En 1992, el analista de tendencias tecnológicas Paul Saffo sostenía que las grandes innovaciones tecnológicas necesitaban aproximadamente treinta años para incorporarse plenamente a la vida cotidiana. Ese era el tiempo que necesitaba una sociedad para descubrir las aplicaciones prácticas de la nueva tecnología, modificar sus hábitos y convertirla en parte de su cultura. Pasó con la televisión y con el e-commerce.
Durante la primera década aparecen el entusiasmo, las expectativas y la confusión. En la segunda, la tecnología empieza a encontrar aplicaciones comerciales y a extenderse entre los usuarios. Recién en la tercera llega la consolidación, cuando deja de sorprendernos y pasa a formar parte de nuestra normalidad.
Muchas de las innovaciones que parecen surgir de un día para otro son el resultado de décadas de investigación y desarrollos anteriores. La novedad suele estar en el momento en que finalmente llegan al público masivo.
El 30 de noviembre de 2022, OpenAI presentó ChatGPT. Desde entonces, la IA generativa pasó de responder preguntas y producir textos a generar imágenes, videos y canciones, y a resolver problemas complejos.
Por supuesto, la IA no nació con ChatGPT. Sus antecedentes se remontan a mediados del siglo pasado. Pero su llegada masiva al público a partir del formato conversacional puso en evidencia una característica de nuestro tiempo: los ciclos de innovación se aceleran y cada vez disponemos de menos margen para comprender las consecuencias de una tecnología antes de encontrarnos con la siguiente.
Repasemos: en el 2025 subimos un nivel de la mano de la IA agéntica, una herramienta que puede ejecutar tareas mediante agentes capaces de utilizar distintas aplicaciones con cierto grado de autonomía.
En el 2026 se presentó en sociedad a los agentes proactivos de IA. Este novedoso sistema monitorea nuestro entorno, se anticipa a nuestras necesidades y toma la iniciativa de actuar o sugerir soluciones antes de que el usuario lo pida.
Marshall McLuhan usaba una frase de autor anónimo: “No sabemos quién descubrió el agua, pero estamos bastante seguros de que no fue un pez”. La metáfora describe nuestra dificultad para reconocer las condiciones del entorno en el que vivimos.
Algo parecido pasa cuando intentamos comprender una transformación tecnológica mientras estamos “nadando” en ella. Estamos tan cerca de la revolución que no llegamos a tomar conciencia de sus dimensiones.
En una conversación reciente con Santiago Bilinkis, el divulgador español Jon Hernández planteaba una pregunta inquietante: ¿qué valor podremos aportar los seres humanos cuando las máquinas sean capaces de realizar buena parte de las tareas intelectuales por las que hoy nos pagan?
Para explicar su preocupación, Hernández proponía observar cómo fue cambiando el trabajo a lo largo de las grandes transformaciones tecnológicas. Durante la Revolución Industrial, las máquinas comenzaron a reemplazar parte del esfuerzo físico. Millones de personas abandonaron progresivamente las actividades rurales y se incorporaron al trabajo fabril. Más adelante, la mecanización y la robotización asumieron numerosas tareas manuales y repetitivas, mientras crecía la valoración de las capacidades intelectuales. El mercado requería cada vez más puestos administrativos, profesionales y de servicios.
Ahora la IA comienza a intervenir también en el terreno de los trabajos basados en el intelecto. Las empresas que desarrollan estos sistemas prometen automatizar actividades que hasta hace poco considerábamos exclusivas de las personas. Y aunque todavía existe una distancia considerable entre esas promesas y lo que efectivamente pueden hacer las máquinas, la pregunta sobre el futuro del trabajo en los próximos años ya está planteada.
Pero, para nuestro consuelo, los historiadores suelen simplificar procesos complejos. Ni la industrialización eliminó el trabajo agrícola ni la automatización terminó con las tareas manuales. Tampoco sabemos si la IA efectivamente reemplazará ocupaciones complejas o solo transformará algunas tareas.
También vimos que los que atravesaron las revoluciones tecnológicas anteriores no siempre disfrutaron de sus beneficios. Muchos debieron cambiar de oficio o buscar nuevos empleos, mientras las generaciones siguientes encontraron un escenario más favorable. Las innovaciones aumentaron la productividad y abrieron oportunidades, pero también desplazaron trabajadores y profundizaron desigualdades. Sus beneficios nunca se distribuyeron de manera uniforme.
Con la IA, además, aparece un problema adicional: la velocidad. ChatGPT, la IA agéntica y los agentes proactivos se sucedieron en apenas cuatro años. La base tecnológica es la misma, pero cada etapa se presenta como una novedad, y cuando todavía no terminamos de entender lo que tenemos disponible ya nos ofrecen un producto superador. Por eso la regla de los 30 años de Saffo queda obsoleta: no alcanza el tiempo para asimilar una tecnología antes de que aparezca la siguiente.
Durante buena parte del siglo XX, las sociedades disponían de décadas para incorporar una innovación. Hoy, mientras los trabajadores intentan aprender a utilizar una herramienta, las empresas del ramo ya presentan otras capaces de realizar tareas más complejas. El sistema educativo, las empresas y los Estados en general también deben tomar decisiones sobre tecnologías cuyas posibilidades y limitaciones cambian continuamente.
No se trata de suponer que todo lo nuevo será adoptado masiva e inmediatamente. Pero la relación entre la velocidad del desarrollo tecnológico y los tiempos de adaptación social merece nuestra atención, ya que la distancia entre ambos es cada vez más grande.
La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero no garantiza que sus beneficios lleguen a todos. Hay un debate pendiente sobre el conflicto entre los intereses sociales y los corporativos, en el que quizás el Estado deba actuar como mediador en busca de la equidad.
En su conversación con Bilinkis, Hernández reconocía que la IA le permitía hacer cosas que antes estaban fuera de su alcance. Al mismo tiempo, expresaba su temor por la cantidad de personas que podrían quedar atrás. Esa contradicción resume bastante bien el dilema que enfrentamos: una tecnología capaz de abrir posibilidades extraordinarias mientras amenaza con alterar las condiciones de vida de la mayoría de los que deberán convivir con ella.
Estamos cerca de la revolución, como cantaba el maestro Charly García hace 40 años. Aunque también es probable que ya estemos adentro y todavía no terminemos de darnos cuenta. Como el pez que nada en el océano y no tiene conciencia del agua.
No sabemos exactamente hacia dónde nos llevará la marea, ni quiénes van a naufragar. Pero, por las dudas, más vale que todos tengamos un salvavidas a mano.






