Columnista | Manuel Nieto |

El 2021 y el fin de la solemnidad

El que hable con certezas sobre lo que puede ocurrir en 2022 es posible que sea un charlatán. Por lo pronto, nos quedan los deseos y trabajar para que estos se cumplan. Por Manuel Nieto.

Por Manuel Nieto // La dinámica de la redacción deja poco lugar para los balances, los cierres y otras costumbres ligadas al calendario. Todos los días hay noticias que contar, entrevistas, historias, reuniones, llamados que hacer y que atender, un sitio web que mantener como líder de audiencia en la región y una edición en papel esperando para ser impresa todas las semanas. Esta rueda no tiene fin.

Con las limitaciones propias de esa rutina que no da descanso, esta semana en El Diario Sur nos tomamos algunos momentos para preparar contenidos web, gráficos y audiovisuales con lo más destacado del 2021. Para mí, esos especiales de fin de año con los que suelo insistir cada diciembre son un momento de diversión: permiten rescatar personajes e historias que quizás habían quedado en el olvido y, con el agregado del paso del tiempo, saber la dimensión real que tuvo cada hecho. Para quienes trabajamos en la producción de esos contenidos, el repaso viene acompañado de recuerdos personales, anécdotas y circunstancias. Es como el famoso “qué estabas haciendo cuando cayeron las Torres Gemelas”, pero en todo un año.

Con el devenir de los acontecimientos de 2021 refrescado por este trabajo, está claro que el mayor hilo conductor quedó trazado por los vaivenes de la situación epidemiológica, del AMBA en nuestro caso. La baja en los contagios del verano de 2021 permitió la primera paz luego del insoportable 2020. Ya sin margen para más restricciones estrictas, el Gobierno autorizó algunas actividades de esparcimiento y vacaciones. Las aprovecharon especialmente los más jóvenes, que después quedaron en el centro de la polémica por las fiestas clandestinas. Ahora que todos los que queremos estamos vacunados, suenan temerarias esas actividades que se hacían cuando apenas había unas cientas de miles de dosis disponibles en todo el país, y se celebraba como un gol en un Mundial cada exiguo cargamento que llegaba a Ezeiza.

La Semana Santa marcó un punto de inflexión y fue el fin de ese veranito. Abril y mayo fueron en la región los meses más dramáticos de toda la pandemia. Las cifras de contagios superaban largamente a las de la primera ola, hubo clínicas privadas saturadas y en el sector público la presión sobre las terapias era total. El Gobierno reaccionaba con restricciones, pero que ya, por el hartazgo y la necesidad económica, no se podían cumplir con la misma obediencia que en 2020. El principal problema era la escasez de vacunas, un tema que afectaba (y todavía afecta) a todos los países no-centrales.

La oposición política, en aquel momento, machacaba con la falta de acuerdo con Pfizer, los incumplimientos de Rusia con las segundas dosis y las fallas del empresario Hugo Sigman para tener la AstraZeneca. Qué lejano suena todo eso, ¿no? En el mismo contexto fueron bombas el vacunatorio VIP que le costó el cargo a Ginés González García y el cumpleaños de la Primera Dama en Olivos, que fue en 2020 pero se conoció en 2021.

Las vacunas finalmente empezaron a aplicarse masivamente a mediados de año y gracias a eso se superó la crisis de la segunda ola. Con la llegada de la primavera, y ya con una Copa América abajo del brazo, la situación era otra: empezaban a aparecer noticias de salas de terapias Covid que se encontraban vacías por primera vez en meses. Con cierto delay, tras el porrazo que se pegó en las PASO de septiembre, el Gobierno habilitó la vuelta a la vida casi normal, sin barbijos al aire libre, con reuniones sin límite de personas, recitales, boliches y actos masivos en Plaza de Mayo.

Claro que ahora nos volvemos a preocupar con esta nueva levantada de casos y las noticias de cierres que llegan desde Europa y Estados Unidos, que en muchas oportunidades han funcionado como un espejo que adelanta para América Latina. Hay que pensar que estamos mejor que hace un año, con la inmensa mayoría de la población vacunada y con evidencias de que las vacunas evitan las internaciones por coronavirus.

En 2021 también se terminó la solemnidad que había dominado a 2020. Ya agotaron los mensajes esperanzadores, los “de esta salimos mejores”, las auto felicitaciones constantes por las supuestas reinvenciones y la resiliencia. Ahora vivimos en la cruda realidad: la crisis económica es aguda y la inflación no para. A los problemas de empleo se le suman las consecuencias de la suspensión de las clases presenciales, algo que seguramente fue inevitable pero no por eso menos dañino para el tejido social y productivo.

Este humor social se tradujo en una clase política más engrietada que nunca. La oposición llegó a las PASO con un ala dura y otra suave y, tras la victoria, los halcones se fagocitaron a las palomas. Los Espert y los Milei obligaron a los Larreta a bajar las banderas del diálogo y ni siquiera le aprobaron el Presupuesto al Gobierno, que fue votado, entre otras cosas, para solucionar la situación de la deuda que dejó Mauricio Macri.

El que hable con certezas sobre lo que puede ocurrir en 2022 es posible que sea un charlatán. Por lo pronto, nos quedan los deseos y trabajar para que estos se cumplan.

Gracias por acompañarnos. Nos vemos el año que viene. ¡Felices fiestas!

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