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El florecimiento de la fe

Por Clara Milano.

En una nota publicada días atrás contamos cómo comenzó a sentirse, en algunas de las parroquias de nuestra región, la cuenta regresiva para una nueva Peregrinación Juvenil a Luján. Micros completos con una anticipación inusual, pasajes agotados, listas de espera y decenas de personas preparándose para acompañar a los peregrinos son algunas de las señales de una convocatoria que vuelve a sorprender.

Pero detrás de esos números y de esa organización hay algo que quizás merece detenernos a mirar un poco más. ¿Qué está pasando? ¿Por qué tantas personas quieren caminar hacia Luján?

Uno de los sacerdotes consultados para esta nota, Gustavo Oubiña, hablaba de un posible “florecimiento de la fe”. Y la expresión resulta especialmente significativa. Porque, quizás sin hacer demasiado ruido, algo parece estar sucediendo. En las parroquias, en las misas, entre los jóvenes y también entre quienes hace tiempo que no encontraban un espacio para acercarse nuevamente a la Iglesia.

La fe, después de todo, no siempre se vive de la misma manera. A veces aparece en una oración silenciosa. Otras, en una pregunta. En una búsqueda. En la necesidad de agradecer o de pedir ayuda cuando la vida se vuelve difícil. Y quizás Luján tenga esa capacidad particular de reunir todas esas experiencias.

Miles de personas avanzando juntas durante horas. Personas que no se conocen, pero se ayudan. Alguien que ofrece agua. Otro que espera a quien se quedó atrás. Un grupo que prepara comida. Voluntarios que pasan la noche acompañando. Una palabra de aliento cuando las piernas ya no pueden más. Hay algo profundamente emocionante en esa experiencia comunitaria.

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Este año, además, el lema elegido parece resumirlo de una manera hermosa: “Madre, en tu abrazo nos reconocemos hermanos”. Hay algo profundamente cercano en la figura de María. Una presencia de madre, a la que se puede llegar con las alegrías, las preocupaciones, los miedos y también con las preguntas. Tal vez por eso su ternura tenga una fuerza tan especial.

Y, de alguna manera, esa imagen también se vuelve visible en el camino hacia Luján. Porque miles de personas llegan buscando algo distinto, pero terminan compartiendo una misma experiencia: la de sentirse acompañadas, la de necesitar el abrazo de una mamá.

Tengo que confesar algo: nunca fui a la Peregrinación a Luján. Como tantos otros, la vi durante años desde afuera. Escuché las historias, vi las imágenes de las multitudes caminando por la ruta y conocí a personas que regresaban cansadas, pero profundamente emocionadas. Este año, quizás por primera vez, tengo verdaderas intenciones de vivir esa experiencia.

Y tal vez, mientras las parroquias de nuestra región terminan de organizar micros, puestos de apoyo y grupos de voluntarios para recibir a miles de peregrinos, este creciente entusiasmo nos esté diciendo algo más.

Que, incluso en tiempos complejos, todavía existe una profunda necesidad de encontrarnos, de compartir, de sentirnos parte de una comunidad y de volver a creer que Dios está más cerca de lo que muchas veces pensamos. Ojalá, vayamos o no, sigamos caminando la vida detrás de esta esperanza.

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