El 30 de marzo de 1982, Jorge “Beto” Aguirre, a sus 20 años, participó de la histórica marcha de la CGT en contra del Gobierno Militar que encabeza el dictador Leopoldo Galtieri. Logró escapar de la represión policial y volver a su casa. Tres días después, cuando escuchó la noticia de la recuperación de las Islas Malvinas, supo que allí iba a estar su destino, por haber terminado el servicio militar solo unos meses antes. “Organicé una cena en mi casa y presenté a mi novia. Le pedí a mi familia que la cuidara porque iba a ser la mamá de mis hijos. Y así fue”, recuerda “Beto”.
Los pibes de Malvinas: "El final de la guerra fue la parte más dolorosa"
El testimonio de Beto Aguirre, del Centro de Héroes de Malvinas de San Vicente.
Aguirre dejó los aires pampeanos de San Vicente para dormir en Malvinas junto a un grupo de compañeros dentro de un pozo tapado con tirantes, entre el agua, la nieve, el viento, el frío extremo. “La compañía en la que yo tuve el honor de servir tuvo 12 horas de combate en una de las grandes batallas de Malvinas. Fue la que más bajas tuvo, 36 fallecidos y 152 heridos. Empezó a las nueve de la noche con tiros de ametralladoras, bombas y gritos. Fue un desconcierto total porque no veíamos nada. Estábamos mal alimentados y con mucho cansancio. Era como una película. Mi compañero de pozo perdió un ojo al lado mío por la esquirla de una bomba”, recuerda.
Beto fue a Malvinas movido por el deber patriótico. Por eso sintió una especial desazón con la derrota y el final de la guerra. “Fue la parte más dolorosa”, dice. También el frío recibimiento en el país. “Los militares nos hicieron jurar que no podíamos hablar de Malvinas, y muchos hicimos caso por algunos años, hasta que nos empezamos a juntar y reclamar nuestros derechos”, señala. Y destaca “la hermandad, el compañerismo, la afinidad que tiene un veterano con otro”. “Nos miramos y nos entendemos”, define.
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