Viernes 22 de Marzo   22:31 hs

22°
Actual
18° Min 21° Máx
Ricardo Varela
Editorial

No se pueden contar las lágrimas para medir el dolor

Si bien repito (una y otra vez) que lo que se mide no se discute, hay cosas que no se pueden medir, como el dolor.

El mercadeo se metió en la política. Y la política (también) dejó todo en manos del marketing. Un candidato le pregunta primero a la sociedad cuáles son sus preocupaciones, para luego ofrecerle sus propias soluciones.

El ejemplo emblemático fue la elección de Trump en los EEUU, donde apareció un personaje que nadie vio venir.

Generalmente se suele vincular al populismo con políticas de izquierda, donde los que gobiernan hacen demagogia con los que menos tienen y le piden a cambio su apoyo incondicional. Esto puede constituir un círculo vicioso donde todos mienten: el que “da” y el que “recibe”. Miente el que da porque lo hace como parte de una estrategia interesada, y miente el que recibe porque su incondicionalidad tiene en realidad un precio: será fiel sólo hasta que aparezca un mejor postor. Las clases medias y altas suelen horrorizarse con el populismo que genera “vagos, mantenidos por sus impuestos”. Mientras tanto tributan doble, porque también pagan medicina y escuelas privadas...

Sin embargo, poco se habla del populismo de derecha. Ese que tiene en la geopolítica a Trump como mesías, pero también otras flamantes figuras internacionales como el brasileño Bolsonaro. En campaña, Trump anunciaba algunas medidas discriminatorias, sexistas y xenófobas que (sabía?) no podía aplicar. Algo parecido pasa hoy con Bolsonaro. “Interpretando” la nueva ola de opinión pública de Brasil cargó contra homosexuales, indígenas y los colectivos que defienden los derechos de género, apenas asumió. En el mismísimo discurso luego de recibir la banda presidencial. ¿Cuánto de lo anunciado será finalmente posible? El tiempo lo dirá. El ejemplo empírico norteamericano le juega en contra.

Lo cierto es que las sociedades no se suicidan, ni entregan cheques en blanco. Trump y Bolsonaro son productos de esta época. Emergentes de sociedades reaccionarias desde lo social pero conservadoras desde lo económico. Muchos norteamericanos que votaron a Trump lo hicieron cansados de sentir que solo ellos “tiraban del carro”, manteniendo un sistema donde había quienes se beneficiaban injustamente. Ellos mismos están a kilómetros del mensaje más oscuro de su presidente, pero él constituía (a la hora de votar) la opción más cercana a su enojo...

La economía es el eje de los problemas políticos (y sociales) del mundo. Primero políticos y luego sociales. Después, las sociedades los hacen problemas políticos nuevamente (a otra escala, puertas afuera de sus gestiones de gobierno). Nadie podía suponer en noviembre de 2018 que Francia pasaría zozobra en diciembre, sin embargo los “chalecos amarillos” (parecidos al operario que recibió a Macron en la escalinata del avión que trajo al francés al G-20) hicieron que el país estallara. ¿Sólo en disconformidad con la suba de los combustibles? ¿Semejante revuelta? Todo parece indicar que sí... . Cuando Macron dio marcha atrás con esa medida, los chalecos (que hicieron escuela y se mudaron a Bélgica encarnando otros reclamos) cesaron en sus movidas. Los chalecos amarillos son a esos países europeos lo que las cacerolas a la Argentina.  

Los procesos de encuestas cuali y cuantitativas serán útiles como un insumo más a la hora de decidir, trazar objetivos y diseñar programas. Ahora bien, si dejamos todo en manos de las planillas de Excel estaremos frente a un problema grave. Algunos investigadores identifican a este tiempo como el del fin de las ideologías y se apoyan justamente en la importancia que le dan los gestores (políticos y gobernantes, públicos y privados) a las métricas y los algoritmos.

Cuando identificaron que la mayor preocupación de “la gente” era la inseguridad plagaron de cámaras calles y espacios públicos. Todo, sin evaluar quienes estarían en condiciones de “ver” cada una de esas cámaras, ni que secuencia debían seguir una vez que “vieran” algo que mereciera el accionar de las fuerzas de seguridad. Las cámaras están; su lectura profesional, no siempre; las posibilidades de dar respuesta policial en tiempo real, casi nunca.

Si bien repito (una y otra vez) que lo que se mide no se discute, hay cosas que no se pueden medir, como el dolor.

En esta construcción del “rating” de lo que la gente quiere, los medios de comunicación jugamos un rol preponderante. Nosotros mismos estamos en una carrera donde la medición de cada noticia se hace presente. Y la chance de caer en la trampa de darle a la gente más de lo mismo de lo que tiene/quiere, es grande. El desafío que encarnamos es bien diferente. La tarea de la prensa es inherente al sistema democrático y el periodismo serio e independiente es clave para afianzar el proceso de la democracia. Hacer periodismo de calidad “es caro”, requiere de profesionales que puedan interpretar la realidad, vincular los hechos actuales con procesos históricos, que conozcan a los personajes y las personalidades involucradas, que tengan fuentes confiables y la obsesión para chequear la información antes de darla, que sean capaces de hacer preguntas incómodas sin chicanas irrespetuosas y que sean honestos...

En esos estamos. Día a día.

Buena semana.

Comentarios