Columnista |

La honestidad no es una virtud, es una obligación

Jamás pensé, y recordé cuantas decisiones se toman intentando interpretar “a la gente”. A esa escala, la buena fe, la honestidad, la sensibilidad y la sensatez no son una virtud, debieran ser una obligación. ¿Nadie lo vio venir? Para la política, políticos profesionales. Y para los medios, periodistas profesionales.

Cuando leas estas líneas habrá millones de argentinos votando. Eligiendo presidente una vez más. También gobernador, intendentes, diputados, senadores y concejales. Independientemente de la disputa de turno, de la grieta 2019, de los candidatos y candidatas, hay elección. Y eso que para las generaciones más jóvenes parece rutina y normalidad, para muchos de otros de nosotros no lo fue durante largo tiempo.

Esta semana, a propósito de las perturbantes imágenes que veíamos en tv desde Chile, me encontré explicándoles a los más jóvenes de la redacción de qué se trataba el toque de queda. Me miraban asombrados cuando compartí paralelismos locales, y modus operandi del poder militar en los años más oscuros de la Argentina. Ellos entendieron como nadie aquello de la connivencia cívico/militar: “sin la complicidad de la gente jamás hubieran podido hacerlo”, me dijeron. Jamás pensé, y recordé cuantas decisiones se toman (y probablemente se seguirán tomando) intentando interpretar “a la gente” y decidiendo en consecuencia. En el nombre de la gente, alguna gente, nos mete en cada aprieto... . A veces potenciados por ciencias distorsionadas, como por ejemplo la formulación, proceso y lectura de encuestas.

Los históricos dirigentes políticos (del tipo y alcance que quieras elegir) son hoy menos rigurosos, peor formados, algunas veces entusiastas aficionados y otras meros defensores de intereses corporativos. Así, se sufren procesos históricos donde las políticas de estado son utopias y las ideologías son superadas por los nombres propios. Nombres de hombres y mujeres contradictorios, que no tienen empacho en desandar caminos y tomar decisiones encontradas en el nombre de su buena fe: “pido perdón, me equivoqué, pero ya aprendí, ahora lo voy a hacer bien”. Lo dijo Macri el 11 de agosto último y lo repitió Piñera del otro lado de la cordillera esta semana. Lo que todos debemos asumir son los costos y consecuencias de los errores de quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones de esa magnitud. A esa escala, la buena fe, la honestidad, la sensibilidad y la sensatez no son una virtud, debieran ser una obligación. 

¿Alguien puede sostener con seriedad que la crisis desatada en Chile, que ya lleva una veintena de muertos y más de 3000 detenidos, tiene sustento movilizador en un aumento de tarifa del subterráneo? ¿O explicar cómo el gobierno argentino decidió volcar cientos de miles de millones de pesos para “llevar alivio a la gente” solo después del cachetazo de las PASO? ¿Qué les falló? ¿Nadie lo vio venir? ¿Es culpa del Big Data? ¿Del proceso de las encuestas o de un mal proceso de los Excell?

Creo que faltó política. Todos estos recursos son buenos, podría decir que hasta necesarios, pero ninguno puede reemplazar a la política como ciencia, que es tan vieja como la filosofía griega. Quien posee un pensamiento político, sabe escuchar, ver las carencias y necesidades de la gente que lo rodea. Pero no se queda con eso, piensa una idea, la comunica, indaga los medios con que cuenta para dar alguna respuesta, los organiza y selecciona en base a una idea (y los reorganiza cuantas veces sea necesario), escucha críticas (las provoca para reafirmarse), repiensa su accionar, y finalmente ejecuta una acción. Actualmente el pensamiento político es visto como inmoral, corrupto, y más inclinado a satisfacer los propios intereses que los colectivos. Sin embargo el error radica en creer que cualquiera que se diga tal, merece llamarse político. La historia se encarga de dividir la paja del trigo, y pone a cada uno en su lugar. Para la política, políticos profesionales.

Y para los medios, periodistas profesionales. Las sociedades más desarrolladas no los discuten, ni desvaloran (ni a políticos ni a periodistas). Les exigen que hagan bien lo suyo bajo una amenaza impiadosa: dejar de creerles. Ese el peor castigo que políticos y periodistas pueden tener: perder el respeto y la confianza de los destinatarios de su razón de ser.

Cada uno de nosotros tiene su cuota parte de responsabilidad en esta construcción. Por más insignificante que pueda interpretarse.

Ser integro es hacer las cosas bien aún cuando nadie esté mirando. Aún cuando a nadie parezca importarle.

Buena semana. 

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