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Fútbol para todos

Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.

Cada Mundial deja una marca dentro de la cancha, pero también refleja cómo cambia la manera de contar el fútbol. La Copa del Mundo de 2026 parece confirmar una transformación que ya venía gestándose desde hace varios años: el periodismo deportivo perdió el monopolio de la palabra y hoy comparte protagonismo con exfutbolistas, influencers y creadores de contenido que ocupan espacios cada vez más importantes en las transmisiones y programas especiales.

El fenómeno no debería sorprender. Los medios entendieron que la audiencia consume el deporte de otra manera. Ya no alcanza con una buena transmisión o un análisis profundo. Hoy se buscan recortes para TikTok, frases virales, momentos de discusión y personajes capaces de generar millones de reproducciones en redes sociales. El objetivo dejó de ser únicamente informar para convertirse, sobre todo, en entretener.

El problema aparece cuando esa búsqueda del impacto inmediato empieza a desplazar la calidad del contenido. Contar una anécdota puede ser interesante, pero no alcanza para explicar un partido. Haber levantado una copa tampoco convierte automáticamente a alguien en comunicador. El conocimiento que brinda la experiencia es invaluable, pero comunicar también exige preparación, lectura, capacidad de análisis y contexto.

No se trata de afirmar que un exjugador no puede ocupar un micrófono. De hecho, muchos demostraron que pueden hacerlo con enorme solvencia. Hay futbolistas retirados que estudiaron, se prepararon y hoy enriquecen cualquier transmisión porque combinan experiencia con formación. El inconveniente surge cuando la fama pesa más que el trabajo y cuando el nombre vale más que las ideas.

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Mientras tanto, miles de jóvenes cursan carreras de periodismo deportivo y comunicación social con la ilusión de cubrir un Mundial. Aprenden táctica, historia, idiomas, producción audiovisual y herramientas digitales. Sin embargo, cuando llegan las grandes coberturas descubren que los lugares más visibles muchas veces terminan en manos de figuras conocidas por lo que hicieron dentro del campo de juego y no por su capacidad para ejercer el oficio periodístico.

La lógica del algoritmo también modifica las prioridades. Hoy importa tanto lo que ocurre en un estudio como lo que sucede en la cancha. Se habla de la ropa de los protagonistas, de las celebridades presentes en las tribunas o de cualquier episodio que pueda convertirse en tendencia. El fútbol queda, en ocasiones, relegado a un segundo plano.

Esa transformación responde a una realidad innegable: los medios compiten por la atención de una audiencia cada vez más fragmentada. Las nuevas generaciones consumen contenidos breves, dinámicos y pensados para las redes sociales. Negarlo sería desconocer cómo funciona la comunicación en 2026. Pero aceptar esa realidad no implica resignar el rigor periodístico.

El desafío consiste en encontrar un equilibrio. La experiencia de un exfutbolista puede aportar una mirada única sobre el juego. El periodista, en cambio, suma contexto, investigación y capacidad para formular preguntas incómodas. Cuando ambos perfiles conviven, el producto crece. Cuando uno reemplaza por completo al otro, el riesgo es empobrecer el debate.

El Mundial merece mucho más que una sucesión de clips virales. Merece historias, análisis, investigación y explicaciones que ayuden a comprender por qué un equipo gana, cómo trabaja un entrenador o qué sucede alrededor del torneo más importante del planeta. La pasión nunca debe estar reñida con la información.

Quizás el verdadero debate no sea quién tiene derecho a hablar de fútbol, sino qué tipo de comunicación queremos consumir. Si priorizamos únicamente el entretenimiento, los medios seguirán ofreciendo espectáculos pensados para generar reproducciones. Si, en cambio, exigimos profundidad y calidad, todavía habrá espacio para un periodismo capaz de informar sin renunciar a la emoción que hace del fútbol el fenómeno social más grande del mundo.

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