Este correo no se escribe desde Madrid, sino desde Lisboa, la capital portuguesa que conquista desde el primer momento con una sensación difícil de nombrar. Hay algo en las paredes descascaradas, en los azulejos como de casa de abuela que cubren los frentes de los edificios, en los espacios verdes sin tanto diseño de paisajistas, en la ropa colgada en los balcones, que resulta familiar. Un aire melancólico y una belleza que no se esfuerza. Al principio no entendía bien qué era ni por qué todo el mundo caminaba fascinado por esas callecitas con subidas exigentes.
Correo desde Madrid: "En Lisboa no venden café para llevar"
Por Manuel Nieto (@NietoManuelOk).
Lisboa es sur de Europa: a lo Nápoles, a lo Andalucía. Las regiones supuestamente más pobres de Europa Occidental, pero también las que mejor conservan su autenticidad. Con su clima, su comida, su gente y su historia, encantan a los turistas de todo el mundo, especialmente a los de sus vecinos más desarrollados (Inglaterra, Alemania) que acá se permiten lo que en sus ciudades frías no pueden: pasarse el día caminando, comiendo y tomando, al sol, sin apuro (y más barato).
Los turistas no tienen apuro porque la ciudad no tiene grandes museos o monumentos obligatorios que exijan correr de un lado al otro. Así que los que están de paseo aprovechan que se puede tomar alcohol en la calle (en España no se puede), se compran un vino de los buenísimos que tiene el país (vinho verde, madeira, oporto) y se sientan a disfrutarlo en algún mirador. Los locales tampoco parecen andar a las corridas. En dos lugares pedí café “take away”. Primero no me entendieron, y cuando expliqué que era para llevar me dijeron que no tenían. Evidentemente los lisboetas tienen cinco minutos para tomarse un café en la barra y no necesitan que les pongan un flat white en un vaso de cartón con sus nombres.
En el imaginario popular argentino, Portugal no tiene un lugar tan claro como España o Italia. La migración portuguesa del siglo XX tuvo a Brasil como principal destino en Sudamérica. En Argentina dejaron una colectividad más chica y menos ruidosa. En la Zona Sur del Conurbano los conocemos del Club Portugués de Esteban Echeverría y de los varios corralones de materiales que levantaron los inmigrantes que llegaron a trabajar en la construcción y en las fábricas de ladrillos.
Portugal es un país chico (España tiene una superficie cinco veces más grande, la Argentina veintisiete) con apenas diez millones de habitantes. No exportó tanta cultura como sus vecinos, y a nosotros encima nos aleja el idioma. Así que permanece como un secreto mejor guardado, con menos marketing. Una injusticia: el bacalao portugués le pasa el trapo al abadejo que sirven los españoles.
Lisboa es una capital algo más tercermundista si se la compara con la opulenta Madrid. Los trenes y colectivos son más viejos, los cables de los tranvías enrejan el cielo, en algunas estaciones hay olor a pis. Hay más inmigrantes: de África, de Brasil, de países árabes. Y parecen bien integrados con los nativos: en la playa se veían partiditos de fútbol y grupos de amigos de distintos orígenes, como una película de Disney inclusiva, algo que no pasa en toda Europa, pero que a los argentinos nos resulta natural.
Portugal tiene 900 años de historia desde que en el siglo XII reconquistó para la cristiandad los dominios árabes y, a la vez, se separó de España. Primero vino una etapa imperial de oro: navegantes y exploradores que abrieron nuevas rutas y montaron colonias en África, Asia y América, con Brasil como la joya de la corona. Luego, el episodio más trágico: el terremoto de Lisboa de 1755, seguido por un tsunami e incendios, con decenas de miles de muertos en el Día de Todos los Santos. Las consecuencias se ven hoy en el diseño racional y antisísmico de la ciudad reconstruida.
Y el capítulo más romántico: la Revolución de los Claveles de 1974, que puso fin a cuarenta años de dictadura. Soldados jóvenes que se negaban a pelear en las anacrónicas guerras coloniales del viejo imperio derrocaron al régimen con claveles rojos en los fusiles, como señal de paz. Portugal recuperó las libertades, descolonizó sus territorios africanos e inició el camino para convertirse en un tranquilo país de la Unión Europea.
Recién sobre el final del viaje alguien me explicó que en portugués existe una palabra, saudade, que nombra el sentimiento de anhelo por algo ausente: una persona, un lugar, un tiempo que ya fue. Es la materia prima del fado, su música típica. Ahí até cabos: nostalgia por un pasado de gloria, el puerto, un río tan ancho que parece mar, la ubicación en el extremo de su continente, la integración de los inmigrantes… Claro, los lisboetas son los porteños tangueros del viejo continente. Por eso me sentí como en casa.

