España es un país con tantas divisiones y rencillas, viejas y nuevas, que hasta la propia bandera del país es un territorio de disputa. Llevar la bandera rojigualda por la calle o colgarla en el balcón es un acto que se asocia a la derecha política e incluso al fascismo por parte de los sectores progresistas. En las regiones donde calaron hondo los sentimientos independentistas, como Cataluña o el País Vasco, solo se ven flamear las banderas españolas que son institucionalmente necesarias, mientras que los colores propios de esas comunidades autónomas tienen más presencia en el espacio público.
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España sufre la anomalía de que su bandera está asociada a la derecha política y no representa un símbolo de unidad. Un problema que los argentinos no tenemos.
Entre otras anomalías, la corona real, el himno nacional y hasta el idioma son otros campos de pretendida unidad donde se expresan las tiranteces propias de un país con una amplia diversidad cultural y tensiones históricas que llevan siglos. Por eso son tan destacados los acuerdos y consensos que sí alcanzaron los españoles, especialmente los pactos constitucionales de finales de los años 70 tras la muerte de Franco, que los transformaron en una democracia moderna.
Siempre pienso estas cuestiones en contraste con la Argentina. En el caso de la bandera, nosotros no sufrimos ese mal sectario de que un grupo específico se haya quedado con los colores celeste y blanco y los otros hayan renunciado a ella. Tanto la izquierda como la derecha política, los hinchas de River y los de Boca, los medallistas olímpicos y los streamers, los sindicalistas y los empresarios se identifican con la bandera nacional, que cuelga en los balcones cada 25 de Mayo en Recoleta y en Alejandro Korn.
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Y en las nuevas generaciones, aunque festejen Halloween o consuman series japonesas de animé, el sentimiento no afloja. Las estrellas del trap que triunfan en el mundo se la pasan hablando de Argentina en sus canciones. Los futbolistas, a los que siempre se los acusa de no jugar por los colores “como antes”, están dispuestos a todo por vestir la camiseta de la Selección (se podrá decir que en parte es porque eso les da una visibilidad que les permite negociar mejores contratos con los clubes). No importa cuán mal esté nuestra economía, cuánto se vengan abajo los sistemas educativos y de salud o cuánto nos roben nuestros impresentables políticos… tenemos buen marketing, ser argentino “garpa”.
Por eso a mi sobrino Carlitos, que pasó a sexto grado como abanderado de la Argentina, le temblaban las piernas el viernes pasado cuando recibió la bandera y tuvo que hacer el juramento. También está el caso de mi amigo Álvaro, que llegó a Lomas de Zamora desde Uruguay en los años 70 en edad de la escuela primaria, y se empeñó en aprenderse la historia de San Martín y los nombres de las 23 provincias para portar la bandera de su nuevo país, al que hoy, 50 años después y con tonada uruguaya, define como “el mejor del mundo”, ganándose las puteadas de sus paisanos charrúas.

