Una manera de comprender qué es la música es intentar definirla formalmente. Podemos decir que es un tipo de expresión artística que organiza sonidos, silencios y ritmos con la intención de transmitir ideas, emociones y pensamientos, actuando como un lenguaje universal, más allá del idioma que se utiliza.
El eterno regreso de Soda Stereo
Por Francisco Monzón (@flmonzon).
Pero hay algo más que supera lo etimológico y nos lleva al plano de lo sensible: esa capacidad de conectarnos íntimamente con un artista aunque nunca lo conozcamos personalmente, o de hacernos llorar por asociar una canción a una persona o a un momento de nuestra vida.
Esa capacidad movilizadora se potencia cuando la música se ejecuta en vivo, cuando tenemos la posibilidad de presenciar a los artistas. Compartir el espacio y el tiempo permite un vínculo artístico entre intérprete y oyente, que a su vez puede derivar en una catarsis emocional cuando esa conexión es muy fuerte.
Hace unos días, Soda Stereo consumó un nuevo regreso desde su separación oficial en 1997. El primero, con la banda a pleno, fue la gira “Me Verás Volver” en 2007, seguida por el espectáculo “Séptimo Día” de Cirque du Soleil en 2017.
En 2022 fue el turno de la gira “Gracias Totales”, con cantantes invitados (de Juanes a Chris Martin, de Coldplay) interpretando los clásicos de la banda y con la presencia de Cerati desde las pantallas. Un homenaje a la historia, al impacto cultural del grupo y también a su compañero ausente del plano terrenal.
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Esta nueva vuelta aporta un componente tecnológico aún más fuerte. Se trata del espectáculo “Ecos”, donde se propone experimentar un recital de la banda completa: Cerati, Bosio y Alberti.
Como es de público conocimiento, Gustavo Cerati falleció en 2014, por lo que el desafío técnico pasa por hacer presente lo que ya no está.
Más allá de las primeras experiencias de proyección de hologramas sobre escenarios (Michael Jackson, Elvis Presley o incluso el Indio Solari a nivel local), encontramos un antecedente reciente muy exitoso basado en avatares digitales.
Se trata de “ABBA Voyage”, un espectáculo que se desarrolla en una sala de Londres construida exclusivamente para estos recitales, donde se pueden ver proyecciones avanzadas de los cuatro integrantes de ABBA con su apariencia de 1979. A diferencia de Soda, todos los miembros de la banda sueca están vivos, pero por una decisión estratégica-tecnológica se eligió la versión joven (la de su pico de éxito) por sobre la actual, en la que sus integrantes rondan los 80 años.
En 1936, Walter Benjamin publicó un texto que se convertiría en un clásico en el campo de la comunicación y que hoy recobra actualidad frente a estos espectáculos: “La obra de arte en la época de su reproducción técnica”. Allí sostiene que la posibilidad de reproducir técnicamente una obra erosiona su “aura”: ese carácter único e irrepetible ligado a su aquí y ahora, a la presencia física y al encuentro directo con el público.
En esa misma posibilidad de reproducción, Benjamin también encuentra un aspecto positivo: más personas pueden acceder a obras y disciplinas antes limitadas a una élite. En algún punto, la técnica permite que el arte deje de ser exclusivo.
Sin dudas, esto se verifica si pensamos en las generaciones más jóvenes, que sin una puesta en escena donde la tecnología sea protagonista difícilmente tendrían la posibilidad de experimentar un recital de Soda Stereo. Se abre la oportunidad, para mucha gente joven, de vivenciar una experiencia idealizada por relatos y archivos audiovisuales.
Entre los aspectos negativos, Benjamin advierte que la técnica empuja al arte hacia la lógica del mercado: la producción en serie favorece un consumo basado más en el valor comercial que en las cualidades artísticas.
Extrapolando su planteo a la actualidad, podríamos pensar en la música grabada (un CD o un vinilo) como ejemplo de reproducción técnica, mientras que el recital en vivo quedaría dentro del terreno de lo irrepetible, de la obra con aura. Incluso el propio Benjamin establece una comparación similar entre el cine y el teatro.
Lo que proponen estos nuevos espectáculos, donde lo digital reemplaza o complementa a los músicos, es una experiencia en vivo guionada milimétricamente: replicable, controlada y técnicamente perfecta, pero al mismo tiempo alejada de la singularidad del recital tradicional donde se abre un espacio a la improvisación. Es la paradoja de estar ahí, pero presenciar algo más cercano a una película que a un vivo.
Pero, como dice el filósofo francés Blaise Pascal, el corazón tiene razones que la razón ignora. Así, estos nuevos shows de Soda pueden experimentarse como cualquier otro de hace 40 años, cuando desarrollaban la Gira Nada Personal por toda Latinoamérica. Los adultos, tal vez, se vean desbordados por la memoria emotiva, mientras que los jóvenes no estén tan extrañados por su familiaridad con lo virtual.
En algún punto la tecnología no elimina la emoción, pero la reconfigura. Ya no se trata de estar frente a algo irrepetible, sino de asistir a una puesta donde la presencia del artista está mediada, reproducida y, en cierto modo, reconstruida.
Como en un truco de magia, uno puede intentar descubrir la trampa o entregarse a la ilusión. Al final, todo depende de aceptar, o no, ese juego de seducción.

