Un 1° de julio de 1979 se presentó al mercado el Sony TPS-L2, el primer dispositivo para escuchar música de manera portátil. Consistía en un reproductor de cassette a pila, con auriculares para escuchar en cualquier lugar. Con la llegada del disco compacto apareció un nuevo dispositivo tecnológico, igual pero para CD, hasta que finalmente irrumpió en los albores del nuevo siglo el reproductor de MP3. También portátil (y los primeros también a pila), revolucionó el mercado musical. Uno ya no dependía de escuchar necesariamente el disco entero (ni de comprarlo), sino que podía descargar únicamente los archivos que quería para armar lo que más tarde llamaríamos su propia “playlist”. Para ese entonces ya existían los celulares. Reproducían sonido ‘midi', en el cual se podían agregar melodías que llamaríamos “ringtones”, pero no tenían auriculares ni parlante. Motorola fue uno de los pioneros en tecnología de audio en los teléfonos para que, almacenando en la memoria interna los archivos MP3/MP4, éstos puedan eliminar la necesidad de un dispositivo extra y mandó a la obsolescencia los aparatos al estilo Ipod. De hecho, muchas marcas ganaron mercado en ese tiempo por permitir agregar memorias externas y agregar capacidad de almacenamiento. Toda la música que te gusta al alcance tu mano, portátil, en el orden que quieras y cuando quieras. Para entonces, los celulares ya habían agregado un pequeño parlante al lado de la cámara de fotos, y un puerto para auriculares miniplug (la ficha chiquitita).
El momento en que ocurrió es fácil de ubicar en el recuerdo. Estaba de moda escuchar música con el celular, pero los auriculares eran, como toda tecnología nueva, caros y frágiles. Por eso muchas personas, especialmente de clases bajas, inundaban el transporte público con sus canciones en volumen alto y despertaban la irritación colectiva de los mayores. Fue todo un fenómeno viral, uno de los primeros que recuerdo. No fue hasta la aparición de los primeros auriculares inalámbricos, vía bluetooth, que los de cable bajaron de precio para volverse accesibles para todos, y se volvió a la sana convivencia.
En este resumen un poco extenso creo haber recapitulado, desde la memoria, los avances tecnológicos que llevaron la manera de escuchar música a su punto más alto, que se alcanzó cuando aparecieron aplicaciones del estilo de Spotify. Toda la música del mundo al alcance de un clic.
Pero de esto ya pasaron más de diez años. Fue en 2013 que alcanzamos la frontera del conocimiento respecto de este tema. Toda la música del mundo disponible en cualquier lado llevada directo a nuestras orejas por auriculares. Entonces, ¿qué vino después?
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Es una pregunta que me vengo haciendo hace un tiempo largo cuando me di cuenta, mediante el uso de mi celular para escuchar música, que esa curva de avance tecnológico parecía estar rebotando. Estaba caminando por la calle Alem en Monte Grande y de mis auriculares salió la más tenebrosa melodía: “please, recharge headset". “Power off”. Se quedaron sin batería y se apagaron. Un auricular con cable cuesta, en una casa común, menos de 3000 pesos. Pero mi celular no tiene ficha para poner auriculares. Mi celular -apenas un par de modelos anteriores al más tecnológico- ya no me permite escuchar música con cable. De hecho, tampoco tiene un digno reproductor de música si yo quisiera cargarle archivos mp3 o mp4 desde mi computadora. De hecho, ya no tiene radio, así que no puedo ni aunque quisiera escuchar la radio local, pero si puedo escuchar a Ben Shapiro o Carlson Tucker cada vez que quiera. Fue así que me di cuenta que hay muchas cosas que ya no tiene, que perfectamente podría tener, pero que las dejamos ir en pos de un supuesto “avance tecnológico”.
La tecnología es, según su definición, un conjunto de conocimientos, técnicas y herramientas científicas aplicadas de manera ordenada para resolver problemas específicos, satisfacer necesidades humanas o transformar el entorno. Entonces, ¿por qué llamamos “avance tecnológico” a perder posibilidades que antes teníamos?
Esta semana escuché a un especialista explicar que, en el caso de la luz, la frontera del conocimiento se alcanzó con las lámparas Led. No hay nada mejor que se pueda hacer con la luz que una lámpara Led, y agregó: si te quieren vender una luz más tecnológica que la Led, te están cagando. Ahí recordé que, también esta semana, asistí al show que los Jonas Brother dieron en el Movistar Arena y ¿saben qué noté? Los instrumentos estaban conectados con cables. Cables ‘plug’, desarrollados como tecnología en la década del 70.
Después de una serie de columnas intrincadas y más bien distópicas de lo que nos deparará la era de la Inteligencia Artificial, hoy propongo un primer boceto para un antídoto. Empezar a prestar atención a cuál tecnología nos es necesaria, beneficiosa, y nos puede dar herramientas que nos permitan competir y no quedarnos afuera del mundo, y cuáles en realidad tienen detrás intereses que buscan imponernos patrones de conducta.
Que al fin y al cabo en Facebook ya no me aparecen fotos de mis amigos.

