiler, pero una vez que la información se hizo pública la industria tabacalera tuvo que afrontar juicios por 200 mil millones de dólares, al comprobarse que conocía los riesgos y la adicción que causaban sus productos.

Algo parecido está pasando en estos días en los tribunales de Los Ángeles. Allí también se habla de grandes corporaciones, de productos diseñados para ser adictivos y de demandas millonarias.

En esta nueva historia, que no es una película pero que probablemente llegue pronto a la pantalla grande, los malos son los responsables de las grandes compañías tecnológicas; las víctimas, jóvenes que denuncian problemas de adicción y depresión generados por el uso de redes sociales desde la infancia; y el probable verdugo podría ser un jurado popular integrado por doce ciudadanos de la soleada California.

En un contexto en el que países como Australia, Francia, España, Dinamarca y el Reino Unido comenzaron a aplicar restricciones estrictas de edad para acceder a redes sociales, estamos siendo testigos del inicio de demandas contra las Big Tech cuyo desenlace todavía es incierto.

El caso testigo es el juicio civil promovido por K.G.M. (su identidad está reservada), una joven de 20 años que sostiene que el uso compulsivo de Instagram y YouTube incidió en el desarrollo de un cuadro complejo de dismorfia corporal, ansiedad, depresión y tendencias suicidas.

El reclamo es contra Meta (dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp) y Google (YouTube). En la demanda se sostiene que estas empresas usaron deliberadamente en el diseño de sus productos elementos “destinados a maximizar la participación de los jóvenes para impulsar los ingresos por publicidad”, según se puede leer en la petición judicial.

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El argumento apunta a cómo esa supuesta adicción generada por el uso de las redes resulta rentable: una vez que los usuarios están enganchados, las empresas pueden monetizar el tiempo frente a las pantallas mediante publicidad. Por eso no solo buscan que permanezcan el mayor tiempo posible frente a la pantalla, sino que regresen.

El juicio es histórico por el precedente que podría fijar para futuros reclamos, pero también marca un hito por la presencia de Mark Zuckerberg, CEO de Meta. Si bien se presentó en dos oportunidades ante el Congreso de los Estados Unidos, es su primera vez como testigo judicial en un juicio civil.

Desde distintas disciplinas se aportan miradas que ayudan a comprender el complejo rol que las redes sociales cumplen en la sociedad.

Por un lado, aparece la feroz competencia de las empresas tecnológicas por la atención de los usuarios. Esta disputa está bien retratada por una frase de Reed Hastings, cofundador y ex CEO de Netflix, quien afirmó: “el sueño es nuestra competencia”, para destacar que su verdadero rival no son otras plataformas como HBO o Disney+, sino el tiempo de descanso de las personas.

Los algoritmos funcionan activando un mecanismo biológico que todos tenemos, basado en la búsqueda de placer. Una vez que perfilan a cada usuario, lo bombardean con contenido capaz de activar la producción de dopamina mediante mecanismos de gratificación instantánea, como los “likes”, comentarios y notificaciones, estimulando el circuito de recompensa cerebral de manera similar a las adicciones a sustancias naturales o químicas. Por esta lógica los usuarios “no pueden parar”, ya que esas microdosis de placer alteran la percepción y el manejo del tiempo.

Por todo esto, los especialistas hablan de manipulación cognitiva. La abundante oferta digital anula la posibilidad del aburrimiento, ese espacio donde el pensamiento puede volverse reflexivo y donde suele aparecer la creatividad. Así como la pantalla mata al aburrimiento, también reduce la posibilidad del pensamiento crítico o del entendimiento de nuestro contexto relacional y material.

A diferencia de otras adicciones, donde el producto que produce placer es ilegal o difícil de conseguir, con las plataformas nos encontramos ante un fenómeno novedoso: el acceso es gratuito y está disponible las 24 horas.

Es como si el dealer durmiera con nosotros.

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