“Rada. Adiós a un ícono rioplatense”, tituló la edición argentina de la revista Rolling Stone. Pero lo que parecía un título “lavado” terminó despertando indignación en muchos uruguayos, que vieron en el uso del gentilicio rioplatense un intento de apropiación, de imperialismo argentino, de quedarnos con Rada, que era más uruguayo que… Gardel, el dulce de leche, el mate (según ellos). “Cuando un uruguayo hace algo positivo, lo ascienden a rioplatense; ya si hace dos cosas buenas le dan la nacionalidad argentina”, reprochaba en las redes un “yorugua”.
Mis dos centavos sobre este tema. En primer lugar, es legítimo que la Rolling Stone, que tiene edición en Argentina pero no en Uruguay, lo catalogue a Rada como rioplatense. Le está hablando a una audiencia argentina, no está provocando uruguayos (o quizás sí, para que salten como leche hervida en las redes y generen interacciones, quién sabe, pero corresponde darles el beneficio de la duda).
Y no es un capricho decirle rioplatense: Rada vivió diez años en Argentina que fueron fundamentales para su formación y producción artística. Acá tuvo dos mujeres y tres hijos, se hizo famoso, ganó dinero, fue admirado y dejó un legado. Eso lo convierte en rioplatense, por ser parte de la cultura compartida desde las dos orillas.
Por otra parte, Rada era un producto enteramente uruguayo, como pocos de los que se hacen famosos acá. De China Zorrilla, No te va gustar, Víctor Hugo Morales o Natalia Oreiro nos podríamos olvidar que son uruguayos. En cambio, la Argentina no podría haber producido un artista como Rada. Primero porque era negro, descendiente de una tradición afro que acá no hemos tenido y que él llevaba no solo en la piel sino en el sonido de sus tambores. Hacía candombe, murga, pleno… toda música que es más uruguaya que argentina, aunque nosotros le digamos rioplatense. Desde ese punto entiendo, aunque no comparto, el reclamo de los uruguayos contra Rolling Stone.
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En cualquier caso, como a esta columna le puse “apuntes del Conurbano” me preguntaba hasta qué punto en el conurbano somos rioplateneses. Lo somos, claro. Técnica, geográfica y culturalmente. Nos une, por sobre todas las cosas, nuestra exótica variante del castellano, que dice “vos” en vez de “tú” y que entona el “yeísmo rehilado”, como catalogan los académicos al hecho de que pronunciemos yuvia y no iuvia como en el resto de América Latina. Comemos asado de la mejor carne del mundo, tomamos mate, nos duelen los huesos por la alta humedad, tenemos abuelos españoles e italianos y nos obsesionan el fútbol y los mundiales.
Pero desde San Vicente, el Río de la Plata, el tango y los cafés estilo Cacho Castaña se sienten más lejanos. De Punta del Este ni nos enteramos. Y el maleficio del Buquebús a Colonia es implacable: si la visitás en pareja te terminás separando. Ojo, a lo mejor, en el área metropolitana de Montevideo son más parecidos a nosotros, pero con menos prensa. Como escribió Borges, uno que tomaba el Roca entre Adrogué y Constitución, en su “Milonga para los orientales”: “Que el tiempo vaya borrando fronteras/ por algo tienen los mismos/ colores las dos banderas”.

