Columnistas

La victoria de Halloween en el Conurbano (y el otro terror)

Por Manuel Nieto.

Un dinosaurio inflable adorna un local, mientras niños disfrutan de actividades en un parque.

Hace varios años que en El Diario Sur venimos registrando que Halloween es furor en el Conurbano. Yo digo más: que San Vicente es la capital nacional de los festejos de “la noche de brujas”. En los años posteriores a la pandemia, las calles de mi ciudad se vuelven cada 31 de octubre un hervidero de chicos disfrazados pidiendo golosinas. En 2022 o 2023 había incluso más fantasmas y hombres de dos cabezas que en otras localidades más populosas, como Lomas o Monte Grande, o que en Palermo, siempre a la vanguardia de todas las modas. 

En alguna nota esbocé mi hipótesis: en San Vicente no estamos tan lejos de Capital como para ser un pueblo del interior tradicionalista que mire como “cosa e mandinga” los disfraces de terror. Y a la vez tenemos un clima de paz y convivencia que permite que los chicos anden más o menos solos por la calle, a lo sumo con un adulto que los mira desde lejos. Un pueblo metropolitano. 

Desde la pospandemia el fenómeno no paró de crecer. El sábado pasado fue un despelote total: ahora también se ven padres y madres que se disfrazan para acompañar a sus hijos. Lo que más escuchaba era a los chicos preguntando si tal amiguito se podía quedar a dormir esa noche. En ciudades más grandes, como Lomas, los periodistas de cada lugar me contaron que las familias se animaron a ganar la calle también. Las fiestas de disfraces fueron la norma en toda nuestra gran metrópoli. 

Por supuesto que con la popularidad también crecen los detractores. Dicen, seguramente con razón, que Halloween es una fiesta importada, impuesta por el imperialismo cultural estadounidense mediante películas, plataformas y publicidad. Un negocio que fabrica necesidades y desplaza nuestras tradiciones. Mientras compramos calabazas de plástico, nos olvidamos de celebrar lo propio. Hay críticas religiosas por el paganismo del festejo y otras más estéticas por los tipos grandes que se disfrazan “como unos pelotudos”. 

Hay una parte atendible: las industrias culturales tienen poderes muy desiguales para instalar sus productos. Pero de ahí a imaginar que una familia de Glew obedece instrucciones de Washington cuando le pone una sábana al nene hay un largo trecho, como diría el Chaqueño Palavecino. 

No me quiero meter con los temas del profesor Monzón, mi vecino de columna de la página 18, pero creo recordar que en sus clases en la universidad pública hablábamos de autores como Jesús Martín-Barbero o Michel de Certeau, que desde los estudios culturales ponían el foco en lo que hace la gente con lo que recibe. Las sociedades y los individuos tienen capacidad de apropiarse de los productos culturales, darles otros sentidos y adaptarlos a sus costumbres.  

En el caso de Halloween, si los chicos del conurbano lo usan es porque les sirve. Prende porque les sirve como excusa para salir a dar vueltas por la calle, para excederse en el consumo de azúcar, para organizar juntadas a dormir, para ir a fiestas, para emborracharse, para ponerse lindos (u horribles), para intentar levantar… Ni hablar de los emprendedores y los cotillones tratando de vender cualquier cosa, convenciendo hasta a los ferreteros que tienen que tener decorados sus locales. Cualquier fenómeno más Argentina es igual a Argentina. 

Y después de esta encendida defensa les aclaro que a mí Halloween no me mueve un pelo. No me gustan los disfraces ni el cine de terror. Me gustan el rock nacional, el folklore, el tango y la cumbia. El fondo de pantalla de mi teléfono es una bandera argentina. Pero jamás podría estar en contra de chicos cagándose de risa por las veredas, de chicas con disfraces hot de brujas, de boludones que recrean su película favorita. Las familias ganando el espacio público son siempre una buena noticia: por los festejos del Mundial, el desfile del 25 de Mayo, la marcha del 24 de marzo o la visita del Papa. 

Esta semana lo que dio terror no fue Halloween. Fue la agresión a mujeres trans en los bosques de Palermo perpetrada por adolescentes o jóvenes que lo grabaron y lo celebraron en sus redes sociales. Que las brujas sigan pidiendo caramelos: lo que nos tiene que preocupar es el odio.