Hay tanto que quiero decir, hay tanto que quiero contar. Pero especialmente tengo un profundo deseo de hacer algo que no voy a poder hacer, ni en estas líneas ni en la vida real. Quisiera hablar con mi yo del 2014.
Serás lo que debas ser
Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.
Me doy cuenta, que empiezo hablando de 2014 con el mismo pesimismo con el que vengo escribiendo estas editoriales de Mundial y comprendo que puede volverse un poco insoportable. Comprendo que quizás no sea el momento indicado para cambiar, así que no lo haré, pero intentaré tener esta charla desde una perspectiva más amplia para no expulsar a los optimistas.
Primero, debo decir también, sé que no soy el único. Pero los que son como yo, son más silenciosos. Los optimistas publican en redes sociales, cantan canciones durante el partido y hasta gritan los goles antes de que entre la pelota. En cambio, a nosotros no se nos escucha, en muchos casos, ni siquiera gritar los goles. Llevamos encima la pesadumbre de quien sufre a martillazos la noción de que si vamos ganando nos pueden empatar, si vamos empatando podemos perder, y de que si el partido no empezó técnicamente vamos empatados, o sea, digamos, podemos perder. Los optimistas organizan los festejos a los que nosotros llegamos de invitados. Los optimistas sacan entradas y pasajes de avión. Algunos desde el primer partido, otros hipotecan los próximos meses para atravesar el continente de sur a norte en dos días y estar presentes en lo que creen que será el día más importante de sus vidas. No leo muchos libros pero alguno he leído, y por eso quizás me quedo corto de términos para explicar a estos soñadores, y corto también para describirnos a nosotros, a los refutadores de leyendas.
¿Quién es más optimista, el que paga para la final antes de que empiece el torneo, o el que paga apenas termina la semifinal y se manda para estar presente en la final? No me extrañaría enterarme que, si hablamos solo de pagar, pagan prácticamente lo mismo. Pero uno tiene la confianza ciega de que el equipo va a llegar, y el otro quizás no, pero confía ciegamente en que el único posible motivo por el que va se va a cumplir. Es un universo inimaginable para nosotros, a los que nos parecen las dos igual de arriesgadas.
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Si escribiera esto en 2014 quizás hablaría de cábalas, pero de esas ya me curé. No digo que estén mal, de hecho entiendo que la “cábala” en el sentido futbolero del término, no es otra cosa que un arrojo voluntario para aportar nuestro granito de arena, para sentir que hacemos algo al respecto de algo sobre lo que no tenemos absolutamente ningún control. Los pesimistas estaríamos chillando por los que van solo al último partido, o estaríamos chillando por si jugamos con la titular o la suplente. Para los pesimistas cabuleros, estas horas son decisivas. Asegurarse de no hacer nada distinto a lo planeado, de no andar por donde no se anduvo, de no decir lo que no se dijo, de poder ver el partido en el lugar que corresponde a pesar de las insufribles presiones familiares. Para los optimistas no, pero de todas maneras lo que tienen que hacer lo hacen. Agarran el calzoncillo que tienen que usar y se lo ponen sin dudar, se hayan acordado o no de lavarlo. En lugar de preocuparse por lo que no deben hacer, se ocupan de lo que consideran que sí deben hacer y si es necesario se lo pueden inventar en el medio del partido. Con pesimismo o con optimismo, con miedo o adrenalina, los dos gritamos “quiricocho” cuando le queda al delantero contrario.
Como optimista no puedo ser, y ser pesimista es una mierda, he resuelto inclinarme por vivir, en la medida de lo posible, en el presente.
Durante estas semanas en las que cumplí el sueño de volver a ver a Messi todos los partidos de un mundial, cumplí el sueño de ver a mi selección ganarle a Inglaterra un partido importante con una actuación milagrosa del 10 en los dos goles, cumplí el sueño de ver a mi papá, a mi mamá, a mi hermana y a mis hermanos abrazarse con mi hijo para gritar un gol de Argentina, también tuve tiempo para salir un poco de la idea de la presión por querer ganar y pude mirar con más atención a mi alrededor y darme cuenta que estamos viviendo los días más lindos de nuestras vidas hasta ahora. Si, sigo hablando de fútbol. Estos jugadores nos han regalado, con mi ídolo eterno Lionel Messi y el milagro de sus pies, los mejores cuatro años que una generación puede pedir. Fueron cuatro años (completamente corridos del calendario político, gracias a Dios) en los que todo salió lo mejor que pudo haber salido. Y lo noté en una frase que se repitió durante las últimas horas en cada conversación, en cada entrevista, en cada interacción que tuve con cada persona: en el fondo, ya estoy hecho. Y eso, para mí, es sinónimo de ser feliz.
Por todo esto, y porque la pelota al final es caprichosa y cae donde quiere, es que le digo a mi yo de 2014 que no se preocupe. Que todo va a estar bien. Que tiempos mejores vendrán, y también peores, pero que las personas que siempre fueron importantes seguirán estando, y la pelota va a seguir rodando. Que Messi va a jugar para siempre en nuestra memoria, como Diego y como nuestros viejos, y que al final del camino lo único que queda es mirar para atrás y sentir que se dejó todo. Ojalá que seamos campeones. Pero como dijo -espero que no casualmente- el General Don José de San Martín, mi argentino favorito: Serás lo que debas ser, o no serás nada.

