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La pelea por la verdad

Por Francisco Monzón (@flmonzón).

Al hablar de periodismo, hoy el foco está puesto en las pantallas. Ya sea la TV tradicional, YouTube, los canales de streaming o los videos verticales de las redes sociales. Nos informamos, mayormente, a partir de esas fuentes.

Pero no siempre fue así. Durante buena parte del siglo XX, el medio que representaba más cabalmente al periodismo eran los diarios impresos. Periodistas había en todos los medios (radio, TV y revistas), pero las noticias competían en esos espacios con otros contenidos. En los diarios, en cambio, eran el producto central.

Si bien el primer canal de noticias a nivel global fue la CNN, salió al aire el 1° de junio de 1980, el formato llegó a la Argentina entrados los años 90.

Hay un dato que ayuda a entender la magnitud del fenómeno: actualmente existen siete canales de noticias en el país (Todo Noticias, C5N, A24, La Nación+, Crónica TV, IP Noticias y Canal 26), la cifra más alta de toda Latinoamérica.

El siguiente gran cambio llegó con internet. La aparición de la web obligó a todos los diarios del mundo a adaptarse a las pantallas y desarrollar versiones online.

Durante la época dorada de la prensa escrita, que podría extenderse hasta fines de los años 90, los diarios cumplían además una función social clave para el funcionamiento de la democracia: ejercer el rol de “cuarto poder”, fiscalizando a quienes gobernaban.

Así, un diputado que aumentaba sospechosamente su patrimonio, un juez que cajoneaba una causa o un ministro que hacía negocios incompatibles con la función pública quedaban bajo la lupa de periodistas que asumían una tarea esencial: controlar a quienes ejercen el poder.

En Estados Unidos hubo investigaciones periodísticas que con el tiempo adquirieron un carácter casi épico, en parte gracias al cine.

En la película “Todos los hombres del presidente” (1976) se reconstruye la investigación de Carl Bernstein y Bob Woodward sobre el caso Watergate, que terminó derivando en la renuncia de Richard Nixon. Más allá de las presiones políticas y las discusiones entre periodistas, editores y abogados del The Washington Post, hay un personaje anónimo que destraba la trama: “Garganta Profunda”, una fuente que trabajaba en el gobierno de Nixon y que aportaba información decisiva.

Algo similar ocurre en “The Post: Los oscuros secretos del Pentágono” (2017), centrada en la publicación de los Papeles del Pentágono. La filtración masiva de documentos secretos reveló que distintas administraciones estadounidenses habían engañado sistemáticamente al Congreso y a la sociedad sobre la Guerra de Vietnam y las reales posibilidades de ganarla.

Otra vez, una fuente estatal permite avanzar con la investigación. Y otra vez aparece el interrogante sobre qué impulsa a alguien a exponer a su propio gobierno: principios morales, convicciones ideológicas, resentimiento o simple venganza.

En Argentina también tuvimos grandes denuncias periodísticas impulsadas por filtraciones internas. De la mano de Página/12, dirigido por Jorge Lanata, casos como el Swiftgate, el Yomagate, el contrabando de armas a Ecuador y Croacia o el cobro de sobresueldos durante el menemismo marcaron una época.

En todos esos episodios, la punta del hilo también aparecía dentro del propio poder. Pero había una diferencia importante: las fuentes actuaban desde las sombras.

Hoy nos enfrentamos a algo distinto.

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Vivimos en una época de hiperinformación: tenemos acceso constante a datos, videos, audios y documentos de todo tipo. Pero esa misma lógica también nos empuja a consumir información fragmentada, en pequeñas dosis y sin contexto.

Así, gran parte de las audiencias termina sabiendo un poco de casi todo, pero sin capacidad para vincular hechos, protagonistas y consecuencias.

A eso se suma otro fenómeno: la desintermediación. Cada vez más personas consumen información directamente desde las fuentes (políticos, influencers, empresarios o funcionarios) sin el filtro de periodistas o editores tradicionales.

En ese contexto, asistimos por estos días a un espectáculo inédito: funcionarios del gobierno de Javier Milei acusándose entre sí públicamente de negociados y operaciones.

La periodista Silvia Fesquet describió la interna de La Libertad Avanza como dirigentes que están “tirándose negocios por la cabeza”, mientras la discusión pública gira alrededor de quién filtra qué y con qué objetivo.

En el caso Adorni, fue el propio jefe de Gabinete quien denunció “fuego amigo” tras la difusión del video y de los datos sobre el polémico viaje familiar a Punta del Este en un avión privado.

Por supuesto, una vez que la información se hace pública, el periodismo retoma el tema, investiga y lo instala en agenda.

Lo verdaderamente llamativo es otra cosa: el anonimato de antaño se transformó en un pase de facturas a cielo abierto.

Del informante que protegía su identidad mientras denunciaba abusos de poder pasamos a operaciones, amenazas y aprietes mafiosos ejecutados en tiempo real desde redes sociales y cuentas oficiales.

Falta saber quién escribirá el guion de la película sobre esta época. Y, sobre todo, falta saber si terminará siendo un drama político o una comedia grotesca.

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