Mañana, martes 6 de febrero de 2024, el despertador de Marcelo Urueña ya no va a sonar a las 2.30 de la madrugada, como ocurrió durante los últimos 50 años. Quizás él se despierte a esa hora, por la costumbre, pero esta vez no lo van a estar esperando la harina, el horno y los clientes. Llegó el tiempo de descansar para este panadero emblemático de San Vicente, con la satisfacción del deber cumplido.
Se jubiló Marcelo Urueña, histórico panadero de San Vicente, luego de 50 años de trabajo
Marcelo Urueña estuvo al frente de la panadería La Central, en San Vicente. Trabajó como panadero durante medio siglo, hasta este lunes.
Marcelo es conocido por haber estado al frente de la panadería “La Central”, ubicada sobre la calle Castelli al 50, en el centro de San Vicente, entre 1987 y 2011. Luego de cerrar ese negocio, se dedicó a la elaboración de pan para entregar en comercios y de medialunas para el café Boston. Hasta este martes, cuando se jubiló definitivamente.
“Estoy muy cansado. Me duele mucho la espalda y tengo la cintura a la miseria. Para colmo vengo de estar cuatro días sin luz… Ya lo venía pensando hace rato porque mi espalda no da para más”, le contó hoy Marcelo, de 65 años, a El Diario Sur, no sin un dejo de nostalgia: “Voy a extrañar a la clientela de tantos años. Igual voy a seguir yendo a visitarlos. La panadería es algo muy lindo. Todas las amarguras que puede tener el negocio se compensan con satisfacciones”.
La trayectoria de Marcelo entre hornos y amasijos comenzó cuando tenía 16 años, en su Florencio Varela natal, como pastelero. Él recita con orgullo la cantidad de panaderías por las que pasó, que le permitieron formarse en su oficio y progresar: La Romana, La Aurora y La Avenida, de Varela; La Primera, de Solano; Santa María, de Wilde; La Nueva, de Temperley; La Espiga de Oro, de Glew; y una del centro de Guernica cuyo nombre no recuerda.
En 1987 llegó a San Vicente y, de socio con Quique Del Campo, otro panadero histórico de la ciudad, abrieron La Central. El sabor de las tortitas negras que Marcelo elaboraba con horno a leña (en la cuadra donde ahora funciona la cervecería Buona) quedó para siempre en la memoria emotiva de muchos sanvicentinos.
Leé más
El cura de San Vicente tuvo su debut como bombero voluntario
“La panadería me dio todo. En la calle la gente te saluda como si fueras el presidente. Hijos de clientes que se acuerdan de cuando el padre los traía a la panadería y hoy son hombres y mujeres grandes. El pan tiene algo especial, que es infaltable para la gente. Pensar que el fruto de mi labura llegaba a las mesas donde las familias compartían la comida es algo muy lindo”, reflexionó Marcelo.
Él dice que no hay mayores secretos en el oficio que “usar buena materia prima y darle la cocción justa”. Y que levantarse todas las madrugadas de forma ininterrumpida durante 50 años se logra “con ganas de trabajar y salir adelante”. Con esa ética de trabajo imperturbable, sus últimas vacaciones fueron en 2012.
En su medio siglo de trayectoria, Marcelo atravesó todas las crisis argentinas, desde el Rodrigazo y la hiperinflación hasta el 2001. “El 2001 fue terrible. Tenía nueve empleados. Me costaba muchísimo juntar para pagar los sueldos, mis hijos eran chicos, me llegaban cheques rechazados de los clientes. Me atrasaba con el alquiler, pero me tenían paciencia, y pudimos salir adelante”, relató. También trajo a su memoria a una fiel compañera de viaje: su Ford F-100 modelo 84, que compró en 1991 y manejó hasta 2016, todo un ícono en las calles de San Vicente: "Si la habré usado pobrecita, fue un cañazo".
Marcelo manda un agradecimiento a “la clientela” que siempre lo “bancó” y dice que ahora apunta a descansar, cuidar su salud y “aflojar con el pucho”. Será, por fin, el momento de dejarse mimar por su esposa y sus cuatro hijos y de disfrutar de sus cuatro nietos. Este martes, la alarma no va a sonar y el horno en el que cocinaba el pan no se va a encender. Pero los recuerdos amasados entre la gente que lo vio trabajar de forma honrada e incansable van a perdurar por mucho tiempo.

