El vocabulario de una sociedad es, en cierta forma, su retrato: lo que nombra con precisión y abundancia delata lo que más le importa. Los españoles tienen dos expresiones coloquiales para referir que un lugar está abarrotado, lleno de gente. Primero, la palabra “petado”, que, como todos los participios, pronuncian sin la D: “petao”. Y la otra forma es gestual: dicen que algo está “así” y hacen un gesto de montoncito con las manos, chocando los dedos, como para significar la gente agolpándose en un lugar.
Correo desde Madrid: Aquí no queda sitio para nadie... todo "petado"
Entre el turismo y la inmigración, los españoles se acostumbraron a convivir en espacios abarrotados. En ese contexto, sorprendentemente, las cosas igual funcionan.
Las dos expresiones aparecen todo el tiempo… Y es que en Madrid (pero también en otras ciudades con economías pujantes, inmigración y turismo constante como Barcelona, Valencia o Málaga) que las cosas estén “petadas” es más la regla que la excepción. Si encienden las luces de Navidad, si es la fiesta del santo patrono, si hay un concierto al aire libre o simplemente si es un lindo día para “tomar el solecito”, lo más probable es encontrarse con cantidades y cantidades de gente.
España tiene casi 50 millones de habitantes (algo más que la Argentina, en un quinto de su territorio) y recibe 100 millones de turistas al año. El problema que ven los expertos es que el 90% de la población vive en el 2,6% del territorio que ocupan las principales ciudades, que siguen en crecimiento. Es allí donde se siente con dramatismo la crisis de la vivienda, que, según todas las encuestas, es el mayor tema de preocupación para los españoles. Los jóvenes pueden gastar más de la mitad de su sueldo para alquilar una habitación en un piso compartido y comprar una propiedad les suena como una utopía.
Las casas para que los españoles puedan vivir tienen como principal depredador al turismo. Para cualquier propietario es mucho más rentable alquilar por día a turistas que firmar un contrato con inquilinos; salvo que pueda dividir el departamento en habitaciones y multiplicar las ganancias.
El otro foco de presión lo aportan los inmigrantes, con una oleada de fuerza laboral fundamental para la economía de un país con población envejecida, pero que también colabora con el déficit de la vivienda. El año pasado España superó los 10 millones de habitantes nacidos en el extranjero: una de cada cinco personas es de otro país, con una abrumadora mayoría de latinoamericanos.
Todo este panorama puede ser asfixiante y para mí, que soy de un pueblo como San Vicente, muchas veces lo es. Pero también es sorprendente cómo, a pesar del exceso de gente, las cosas funcionan mucho mejor de lo que uno esperaría. Muchas veces al límite, pero funcionan.
El Metro puede ir abarrotado, pero a los tres minutos va a llegar otro y a los cinco minutos otro. El mozo va a alcanzar a ver la última mesa de la vereda y antes que los españoles pierdan la paciencia les van a marchar sus papas bravas y sus cañitas de Estrella Galicia. Aunque haya un millón de personas en la calle, todos mantienen la calma porque saben que no hay riesgo de desmanes. Los ibéricos se horrorizan y se sienten superiores a los problemáticos franceses, que ya sea por una protesta de los “chalecos amarillos” o porque el PSG gana la Champions, siempre encuentran una excusa para desatar incendios en París, la iluminista.
Las generalizaciones son siempre complicadas pero los españoles tienen en su ADN un don de civilidad que los hace buenos anfitriones: por eso eligen masivamente su país los turistas y los inmigrantes. Hay discriminación, hay racismo, hay un partido de ultra derecha con un sólido 20% en cada elección cuya principal bandera es limitar la inmigración. Pero en el cara a cara de la gente suele primar la educación y la empatía.
Todo muy lindo y disfrutable, sí. Pero yo, por las dudas, hago mías las palabras de Sabina en el clásico “Pongamos que hablo de Madrid”: “Que me lleven al Sur donde nací / aquí no queda sitio para nadie”. El tema es de 1980. Evidentemente hace muchos años los madrileños perciben que su ciudad está “petada”. Se habrán acostumbrado.

