Javier Molina tiene 54 años, es vecino de Monte Grande de toda la vida y desde hace más de diez años tiene su propia carpintería. Su historia tiene una particularidad: trabaja sin ver. Perdió la vista por una enfermedad genética, pero encontró en la madera una forma de reinventarse y seguir adelante.
La historia del carpintero ciego de Monte Grande: "Mis manos son mis ojos"
Javier Molina vive en Monte Grande y perdió la vista por una enfermedad genética. Con el paso de los años encontró en la carpintería una pasión.
“Lo que me trajo acá fue algo muy loco: perder la vista. Yo perdí la vista y entré en otro mundo”, contó Molina. La pérdida de la visión fue consecuencia de una enfermedad genética llamada retinosis pigmentaria, cuyos primeros síntomas aparecieron cuando era adolescente. “Empecé a los 13, 14 o 15 años”, recordó.
Inicios en la carpintería
Javier es hijo del fundador del restaurante Piú y muchos años trabajó en gastronomía e incluso llegó a manejar un restaurante mientras su vista se deterioraba. Con el tiempo, sin embargo, decidió buscar otro camino.
“Tenía un restaurante y lo manejaba sin ver, pero estaba cansado”, explicó. En esa búsqueda comenzó a acercarse al mundo del arte. Primero lo hizo a través de la escultura y la cerámica, una experiencia que le permitió descubrir nuevas posibilidades. “Con mis manos iba a poder ser el creador de algo. Eso me dio la seguridad para decidir hacer un cambio”, relató.
Con el tiempo llegó la madera, un material que siempre le había gustado desde chico. Así empezó a aprender carpintería de forma gradual, primero haciendo cosas en su casa y luego trabajando con otros carpinteros. “Empecé de a poquito y empecé a aprender, aprender, aprender. Una cosa te lleva a la otra”, contó.
Con el tiempo logró abrir su propio taller en Monte Grande, un espacio que también refleja su forma de trabajar. Gran parte de la estructura fue construida con materiales reutilizados: “Todo está hecho con material de demolición. Era un lote, un terreno. Con chapa vieja, persianas, ventanas y postes armamos todo este galpón”, explicó. El lugar se encuentra ubicado sobre Ramón Santamarina 470 y en Instagram se puede encontrar como @la.car.pi.
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El trabajo en su taller
La reutilización también es parte central de los muebles que fabrica. Molina suele conseguir materiales en remates o recibir piezas que le acercan vecinos y conocidos: “A veces voy a comprar a remates o me traen cosas y ya miro y se me ocurre algo”, dijo. Uno de los ejemplos es un banco que creó a partir de un antiguo carretón del Mercado Central. “Un hombre me trajo un carretón y me dijo ‘fijate qué se puede hacer con esto’. Lo tuve dos años tirado en el fondo y un día se me ocurrió hacer un banco. Lo hicimos y lo vendí el mismo día”, recordó.
En el taller se mueve con naturalidad. Conoce cada rincón, cada herramienta y cada objeto que utiliza para trabajar. “Es increíble, pero sé dónde está todo”, explicó. Para él, el tacto y la experiencia son fundamentales. “Mis manos son mis ojos”, resumió.
Su historia suele sorprender a quienes visitan el lugar por primera vez. Incluso hay clientes que dudan de que realmente no vea. “Hay gente que no me cree. Se van pensando que es mentira que no veo, porque me muevo por todo el lugar”, contó entre risas.
A pesar de las dificultades, Molina sostiene que la clave está en encontrar aquello que apasiona. “Cuando hacés lo que te gusta con pasión, todo se puede lograr”, afirmó. Y dejó un mensaje para quienes sienten que no pueden avanzar con sus proyectos: “La clave es encontrar lo que te gusta hacer. La búsqueda es fundamental”.



