No es El Rosedal de Palermo ni el Jardín Japonés. Tampoco busca serlo. La “pradevereda” de El Jagüel es un fenómeno atípico en sí mismo, pensado y elaborado por una vecina paisajista, que en unos pocos metros cuadrados reúne decenas de especies de plantas, que a su vez generan un espacio verde habitable para animales e insectos que de otra forma no circularían en cantidad por estas calles del barrio La Morita.
El concepto de “pradevereda” es la conjunción de dos palabras: pradera y vereda. Así lo bautizó la paisajista Silvia Sforizni, vecina y pasajista que pensó el proyecto: “La idea es generar un jardín silvestre y que uno pueda caminar por el barrio y ver fauna asociada a plantas, lo que a su vez trae una continua mejora ambiental”, le explicó a El Diario Sur desde la “pradevereda”, ubicada en Destacamento Melchor y 17 de Agosto.
El fin del espacio no es precisamente “verse bonito”, sino crear un ambiente idóneo para plantas y animales. Y no solo lo ha logrado, sino que también superó las expectativas de Sforzini y generó otro cambió: la relación entre los vecinos de la zona.
“La idea arranca porque nos quedamos sin espacio en casa. Decidimos salir a la calle a plantar y de repente nos encontramos relacionándonos con los vecinos, compartiendo durante los mantenimientos charlas, intercambiando plantas y compartiendo momentos que jamás hubiéramos podido generar si este proyecto quedaba adentro de casa”, contó.
Con estar tan solo unos minutos en la “pradevereda” esto se comprueba. Llama la atención de todo el que pase, y la curiosidad casi siempre puede más. Muchos se acercan a Silvia para consultarle sobre las plantas y, cada vez más seguido, se repite una misma frase: “Yo quiero lo mismo en mi vereda”.
“Uno lo ve terminado y puede parecer muy ambicioso. Recomendamos arrancar de a poco, ir esperando que las plantas se acostumbren, crezcan y después agregar otras. Y siempre tener asesoramiento de qué especies elegir. Nosotros empezamos con algunas que las cambiaríamos para poner nativas, es un proyecto que muta, cambia, a media que uno aprende que especies convienen”, agregó Sforzini.
La “pradevereda” lleva ya dos años de desarrollo, y no siempre ha sido todo color de rosa: “Como todo cambio genera una resistencia en el barrio. Sufrimos algunos robos, malos tratos, gente que pasa y se lleva plantas. Pero con el paso del tiempo se convierte en un vínculo con la gente y esas cosas se van solucionando. El barrio entero se puede convertir en algo que favorezca al ambiente, y que si no lo hace uno no se lo va a venir a hacer nadie”, contó la paisajista, que anhela contagiar a más vecinos con su idea para que todo el barrio tome un sentido más eco-friendly.
Y agregó: “A veces de ocho que plantábamos, tres se las llevaban o las maltrataban. Entonces nos preguntamos si seguíamos plantando o dejábamos. Y eso se solucionó con nosotras en la vereda, generando vínculo con los vecinos, conociéndonos y que la gente sepa que no es necesario venir de noche a llevarse la planta, puede venir de día y se puede llevar un gajo o consultar por asesoramiento”.
Pasar por la vereda de Silvia es pasar por una cuadra única; con un aire que se respira distinto. Ella así lo cree y, y disfruta no solo de los resultados, sino del agrado que también es para los demás: “Cuando los vecinos generan un sentido de pertenencia en su barrio es el momento en el que uno puede poner cualquier cosa en la vereda para que lo disfruten todos sin que nadie le haga ninguna maldad”.


