El 27 de agosto se celebra en Argentina el Día de la Radio. La fecha recuerda aquella primera transmisión realizada en 1920 desde la terraza del Teatro Coliseo de Buenos Aires, cuando un grupo de pioneros decidió colocar un transmisor y poner en el aire una ópera. Seguramente ninguno de ellos imaginó que ese experimento iba a convertirse en uno de los medios de comunicación más importantes de nuestra historia.
Días de radio
Por Francisco Monzón (@flmonzon).
Durante décadas, la radio ocupó un lugar central en la vida cotidiana. Acompañó a las familias al arrancar el día, también viajes, jornadas laborales, partidos de fútbol, madrugadas y tardes de estudio. Fue informativa, musical, deportiva, política y de entretenimiento. También construyó una relación particular con sus oyentes: una voz que hablaba desde un estudio podía terminar formando parte de la intimidad de una persona que escuchaba sola en su casa, en el auto o mientras realizaba alguna otra actividad.
Pero la radio cambió. Y no lo hizo una sola vez.
Primero fue la llegada de la televisión, que parecía destinada a convertirla en un medio del pasado. Después aparecieron las radios FM, internet, los teléfonos celulares, las plataformas de streaming y, finalmente, los podcasts. Cada innovación tecnológica pareció anunciar, de alguna manera, el final de la radio tal como la conocíamos.
Sin embargo, la radio nunca desapareció. Se reinventó.
Hoy podemos escuchar una emisora desde un receptor tradicional, desde una página web, una aplicación, YouTube o una plataforma de audio. Podemos escuchar un programa en vivo mientras ocurre o recuperar sus contenidos varias horas, días o incluso años después. El mismo material puede transmitirse por aire, convertirse en video para las redes sociales y terminar distribuido como podcast.
Entonces aparece una pregunta bastante sencilla, pero no tan fácil de responder: ¿qué es la radio hoy?
Si la definimos por su soporte tecnológico, probablemente tengamos problemas. La radio ya no necesita necesariamente una antena, una frecuencia ni siquiera un receptor tradicional. Si la definimos por su forma de producción, tampoco resulta sencillo: muchos podcasts utilizan recursos propios de la radio y muchos programas radiales se producen pensando desde el comienzo en su segunda vida digital.
Tal vez tengamos que buscar la respuesta en otro lugar: alguien tiene algo para decir, hay un micrófono y alguien está dispuesto a dar un poco de su tiempo para escuchar una historia. Mientras estos elementos estén presentes, tendremos radio para rato.
No importa si hay cámaras o por dónde se transmite. La tecnología modificó las herramientas, pero no necesariamente esa relación básica entre quien habla y quien escucha.
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Claro que el cambio tecnológico produjo transformaciones profundas. Durante mucho tiempo la radio fue un medio de emisión masiva: unos pocos producían contenidos y millones de personas los recibían. El modelo era bastante claro. Había emisores, una programación determinada y una audiencia que podía elegir entre distintas propuestas.
Internet rompió esa lógica. Hoy cualquiera puede producir un contenido sonoro con un teléfono celular, subirlo a una plataforma y ponerlo potencialmente a disposición de millones de personas. La barrera de entrada técnica bajó considerablemente. Pero apareció otra dificultad: producir es sencillo, pero conseguir que alguien nos escuche es mucho más complicado.
En un ecosistema donde se publican miles de horas de contenido todos los días, competir por la atención se convirtió en el principal desafío. Y ahí aparecen los algoritmos, que deciden qué contenidos vemos, cuáles escuchamos y cuáles permanecen ocultos en esa enorme nube digital donde se guarda toda la información.
También cambió la relación con el tiempo. La radio tradicional estaba asociada al vivo. Un programa comenzaba a determinada hora y terminaba cuando el conductor se despedía. Si no estábamos escuchando en ese momento, nos lo perdíamos. El podcast alteró esa lógica al permitir que el contenido pudiera escucharse cuando el usuario quisiera.
Pero la transformación fue todavía más profunda. El podcast permitió recuperar algo que la radio había perdido: la posibilidad de producir contenidos específicamente pensados para ser escuchados sin depender de una programación.
Una entrevista puede durar una hora. Una crónica puede ocupar treinta minutos. Una historia puede desarrollarse durante varios episodios. No hay necesidad de interrumpirla porque llegó la hora del noticiero o porque hay que pasar a la tanda publicitaria.
Al mismo tiempo, el streaming está recorriendo el camino inverso. Las plataformas nacieron asociadas al consumo bajo demanda, pero cada vez incorporan más transmisiones en vivo. La imagen volvió a ganar protagonismo y muchos programas que se presentan como radio necesitan ahora cámaras, iluminación, escenografía y una estrategia específica para las redes sociales.
La radio, entonces, atraviesa una tensión de fondo: para sobrevivir en el ecosistema digital debe incorporar cada vez más recursos audiovisuales, pero cuanto más se acerca a la televisión, más se parece a aquello que históricamente la diferenció.
No importa el nombre que usemos para etiquetarla. No importa que la llamemos podcast o que le sumemos una cámara para transmitir por Twitch o YouTube desde alguna habitación perdida en la ciudad. Más allá de cómo la llamemos, es innegable que hay un cambio de paradigma que afecta tanto a quien cuenta como a quien escucha esas historias.
Porque también cambió el oyente. Ya no necesariamente espera que una emisora decida qué debe escuchar. Puede buscar un programa específico, seguir a un conductor, suscribirse a un podcast, abandonar un episodio a los cinco minutos o recomendarlo en redes sociales. Puede participar de una transmisión, comentar en un chat y convertirse, incluso, en productor de contenidos.
La audiencia dejó de ser solamente audiencia y, sin embargo, hay algo que permanece.
La radio tiene una capacidad que resulta difícil de explicar desde la tecnología: puede generar compañía aun cuando no sabemos quién está del otro lado. Una voz puede instalarse en nuestra vida cotidiana hasta convertirse en familiar. Puede hablarnos mientras manejamos, cocinamos, trabajamos o simplemente estamos solos.
Quizás allí esté la clave de su supervivencia. La radio no sobrevivió porque haya conseguido acomodarse a todas las tecnologías. Sobrevivió porque encontró nuevas formas de mantener vigente una relación humana muy antigua: alguien que tiene algo para contar y alguien que decide detenerse unos minutos para escuchar.
Mientras esos dos extremos sigan encontrándose, podrán seguir cambiando las plataformas, los micrófonos, las cámaras, los algoritmos y las formas de distribución.
Pero seguiremos teniendo radio.

