Ya mencioné en columnas anteriores que muchos conocidos me contaron que tienen “amigos santos”. Al principio yo no entendía a qué se referían con eso, hasta que me acerqué a Santa Teresita del Niño Jesús, quien actualmente ocupa ese lugar en mi vida. Pero hoy no quiero hablar sobre ella (aunque me encantaría), sino sobre su familia: porque antes de que Teresita fuera proclamada santa y doctora de la Iglesia, hubo una casa y una mesa compartida.
Historias de Santos: ¿Me ayudás a ir al Cielo?
Reflexiones sobre la vida de Luis Martin y Celia Guérin. Por Clara Milano.
Luis Martin y Celia Guérin, sus papás, no fundaron una congregación ni predicaron a multitudes, sino que formaron una familia. En un tiempo donde este tesoro parece tener menos lugar, la historia de este matrimonio francés del siglo XIX vuelve a recordarnos que la familia es un diseño de Dios y la primera escuela de amor.
Ambos habían pensado en la vida religiosa. Sin embargo, comprendieron que su vocación no era huir del mundo, sino habitarlo juntos. Descubrieron que el matrimonio también podía ser camino de santidad.
Una vez que se casaron, todo estuvo muy lejos de ser de color rosa: tuvieron nueve hijos de los cuales cuatro murieron siendo pequeños. Sin embargo, eligieron seguir amando.
Mirando a ellos, podemos descubrir que la familia no es un espacio ideal, sino real. No es un cuadro perfecto, sino un taller donde se aprende a perdonar, a esperar, a sostener, a renunciar, a cuidar. Fue allí donde Santa Teresita aprendió que el amor no es teoría, sino gestos concretos.
La Iglesia canonizó a Luis y Celia en 2015 y fue el primer matrimonio elevado a los altares como pareja. Se trató de un signo muy fuerte: la santidad no es privilegio de conventos o altares, sino que puede nacer en una cocina, en un dormitorio compartido, en la paciencia de criar hijos.
Sus cinco hijas fueron consagradas. Teresita fue declarada Santa y Sor Francisca Teresa beata. Ellos nos enseñan que cuando se habla de la familia como “diseño de Dios”, se hace referencia a un proyecto de amor. Un espacio donde cada persona aprende que es amada antes de merecerlo. Y quien aprende eso puede amar mejor a los demás. Quien aprende de la fraternidad en su casa, luego puede reconocer hermanos a los demás con sencillez.
Actualmente, pareciera que tener una pareja o, más aún, un matrimonio, se presenta como un peso, algo de lo cual escapar. Quizás por eso la historia de los padres de Teresita sigue hablándonos hoy. No porque se presenten como un modelo de perfección, no porque no hayan tenido errores. No porque fueran extraordinarios, sino porque hicieron extraordinario lo ordinario. Porque nos recuerdan que Dios no nos soñó en soledad, sino que nos habla constantemente de familia y nos enseña que es en el día a día y en cada casa donde podemos construir esta santidad que es más cercana y sencilla de lo que muchas veces pensamos.

