¿No notan que todo el mundo está desesperado por empezar un emprendimiento, conseguir una changa, armarse un “kiosco” con el que ganar un mango más? Para muchos es subsistencia, como para las maestras, que ya no pueden aspirar a un doble cargo porque la baja de la natalidad está vaciando las aulas que, hasta hace pocos años, en el tercer cordón del conurbano estaban abarrotadas.
Ahora, las seños, en vez de quedarse hasta la medianoche preparando la decoración del acto del 25 de Mayo como hacían mi mamá y mi hermana, trasnochan para elaborar pastafrolas que llevan al otro día al cole para tratar de vender. Pasamos de la metáfora del “profesor taxi”, que iba de escuela en escuela juntando horas acá y allá, al profesor Uber, que no es ninguna metáfora, es literal: los docentes terminan de dar clase y activan la app para conseguir viajes (aunque las ganancias sean cada vez menores, con las tarifas derrumbadas por el exceso de oferta de choferes).
Lo mismo pasa con toda una gama de trabajos, desde municipales hasta empleados de comercio, que antes se suponía que permitían vivir razonablemente, pero que ahora solo dan para sobrevivir. Los policías son los que más se suicidan no necesariamente por ser los que peor están (aunque probablemente sí lo sean) sino porque siempre andan con un arma en la mano. Imagínense lo que pasaría si toda esta población híper estresada y auto explotada anduviera full time calzada con un fierro encima. O yo no escribiría o vos no leerías, alguno de los dos ya hubiera hecho la Gran Favaloro (y no me refiero a inventar el bypass).
Perdón por el humor negro, sigo con el tema de las changas. Lo que veo es que es una obsesión que no se limita a los que están tratando de no caer en la pobreza, sino que se extiende incluso entre la gente que tiene buenos trabajos o actividades consolidadas. Es una pulsión inquieta por tratar de ganar algo más de plata para estar más tranquilos, no sea cosa que nos atrape la miseria, que anda al acecho, que está por todos lados, en los pibes del semáforo, en los buscas del tren, en los vendedores que ya superan en número a los niños en las plazas del conurbano.
Supongo que la crisis también representa una oportunidad para hacer negocios, para comprar o contratar barato. Es un buen momento para correr la carrera de ver quién pone la primera franquicia de empanadas a mil pesos en San Vicente, quién logra revitalizar el boom de las pancherías de los lejanos 2000, quién se arma un buen cafecito aesthetic que no te arranque el moño, quién consigue algo importado para vender por Instagram, quién se hace viral para que le lleguen más consultas al estudio de abogados. La que va es la comida barata, como si la lógica que subyace a todas estas inversiones clasemedieras fuera: “Comer, la gente va a tener que comer igual”.
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La enorme mayoría de la gente en la Argentina no se resigna a la miseria, no tiene la mentalidad pobrista tercermundista de dejar los ladrillos sin revocar y sacar pecho de ello. Todos quieren trabajar más horas para vivir mejor, mandar a los chicos a fútbol, a inglés, cambiarlos del colegio público al privado, pasar del hospital de la provincia a la clínica de la obra social o la prepaga. Nadie vive de los planes sociales porque son una miseria, nadie consigue un buen pasar con un sueldo del Estado porque no alcanza para nada. Los argentinos podremos ser cualquier cosa menos vagos.
Parece inevitable que, tarde o temprano, salgamos adelante porque toda esta voluntad de progreso se va a imponer. Va a ocurrir a pesar de nuestros dirigentes y de nuestras pobres capacidades a la hora de elegirlos, controlarlos y condicionarlos para que, alguna vez, nos tiren un centro.
Ah, si saben de algún laburito para los findes me chiflan.

