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Correo desde Madrid: ¿Y a mí qué mierda me importa?

Por Manuel Nieto. Un artículo clásico de los años 80 marca el contraste entre el espíritu rebelde de la sociedad argentina con otros estilos más “correctos” en América Latina. Los “panchos” en España.

Hay un artículo clásico del politólogo Guillermo O’Donnell que se titula “¿Y a mí que mierda me importa?”. El autor utiliza esa provocativa frase para caracterizar el comportamiento de los trabajadores argentinos en contraposición con los brasileños, aunque la comparación puede extenderse también a otros países de América Latina.

En su texto de 1984, O’Donnell dice que cuando una persona de buena posición tiene un altercado con alguien a quien considera inferior, por ejemplo un mozo o un taxista, suele reaccionar con la frase “¿Vos sabés con quién estás hablando?” (la variante en portugués es “voce sabe com quem esta falando?”) y de acuerdo al tipo de sociedad en la que se encuentra recibe dos tipos de respuestas. En Brasil, pero también en México, Colombia o Perú, países con mayor verticalismo y reverencia por la autoridad, lo esperable serían unas disculpas con una cabeza gacha, un “perdone, señor”. En Argentina, en cambio, a un “¿Vos sabés con quién estás hablando?” lo más probable es que le siga un “¿Y a mí qué mierda me importa?”.

Así ilustra O´Donnel al país clasemediero que supo ser la Argentina, de trabajadores con derechos y niveles de consumo envidiables para nuestros vecinos, y también con un espíritu rebelde y contestario que no se resigna ante las desigualdades estructurales. Los poderosos mandan, sí, pero hay unas bases que se sienten habilitadas a interpelarlos. De San Martín a Maradona, nuestros ídolos y referentes siempre tienen algún componente de desenfado y rebeldía. Javier Milei o Cristina Kirchner también están inscriptos en esta línea combativa. Esto contrasta con la corrección que caracteriza a los colombianos, mexicanos o venezolanos.

En las diez semanas que llevó acá en Madrid conocí e hice relación con más latinoamericanos no-argentinos que en toda mi vida en la Zona Sur del Conurbano. En el transporte público, en las calles o entre mis compañeros de Master se escucha sin ninguna sorpresa el acento venezolano, mexicano, paraguayo, cubano, boricua, nicaragüense, peruano o colombiano. Tienen historias de todo tipo: desde los que escaparon de regímenes dictatoriales o economías hundidas hasta los que buscan vivir una aventura de crecimiento personal en Europa.

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El grueso, claro, está acá para tratar de ganarse la vida. En España los necesitan, especialmente por la crisis demográfica ante el envejecimiento de la población y la caída de la natalidad. Además, hay una cantidad de trabajos, por ejemplo el cuidado de personas mayores, que los españoles no están dispuestos a hacer y los latinos sí. Así que la convivencia es buena y hay un consenso sobre la preferencia de la inmigración latina por sobre la árabe, con la cual hay diferencias culturales, de idioma y hasta de religión que dificultan la integración.

Los madrileños, que viven en una ciudad cosmopolita con la misma población que Buenos Aires, son en general receptivos y educados con los inmigrantes. Pero eso no quita que haya, especialmente en las redes, comentarios discriminatorios que reciben miles de likes. Tienen hasta una palabra específica, “panchos”, que desplazó a la más antigua “sudacas”. El estereotipo es que los “panchos”, como llaman a los latinos, invaden el espacio público, hacen videollamadas con sus madres a los gritos en el Metro, llenan todos los eventos gratuitos, se visten con ropa deportiva, ponen música en las plazas con sus parlantes o hacen un mal uso del idioma castellano con la incorporación de palabras en inglés. Suelen ser ataques más folklóricos que verdaderos discursos de odio.

Yo hago estas averiguaciones, escucho, pregunto y nunca falta el español que me aclara que los argentinos y los uruguayos no estamos incluidos en el estereotipo, que a nosotros no nos consideran “panchos”. Después de esa aclaración, se quedan mirando como esperando un agradecimiento, un “qué buenos que son con nosotros, Javi”. A mí se me ocurre una sola cosa para decirles: “¿Y a mí qué mierda me importa?”.

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