Mi primer recuerdo nítido de una competencia deportiva mundial es del año 2002. No me acuerdo del partido contra Nigeria, el primero, pero si me acuerdo del partido contra Inglaterra, el que se jugó a las 8:30 de la mañana y perdimos por uno a cero. Los recuerdos no son nítidos, del partido no me acuerdo nada, pero sí del aburrimiento sentado en el pasillo de la escuela esperando a que pase algo. Del partido de Suecia también me acuerdo, sentado a los pies de la cama de mis papás, sobre el piso, con la cama como respaldo, o como le decíamos en ese momento: desde la platea baja. Recuerdo que quise llorar, porque todos mis amigos decían que si perdía iban a llorar, y seguro eso dije cuando fui al colegio esa mañana, pero lo cierto es que no lloré.
El último último
Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.
Me acuerdo de tampoco llorar algunos meses después. Es que tampoco entendía muy bien el juego. Hablo de la final del mundial de básquet que la Argentina perdió contra Yugoslavia. El último cuarto ni siquiera lo vi, me quedé picando una pelota mientras los grandes gritaban adentro del quincho de casa. Recuerdo como si estuviese ocurriendo ahora el momento en el que los gritos se convirtieron en conversación normalizada, sin efusividad, sin euforia, que me indicaban que el partido terminaba y habíamos perdido. Me hice el tonto y seguí picando y tirando a un aro imaginario en la pared.
No fue hasta 2004, ya con 11 años, que entendí lo que significaba ganar. La selección de fútbol y de basquet se llevaron la medalla de oro pero... algo había distinto. No era un mundial. De fútbol me acuerdo de los partidos, me acuerdo de haberme despertado para escuchar la final por radio solo en mi cama y del grito ahogado del gol de Carlitos Tévez. Me acuerdo también de Manu Ginobili con la corona de laureles y el ramo de flores, pero de lo que más me acuerdo es de las banderas. Al momento de la coronación, tres banderas colgaban del centro del estadio, y la Argentina estaba un poquito más alta que las otras dos.
Está claro que siempre me gustó más jugar a los deportes que mirarlos. Por eso del 2006 el recuerdo más nítido que guardo es de instantes previos a la final. Otra vez, dos banderas, la de Francia y la de Italia. A poco si conocía dos o tres jugadores de cada uno, pero aún así para ese chico de 13 años los dos parecían gigantes. Dos banderas imponentes de dos países que habían logrado lo que yo no, que sus banderas estén en la previa de una final del mundo. Recuerdo como si fuese ahora imaginar mi bandera en ese lugar, y soñar como si fuese honestamente imposible. Pero no es el único recuerdo que tengo. Ahí mi memoria llega a una bifurcación. Del partido perdido con Alemania por penales me acuerdo todo. Como quien volviera a nacer, recuerdo haber intentado llorar, y no poder. Había llorado con el gol de Maxi Rodríguez, pero en ese momento no estaba triste o frustrado, estaba aburrido. Es que Leo no había jugado.
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Me volví a enamorar de él en 2007. En la copa América que se jugó en Venezuela. Recuerdo como si fuese ahora la sensación que recorrió mi cuerpo en el tercer gol a México, el que muchos años después supe que había sido el disparador de la ahora célebre frase “tenés que cerrar el estadio, los genios hacen eso”. De ahí en más la aventura se alejó de las banderas, de los equipos, de llorar o no llorar. Yo solo quería verlo a él.
En 2014 lloré cuando vencimos a Holanda en penales. Me acuerdo de correr por las calles de Saint Thomas Sur donde vivía mi amigo Marcos y, como si fuese ahora, el momento en el que me cruza como un rayo una vez más la idea de las banderas. Habíamos llegado, nuestra bandera estaría allí. En la final del mundo. Por eso, creo hoy, aquel día el gol de Mario Gotze me sorprendió. Algo en mí cambió para esa final y no pude verlo a él, estaba distraído pensando en las banderas, estaba pensando en ganar, y me aburrí.
Estoy escribiendo esto el viernes por la mañana, sabiendo que los pocos que lo lean lo harán el domingo, cuando Argentina ya haya jugado contra Suiza. Pudo haber ganado, pudo haber perdido, pero debo ser honesto y decir que no es por eso que lloro mientras escribo esta mañana de feriado.
El recuerdo imborrable de este mundial ya lo viví, cuando hablando con mi amigo Guille después del partido de Egipto me di cuenta de lo que realmente está ocurriendo. Estamos viendo al pibe que no entró en 2006 a definir un partido, jugar todos los minutos del mundial con 40 años, disputando cabeza a cabeza con estrellas 15 años más jóvenes, y siendo una vez más el mejor de todos. En el dos a dos, Leo Messi literalmente tira el centro y hace el gol. Búsquenlo y véanlo de nuevo. Por eso para mi amigo Guille, y con razón, es difícil que esta vez seamos campeones y nuestra bandera quede en lo más alto en Estados Unidos, pero hoy con 33 años tengo la madurez para darme cuenta que eso no me importa tanto.
"En 2010, 2014 y 2018 lo vimos jugar rodeado de burros, pero podíamos verlo a él. Pero este mundial es el último", le dije y me respondió: "Si, eso sí. Este es el último último". Por eso les pido perdón anticipadamente por, a esta hora del domingo, no estar tan triste (o tan feliz) como debería. Solo estoy profunda y dolorosamente aburrido.

