En el trabajo —y también en la vida personal— hacemos cosas pequeñas que impactan en los demás sin que lo advirtamos. Un tono, una demora, una interrupción, una forma de responder, una ironía dicha “en chiste”. Acciones que para nosotros pueden no significar demasiado, pero que del otro lado se viven de una manera completamente distinta.
El impacto invisible de nuestras acciones
Por Mónica Dreyer.
Lo más interesante es que muchas veces no existe mala intención. Y justamente ahí aparece el conflicto.
Porque cuando alguien nos da un feedback, solemos escucharlo como una acusación. “Estás diciendo que soy una mala persona”. Entonces nos defendemos. Explicamos. Justificamos. Incluso nos enojamos.
Sin embargo, el feedback no habla necesariamente de nuestra intención. Habla del impacto que generamos.
En el coaching ejecutivo aparece con frecuencia esta dificultad. Personas muy capaces, líderes comprometidos y profesionales valiosos descubren algo incómodo: no siempre son conscientes del impacto que generan en sus equipos.
Hay jefes que creen que motivan cuando en realidad intimidan. Otros piensan que son exigentes, pero el equipo los vive como inaccesibles. También están quienes consideran que “van directo al punto”, aunque alrededor suyo se instala un clima de tensión permanente.
Todos tenemos puntos ciegos. Aspectos de nosotros mismos que otros ven con claridad y nosotros no.
Por eso el verdadero valor del feedback no está en señalar errores, sino en ampliar conciencia. Poder preguntarnos: ¿cómo llega lo que hago?, ¿qué efecto tiene mi manera de comunicarme?, ¿qué emociones despierto en quienes trabajan conmigo?
Escuchar eso no siempre resulta cómodo. Pero muchas veces es el comienzo de un cambio importante.
Porque crecer profesionalmente no depende solo de lo que sabemos hacer. También depende de lo que provocamos en los demás.

