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Odiar es tomar veneno y esperar que le haga mal al otro (2da. Parte)

Ricardo Varela.

Como era de esperar el avance de la investigación judicial/policial en el caso de intento de magnicidio de Cristina Fernández va develando tramas y entretramas.

Ya nadie duda que “estuvo armado”, aunque sus autorías intelectuales e intencionalidades hayan cambiado (varias veces) de protagonistas y propósitos según el cristal político con el que se mire y mide en cada caso.

Puestos a mirar y analizar “en escala” las declaraciones de las principales figuras políticas y personalidades públicas de nuestro país, concluyo que: damos mucha vergüencita.

El intento de aprovechamiento político en un caso extremo (como éste) da más que vergüenza en realidad. Es peligroso y dañino para el país y para sus ciudadanos.

De un lado y otro de la grieta se dijeron y conjeturaron algunas barbaridades en lugar de analizar con seriedad los hechos, sus alcances y sus posibles consecuencias.

En 2022 ya nadie cree en nada ni en nadie, mientras todos desconfiamos de los otros (porque tenemos porqués), y también creemos a los otros capaces de hacer cualquier cosa (que “nosotros” jamás haríamos).

Cierto es que el primer reflejo del presidente Fernández al decretar un feriado “en repudio”, poco ayudó a concientizar a la sociedad sobre lo sucedido. Gran parte de la opinión pública pasó los siguientes días discutiendo cuánto se había perdido por “no abrir la fábrica” un día, mientras que el Jefe de Gobierno porteño Rodríguez Larreta lamentaba el día de clases perdido y una mujer se quejaba a viva voz en un canal del televisión porque su mamá había “perdido el turno al traumatólogo”. Cada uno intentando llevar agua para su molino, de hablarle a los suyos, de hacerlos más fanáticos de lo que ya son. Todos, ¿queda claro que estoy hablando de todos, no? Todos, somos todos.

Mientras tanto se sembraban dudas y se conjeturaban conclusiones sin fundamentos. “Está todo armado” (sin explicar por quién, ni por qué o para qué) fue la frase más escuchada. Algunos medios hicieron infografías sobre cómo funciona el arma. Y así nos hicimos especialistas en cómo accionar revólveres marca Bersa y supimos por qué había fracasado el detenido Fernando André Sabag Montiel (le faltó tirar de la corredera hacia atrás para que se cargara la bala). Ay Argentina!

Luego apareció “su novia” Brenda y sus reveladores mensajes de WhatsApp (afortunadamente a su teléfono no lo manipuló ningún “experto” como en el caso del de Sabag que terminó con todo su contenido formateado). Ay Argentina! (II)

La cosa es que hoy tenemos más claro quién es quién en “la banda de los copitos”, liderada por Gabriel Nicolás Carrizo (el cuarto detenido en el marco de la causa) luego de Fernando Andrés Sabag Montiel (el que intentó el disparo), su novia Brenda Uliarte y Agustina Mariel Díaz, una amiga de ella. "Voy a ser la libertadora de Argentina. Estuve practicando tiro, sé usar un fierro", le había escrito Brenda en un chat a su amiga Agustina. Solo una hora después del intento de asesinato, Carrizo puso en su estado de WhatsApp: "¡Seguro el próximo sos vos, Alberto! ¡Tené cuidado! El Gobierno es vulnerable, y espero que les quede claro... Nosotros somos los que mantenemos estos parásitos ahí arriba, van a juzgar a una persona que le estaría haciendo un gran favor a toda la Nación Argentina", añadió en el mensaje.

En la Argentina donde la violencia y la política supieron jugar partidas bravas (bravas de verdad) estamos cayendo en la cuenta que hay un grupúsculo capaz de matar a la vicepresidente bajo una proclamada: “banda de los copitos”. Como un resumen perfecto de un país que involuciona hasta para el mal.

Entre estos chicos no hay militancia exacerbada ni nihilismo intelectual. Son jóvenes pobres y empobrecidos que encuentran en la violencia la forma de resolver sus frustraciones marginales.

Raúl Alfonsín sufrió tres atentados contra su vida en un país que salía de sus tiempos más oscuros, pero donde aún se creía en la movilidad social ascendente. Hoy el país es otro. Y es peor. La sociedad, sus instituciones y los dirigentes sociales y políticos no representan lo de otrora. Y en algunos casos, no se representan a sí mismos (lo que es aún peor).

Hay quienes especulan en que “los copitos” fueron instigados o manipulados por organizaciones sofisticadas (del poder o el “para poder”). Otros piensan que son carne de cañón de los discursos encontrados (y encarnizados) de los medios de comunicación. Unos piensan que son el brazo armado (dispuesto a todo) de superestructuras. Otros piensan que en realidad son unos pobres pibes.

En cualquier caso, todos somos responsables.

Odiar es tomar veneno y esperar que le haga mal al otro. Segunda parte. Que sea la última.

Buena semana.

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