Creía que nada podía afectar mi furor mundialista. Si los senadores aprovechan la distracción para aumentar sus dietas, si Toto Caputo se hace el boludo y agiganta la deuda externa, si el pizzero de la esquina me ve con la camiseta de la Selección y me aumenta la docena de empanadas… Denle para adelante, no pasa nada, que yo también me escapo más temprano de la redacción para llegar a ver el partido en casa, y ni loco pauto una entrevista a la hora de un partido de la Francia bestial de Mbappe.
Pero hay cosas graves que nos cachetean, que hasta a los más fanáticos del Mundial nos sacan del termo. Me pasó con la noticia del homicidio de un vecino de Cañuelas el último martes, en el marco de los festejos que hubo en la plaza del pueblo tras el triunfo de Argentina ante Egipto. Fueron las mismas celebraciones que hubo en las plazas de todo el país y especialmente de nuestra región.
Pero en Cañuelas la fiesta se arruinó en serio: dos grupos de “inadaptados” empezaron a pelear y a arrojarse piedras y la Policía no estuvo ahí para controlarlo. Uno de los piedrazos le dio en la cabeza a Franco Depauli, un trabajador de 46 años que había estado viendo el partido en el bar Hueney junto a su familia, y que después salió a participar de la alegría colectiva.
Franco no tenía nada que ver con la riña de los violentos. Hay un video, difundido por el siempre preciso portal Infocañuelas, que lo muestra momentos antes de la tragedia: se lo ve con su ropa de Argentina, mandándoles saludos a un amigo, celebrando que “nunca perdimos la fe”. Impacta verlo ahí, con su última felicidad, inconsciente de lo que está a punto de pasarle.
Se puede pensar que la muerte de Franco fue un hecho aislado. Que el piedrazo no era para él, que nadie lo quiso matar, que el que haya tirado esa maldita piedra -por ahora hay tres detenidos- no quería matar a nadie, que fue una fatalidad. Pero a mí me da la sensación de que fue un hecho completamente lógico y natural. Pasó en Cañuelas pero podría haber pasado en San Vicente o Alejandro Korn o Monte Grande o Lomas o Almirante Brown, entre tantos otros. En todos esos lugares, y en muchos más, hubo incidentes de algún tipo tras los festejos de Argentina. Piñas, piedrazos, ataques a los puestos de diarios, agresiones a la Policía, destrozos sobre los patrulleros…
En todos lados la dinámica es más o menos la misma: las concentraciones de embanderados comienzan minutos después de los partidos con un clima familiar de alegría, con padres e hijos, barritas de adolescentes que hacen pogo y cantan las canciones, chicas con las caras pintadas de celeste y blanco. Pasa un buen rato y las familias se van yendo del festejo y van quedando para el final los “inadaptados” (una palabra que solo usamos los periodistas, la gente normal los llama de otra manera). Con suerte, solo rompen un negocio y un par de ellos terminan detenidos por la Policía… Con malísima suerte, como en Cañuelas, se llevan puesto a un tipo.
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Pienso en la familia de Franco. A ellos el Mundial seguramente ya no pueda importarles menos. Quizás hasta estén deseando que Argentina pierda para que no haya más festejos como los que terminaron con la vida de su ser querido.
No es nuevo el fenómeno. Los festejos a lo largo del Mundial 2022 también tuvieron episodios picantes. Recuerdo haber visto con preocupación los de las semifinales y haber pensado que iban a ser peores si Messi llegaba a levantar la Copa. Pero la realidad desmintió mi pronóstico pesimista: con la tercera estrella, salió a la calle todo el mundo, sin excepciones, porque nadie se quería perder la fiesta. Y cuando estamos todos en la calle -los chicos, los viejos, las familias, los borrachos, los chetos, los pobres, los bosteros, la Policía- se produce algún mecanismo de regulación social que hace que nadie se anime a “sarparse”.
En 2022 nos sorprendimos a nosotros mismos: cinco millones de personas en la calle y ningún incidente. ¿Tanto pueden haber cambiado las cosas en cuatro años? Yo creo que no, porque mantengo algún grado de optimismo. La mejor manera de que estas cosas no pasen no es dejar de salir a los festejos, lo que sería una solución del tipo “muerto el perro se acabó la rabia”. Las personas dignas y civilizadas tenemos que seguir saliendo y ocupando los espacios públicos. Y para que eso pase, tiene que haber una respuesta de las autoridades. La mínima: que los “inadaptados” no se sientan con la impunidad de poder matarse a piedrazos en cualquier plaza.

