Gustavo Alfaro, el cazador de utopías imposibles, cayó ante Francia con dignidad pero igual logró el triunfo más importante de la historia del fútbol paraguayo ante Alemania. En la conferencia de prensa posterior a esa victoria en los penales, se dio una panzada de frases motivacionales, y valoró la tierra colorada y el alma del pueblo guaraní. La misma Alemania había sido víctima del Ecuador de Sebastián Beccacece, que, aún muy criticado por los malos resultados previos y ya fuera del Mundial, dio un mensaje de amor al pueblo ecuatoriano.
Correo desde Madrid: Lo mejor de España son los españoles
Los técnicos argentinos en el Mundial aman a los países que representan. Mi carta de amor a España ya de vuelta en San Vicente. Por Manuel Nieto
Si uno los escucha con distancia, parecen sobregirados (“invito a todo el Ecuador unido como era el sueño de Bolívar, esa unidad cuando se juntó con San Martín”). Incluso puede haber alguna acusación de demagogia. Pero en ambos se ve que están siendo genuinos, que realmente fueron conquistados por la cultura de los países de los que son seleccionadores, un cargo de alcance nacional, que les da un predicamento hacia toda la sociedad y que ellos no esquivan detrás de un traje profesionalista, como hacen los técnicos europeos que se van a levantar en pala los petrodolares de las monarquías árabes.
Marcelo Bielsa, vilipendiado tras la eliminación charrúa, también se identificó a fondo con el estilo oriental, y hasta decían que “El Loco” era más uruguayo que los uruguayos, con su forma campechana y melancólica.
Mauricio Pochettino, que dirige a una Estados Unidos prometedora, es protagonista de humor viral en Internet por su mimetización con la estética americana: lo imaginan preparando salchichas en una barbacoa, escuchando música country, manejando una monster truck. Y también “vendió humo” en una entrevista, con su inglés de acento santafecino: dijo que Estados Unidos es un país increíble, capaz de hazañas como llevar el hombre a la luna, entonces, “¿Por qué no nosotros?” también en el "soccer". En esa intervención parecieron verse los hilos de algún equipo de marketing, que le diseñó el vestuario y le escribió el slogan ("Why not us?"), pero eso no quita que “Poch” pueda estar realmente convirtiéndose al movimiento MAGA.
A los argentinos se nos suele acusar con justicia de chauvinismo, es decir, de exaltar fanáticamente lo nuestro por sobre lo demás. Nuestro ombliguismo está reflejado en los medios de comunicación nacionales, que le ofrecen un espacio marginal a la agenda internacional, a las guerras y a la geopolítica, siempre tan lejos de nuestras exacerbadas batallas internas.
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Pero cuando nos toca salir de Argentina, eso cambia. Mi hipótesis es que como amamos a nuestro país y tenemos la autoestima nacional alta porque estamos orgullosos de ser argentinos, entonces podemos ver lo bueno de los otros pueblos, valorarlos, quererlos, eventualmente enamorarnos, como dice Beccacece que le pasó con Ecuador, sin que eso represente una infidelidad con lo nuestro. Argentina acepta la poligamia, porque fueron nuestros abuelos “tanos” o “gallegos” los que nos enseñaron a ser argentinos.
Por si no quedó claro, estoy hablando de los técnicos del Mundial, pero por sobre todo estoy hablando de mí. Esta es la última columna que escribo desde Madrid. Aprovecho el vuelo a Ezeiza para rematarla. Muchas cosas de España me encandilaron. Pero no especialmente las Meninas de Velázquez en el Museo del Prado (que también) ni las playas de Málaga (que por supuesto) ni las catedrales (monumentales) o la movida nocturna de Malasaña (divertidísima).
Lo mejor de España son los españoles, un pueblo noble y solidario, amable y divertido de mirar y escuchar. Que le gusta vivir en la calle, hablar hasta por los codos, quejarse y reírse, ir de bar en bar, comer y beber, plantear los inconvenientes con sinceridad, ayudar a los desconocidos, estar en familia, trabajar sin que el esfuerzo los lleve puestos, vivir en paz.
Lo mejor de España son Enrique, Mario, María, Ovidio, Lucía. También los que llegan desde afuera y se sienten en casa como Laura, Max, Valeria, Florencia, Nancy. Lo mejor de España está en la Andalucía de mis familiares Paco, Rafa, Elvira, Abraham, que te reciben para pasar la Navidad como si fueras Papá Noel y te dan comida hasta que no podés más.
Los lugares me importan mucho menos que las personas. A los objetos los suelo valorar por su funcionalidad, pero una camiseta de España o del Betis (el de Sevilla, no el de Carabanchel) o un mazo de cartas del Quijote que te regalan con el deseo de que te lleves algo de ellos dura para toda la vida. También me quedé con historias, anécdotas, frases y expresiones que aunque pasen muchos años voy a seguir recordando.
Se terminó mi espectacular paréntesis ibérico, donde cacé mi propia utopía, que fue una gran experiencia profesional y humana en múltiples sentidos. El lunes tocará volver a mi vida de siempre de hacer periodismo en el conurbano sur. Si me cuesta arrancar, voy a recordar las tardes de invierno por Madrid y pensaré, con toda mi banda de la calle San Luis: “Cafelazo y palante”.

