Hay un artículo clásico del politólogo Guillermo O'Donnell que se titula "¿Y a mí que mierda me importa?". El autor utiliza esa provocativa frase para caracterizar el comportamiento de los trabajadores argentinos en contraposición con los brasileños, aunque la comparación puede extenderse también a otros países de América Latina.
En su texto de 1984, O'Donnell dice que cuando una persona de buena posición tiene un altercado con alguien a quien considera inferior, por ejemplo un mozo o un taxista, suele reaccionar con la frase "¿Vos sabés con quién estás hablando?" (la variante en portugués es "voce sabe com quem esta falando?") y de acuerdo al tipo de sociedad en la que se encuentra recibe dos tipos de respuestas. En Brasil, pero también en México, Colombia o Perú, países con mayor verticalismo y reverencia por la autoridad, lo esperable serían unas disculpas con una cabeza gacha, un "perdone, señor". En Argentina, en cambio, a un "¿Vos sabés con quién estás hablando?" lo más probable es que le siga un "¿Y a mí qué mierda me importa?".
Así ilustra O´Donnel al país clasemediero que supo ser la Argentina, de trabajadores con derechos y niveles de consumo envidiables para nuestros vecinos, y también con un espíritu rebelde y contestario que no se resigna ante las desigualdades estructurales. Los poderosos mandan, sí, pero hay unas bases que se sienten habilitadas a interpelarlos. De San Martín a Maradona, nuestros ídolos y referentes siempre tienen algún componente de desenfado y rebeldía. Javier Milei o Cristina Kirchner también están inscriptos en esta línea combativa. Esto contrasta con la corrección que caracteriza a los colombianos, mexicanos o venezolanos.
En las diez semanas que llevó acá en Madrid conocí e hice relación con más latinoamericanos no-argentinos que en toda mi vida en la Zona Sur del Conurbano. En el transporte público, en las calles o entre mis compañeros de Master se escucha sin ninguna sorpresa el acento venezolano, mexicano, paraguayo, cubano, boricua, nicaragüense, peruano o colombiano. Tienen historias de todo tipo: desde los que escaparon de regímenes dictatoriales o economías hundidas hasta los que buscan vivir una aventura de crecimiento personal en Europa.
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El grueso, claro, está acá para tratar de ganarse la vida. En España los necesitan, especialmente por la crisis demográfica ante el envejecimiento de la población y la caída de la natalidad. Además, hay una cantidad de trabajos, por ejemplo el cuidado de personas mayores, que los españoles no están dispuestos a hacer y los latinos sí. Así que la convivencia es buena y hay un consenso sobre la preferencia de la inmigración latina por sobre la árabe, con la cual hay diferencias culturales, de idioma y hasta de religión que dificultan la integración.
Los madrileños, que viven en una ciudad cosmopolita con la misma población que Buenos Aires, son en general receptivos y educados con los inmigrantes. Pero eso no quita que haya, especialmente en las redes, comentarios discriminatorios que reciben miles de likes. Tienen hasta una palabra específica, "panchos", que desplazó a la más antigua "sudacas". El estereotipo es que los "panchos", como llaman a los latinos, invaden el espacio público, hacen videollamadas con sus madres a los gritos en el Metro, llenan todos los eventos gratuitos, se visten con ropa deportiva, ponen música en las plazas con sus parlantes o hacen un mal uso del idioma castellano con la incorporación de palabras en inglés. Suelen ser ataques más folklóricos que verdaderos discursos de odio.
Yo hago estas averiguaciones, escucho, pregunto y nunca falta el español que me aclara que los argentinos y los uruguayos no estamos incluidos en el estereotipo, que a nosotros no nos consideran "panchos". Después de esa aclaración, se quedan mirando como esperando un agradecimiento, un "qué buenos que son con nosotros, Javi". A mí se me ocurre una sola cosa para decirles: "¿Y a mí qué mierda me importa?".






