El gobierno de Milei aprovecha la efeméride de los 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 para hablar de “memoria completa”. Si no tuviera connotaciones negacionistas, la expresión sería razonable. El problema, claro, es que la supuesta memoria completa en realidad sostiene que hubo dos violencias equivalentes, dos bandos que se mataban entre sí, y que el Estado terrorista fue una respuesta razonable, con algunos “excesos”.
La buena memoria: democracia por encima de todo
A 50 años del golpe de Estado, los discursos que hablan de “memoria completa” o “excesos” buscan esconder el horror documentado por la Justicia. Por Manuel Nieto
Los excesos no se cuentan de a decenas de miles. La Justicia argentina demostró en 1985 y a lo largo de las décadas -con centenas de condenas- que hubo un plan sistemático: para desaparecer personas, robar sus bienes, apropiarse de sus bebés, violar mujeres (un porcentaje muy alto de las sentencias incluyen delitos sexuales), tirar cuerpos al Río de la Plata, obligar a prisioneros a trabajar en condiciones de esclavitud. Nada de eso es relato: está todo documentado, probado y sentenciado. No es un exceso, sino una política de Estado.
Dicho esto: sí, existieron y existen las víctimas de las acciones de Montoneros y del ERP. Su dolor es real, merece un lugar en la memoria colectiva y reparación. Fueron invisibilizadas durante años. El kirchnerismo utilizó políticamente a los organismos de derechos humanos y alzó al lugar de héroes de la resistencia a los líderes de organizaciones que habían empezado a operar mucho antes del golpe de Estado, que pusieron bombas en lugares con civiles, que secuestraron y mataron. Por mucho que admire a Rodolfo Walsh como escritor y periodista, me pregunto si quizás no es demasiado ponerle su nombre a una escuela; en todo caso es un personaje complejo para tratar de comprender en sus diferentes dimensiones.
Me resulta incómodo hablar de las acciones de las organizaciones armadas un 24 de marzo, cuando el tema principal debería ser recordar los horrores de la dictadura, y cuando sus militantes de base fueron masacrados con la crueldad más absoluta. Pero negarlo, pasarlo por alto, dejarlo para otro momento, alimenta a los de la “memoria completa” y la teoría de los dos demonios.
Tiene que haber en esta Argentina polarizada una manera de reconocer esa violencia sin equipararla al terrorismo de Estado, y de recordar que los represores no fueron más allá de la guerrilla: fueron infinitamente más allá. Mataron a trabajadores, empresarios, dirigentes políticos, artistas, periodistas, sacerdotes, monjas, adolescentes, personas que nunca habían agarrado un arma ni puesto una bomba. Y si lo hubieran hecho, tendrían que haber sido juzgados bajo el imperio de la Constitución, no picaneados en la ESMA. Me siento un boludo escribiendo estas obviedades.
Hoy también vamos a ver ataques a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. El argumento será su apego al kirchnerismo o sus preferencias políticas contemporáneas. Nada de eso invalida lo que hicieron esas mujeres: salir a la calle en plena dictadura a reclamar por sus hijos desaparecidos, jugarse la vida, visibilizar el horror ante el mundo, pedir por la democracia.
No puedo ir a la marcha de este martes, la sigo desde Madrid. Casi todos los años voy, acompañado de amigos con los que pensamos parecido o distinto. Me importa poco la lectura partidista que se hace después de cada movilización. Voy para apoyar un mensaje que no debería limitarse al progresismo ni a la izquierda: que la violencia política en la Argentina no se ejerce nunca más y que la democracia está por encima de todo.

