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Correo desde Madrid: Convivencia y quilombo

Navidad en Granada con un ojo en la Argentina. De las relaciones entre árabes y cristianos del Reino Nazarí al barrio porteño de Once.

Pasé la Navidad en Granada, con una familia de andaluces que me puso un plato en la mesa como si me conociera de toda la vida. A las 9, escuchamos el discurso de fin de año del rey Felipe. Después compartimos el jamón, el vino, el queso manchego y el turrón de Alicante; yo sumé alfajores marplatenses y todos los llenaron de elogios. La hospitalidad de los ibéricos, especialmente de los del sur, es como la de los argentinos; como en tantas otras cosas, es más lo que nos acerca que lo que nos separa.

Algunos apuntecitos sueltos sobre estos días.

Como siempre vemos las películas de Navidad de Hollywood en paisajes de nieve y tomamos algunas costumbres españolas en relación a las comidas típicas, como los turrones, mucha gente en Argentina tiende a romantizar la idea de pasar las fiestas con frío. Es cierto que con el calor agobiante de estos días en el Conurbano, muchos envidiarán los 4 o 5 grados que hubo en Granada y las fotos con ropa elegante de los europeos. Pero créanme que no: está muy bien la experiencia por una vez, pero nada le gana a hacer el asado sin remera, comer con la mesa en el parque, que pase a saludar algún vecino o tío después de las 12. Es un privilegio que nos toquen las fiestas de fin de año con calor porque nos saca más hacia las calles y hacia el encuentro.

Granada es una ciudad espectacular, con una historia rica y singular. Tras la conquista musulmana de la península ibérica en el siglo VIII, pasó a formar parte del mundo islámico hasta que en 1492 fue reconquistada por los Reyes Católicos, que cristianizaron la ciudad y expulsaron o convirtieron a los musulmanes. Acá se puede visitar La Alhambra, un enclave político, militar y cultural desarrollado durante los siglos islámicos, y también la imponente capilla donde están los restos de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (nada menos que quienes financiaron el viaje de Colón a América). Hay iglesias construidas sobre antiguas mezquitas y, como telón de fondo, la Sierra Nevada, el pico más alto de la España continental y uno de los principales centros de esquí del país.

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Con ese cóctel de belleza natural, capas históricas superpuestas, monumentos imponentes y tapas generosas junto a cada cerveza, Granada, de 230 mil habitantes, es una de las ciudades más turísticas de España. El turismo trajo prosperidad y desarrollo, pero también un mar de alemanes e ingleses ocupando los bares “de toda la vida” y disparando el precio de la vivienda, porque el alquiler turístico resulta más rentable que el permanente. Así que Granada se divide entre su alma musulmana y su alma cristiana; entre el orgullo por mostrar al mundo el tesoro que alberga y el fastidio porque ese mundo se adueñó de su lugar.

Además de los musulmanes y los católicos, hubo en los siglos previos a la Reconquista de los Reyes un barrio judío. La historia edulcorada para los visitantes suele mencionar que la convivencia era “ejemplar” entre hebreos e islamitas. Algo similar se dice en Toledo, otra ciudad histórica y de postal, donde efectivamente hubo momentos de coexistencia armónica entre las tres comunidades monoteístas.

Para eso no hace falta ir tan lejos en el tiempo, le contesté yo a mi guía granadino de lujo con mi habitual patrioterismo argentino. El mejor ejemplo de convivencia que conozco está en el barrio porteño de Once, donde cientos de familias judías manejan tiendas textiles a la par de las comunidades árabes de origen sirio-libanés; muchos de los empleados son peruanos y en las veredas ponen sus productos de marcas “yankis” falsificadas los manteros senegaleses. Bastante cerca, en Flores, los coreanos y los bolivianos fabrican y venden ropa para todo el país. Todos ellos, mezclados con los descendientes de “tanos”, “gallegos” y “cabecitas negras”. Es el entrevero argentino en su máxima expresión: no sé si es ejemplar, es más bien un “quilombo”, pero funciona.

Mi deseo para estas fiestas en la Argentina es que podamos valorar lo mejor de lo que somos: la convivencia en la pluralidad, las ganas de compartir e interesarnos por el otro aunque sea muy distinto, nuestra esencia hospitalaria aun en medio del “quilombo”. Porque siempre hay motivos para levantar las copas con orgullo e ilusión. Lo mismo en las dos orillas.

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