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Todos los problemas son problemas de educación, pero la "Educación" sola no puede

Casi todos coinciden que la educación es el mejor vehículo social ascendente. Con cada inicio de clases se renueva una luz de esperanza aún cuando la enseñanza no alcanza a dar respuestas a la nueva (y compleja) realidad social.

Mañana empieza un nuevo ciclo lectivo.

Algunos dicen que la escuela es un gran ordenador social, y otros que fue un invento del capitalismo para que los padres pudieran trabajar. Casi todos coinciden que la educación es el mejor vehículo social ascendente.

Domingo Faustino Sarmiento acuñó una frase que resumía gran parte de su pensamiento: “todos los problemas son problemas de educación”. Si analizáramos con detenimiento aquellas situaciones que definimos como “un problema a resolver” acordaríamos con Sarmiento. Todas tienen en su raíz más profunda un déficit educativo o de formación. Por ello es que con cada inicio de clases (como el de mañana) se renueva una luz de esperanza aún cuando la enseñanza no alcanza a dar respuestas a la nueva (y compleja) realidad social.

Hoy tenemos docentes precarizados, con escaso tiempo para su formación continua; alumnos apáticos al esquema de clases teóricas (donde gana supremacía de la tiza, el pizarrón y el papel), frente al escaso uso (por parte de los docentes) de las nuevas tecnologías; y padres cada vez menos comprometidos en la enseñanza (pero que claman para que la escuela les devuelva a sus hijos “educados”).

Los padres se incorporan en debates educativos (desautorizando a los propios maestros de sus hijos si hiciera falta), y demandan pero no participan ni se involucran en el proceso escolar que debe espejarse también “educación en las casas”. Los padres se desentienden de la educación de sus hijos (no solo de la escolar o periescolar) y les piden a los docentes de sus hijos (hasta) que les enseñen a atarse los cordones de las zapatillas...

La escuela es una caja de resonancia de una realidad social, atravesada por la pérdida de valores, el crecimiento de la desigualdad, la fragmentación familiar, el deterioro laboral y la falta de diálogo producto de la grieta que nos divide inexorablemente.

La historia de la educación argentina se divide en antes y después de Sarmiento. En 1869, cuando el 71% de la población de la Argentina era analfabeto Sarmiento dictó la Ley de Subvenciones que financió creación de nuevas escuelas y la compra de materiales y libros. Así se fundaron 800 escuelas y la población escolar pasó de 30.000 a 110.000 alumnos. Las bases de la educación nacional se sentaron con la sanción de la Ley 1420 que cumplió sus objetivos y alcanzó los logros propuestos en todo el país a lo largo de casi todo el siglo XX. Entonces la Argentina fue espejo y modelo a seguir por todos los países de habla hispana en el continente: el normalismo formó miles de maestros durante casi 100 años. “La educación no es una caridad sino una obligación del Estado, un derecho y un deber a la vez para los ciudadanos”, sostenía Sarmiento. Y precisamente esa educación popular, gratuita, obligatoria e igualitaria, con una currícula básica y común fue parte indispensable para la conformación nacional, el sentido de pertenencia e identificación colectiva (bajo la bandera celeste y blanca), y para el progreso y ascenso social. Si bien en relación a la obligatoriedad pasaron muchos años antes de hacerla realidad, la perspectiva inicial de Sarmiento fue clara, unívoca. Se trazó un objetivo y se fue “a por él” porque se sabía hacia dónde ir.

Hoy la escuela se debate entre problemas intestinos y serias dificultades externas. Más allá de su resistencia o dificultad para renovarse o modernizarse, hay también una crisis de sentido. Mientras tanto, hay un visible deterioro de la calidad educativa, del nivel de formación de chicos y jóvenes, que deriva en un alto abandono escolar, niveles alarmantes de repitencia, baja graduación y eso impacta literalmente en la realidad. Las estadísticas muestran que el mapa educativo nacional es crítico: en la Secundaria, poco más del 40% se gradúa; la sobreedad muestra oscilaciones en torno del 40%; la mitad de la población económicamente activa no tiene la Secundaria terminada. En ese contexto, las evaluaciones locales e internacionales, o los propios testimonios de los actores de la comunidad educativa dan cuenta del grave problema de comprensión lectora que tienen los chicos, así como el bajo nivel en Matemáticas o en Ciencias.

Si se trata de volver a dar prioridad a la educación (entre tantos objetivos 2020) deberá volver a instituirse su condición de igualadora, para restituir la calidad y fundamentalmente evitar la división entre educación pública y privada; una de peor calidad para los sectores de menores recursos que no pueden acceder a la otra, la privada, que ofrece mayores competencias y habilidades a chicos y jóvenes.

Encontrar a un nuevo Sarmiento (que fije una política pública exitosa, y que dure 100 años, que sea imitada y reconocida por otros países, que permita logros emblemáticos), ¿será mucho pedir? O será que nos tendremos que resignar a que a nuestros grandes hombres de la historia sean homenajeados en otros países (como en la foto de Boston-EEUU que ilustra el editorial), mientras nosotros seguimos discutiéndolos.

Buena semana.

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