Hoy domingo la Selección Argentina vuelve a jugar una final. No sabemos cuál será el resultado. Quizás por eso sea un buen momento para detenernos en algo que este equipo ya nos regaló, más allá de lo que ocurra hoy, en esos noventa minutos.
Como si el 2 a 0 no existiera
Por Mónica Dreyer.
Hace tiempo me pregunto cuál es el secreto de la Scaloneta. No encontré una única respuesta. Encontré muchas pequeñas respuestas que, juntas, construyen algo extraordinario.
Una de ellas apareció el día del partido con Egipto. Argentina perdía 2 a 0 y, convencida de que el partido estaba perdido, apagué el televisor. Incluso me quedé dormida unos minutos.
Cuando desperté encontré mensajes, festejos y una imagen de Messi emocionado. No entendía nada. Pensé que había ocurrido un milagro.
Volví a mirar la repetición buscando una explicación.
Y descubrí algo que me impactó mucho más que el resultado.
Durante esos minutos la Selección jugó como si el 2 a 0 no existiera.
No vi desesperación. No vi jugadores intentando resolver el partido de manera individual. No vi resignación.
Vi un equipo completamente presente.
Como si la próxima pelota fuera la única que realmente importaba.
Más tarde leí un artículo de Fabián Jalife donde explica que Lionel Scaloni trabaja para que sus jugadores no queden atrapados por el trauma del pasado ni por la ansiedad del futuro.
Pensé entonces que esa enseñanza no sirve solamente para una cancha.
También sirve para la vida.
¿Cuántas veces damos por perdido nuestro propio partido?
Un proyecto que no salió. Una conversación difícil. Un error. Una pérdida. Y, casi sin darnos cuenta, dejamos que un resultado parcial condicione todo lo que viene después.
Escuchando a los propios jugadores encontré otra respuesta. Rodrigo De Paul contaba que Scaloni le habla a cada uno de manera diferente. Comprende qué necesita cada persona para desplegar su mejor versión. Antes que grandes jugadores, busca desarrollar personas.
Eso también es liderazgo.
Como lo son su humildad, la confianza que transmite, la inteligencia para rodearse de un gran equipo y el coraje para tomar decisiones difíciles pensando siempre en el bien común.
Y después está Messi. Un talento extraordinario que eligió bajarse del pedestal para convertirse en un compañero más. Tal vez por eso todos parecen jugar también por él.
Quizás nunca podamos explicar del todo la magia de esta Selección.
Pero sí aprender de ella.
Que los grandes equipos no se construyen sólo con talento. Se construyen sobre la confianza y un propósito compartido.
Y que, mientras sigamos jugando la próxima pelota, el resultado todavía no está escrito. Ni en una final. Ni en la vida.

