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Un judío, un musulmán, un católico y un periodista

Nicolás Varela es periodista y conductor de radio de profesión. De lunes a viernes conduce Buenos Vecinos, un magazine de información y entretenimiento local por FM 88,7 y El Diario Sur en Vivo. También forma parte de FeFIJEE al Extremo, los sábados a las 20.

Tres hombres posan juntos en un estudio de televisión, sonriendo y conversando entre ellos.

Parece el comienzo de un chiste de los noventa, pero no. El Papa León XIV llega a la Argentina esta noche desde Montevideo y se queda hasta el miércoles 11 para seguir viaje a Lima. Mañana es feriado y, luego de aterrizar en aeroparque, el Papa visitará zona sur, específicamente el Cottolengo Don Orione de Almirante Brown. Me voy a traicionar y, esta vez, dejaré lo referido al Papa en la región para las páginas internas del diario y me voy a concentrar en lo que pasará y pasó en Capital. El mismo lunes, a las cinco y media de la tarde tiene prevista, en el Palacio San Martín, una reunión con líderes de otras tradiciones religiosas. 

En la televisión de capital, en A24, el gran periodista nacional Eduardo Feinmann sentó en una misma mesa a un sacerdote, a un rabino y a un dirigente musulmán: el padre Manolo, el rabino Isaac Sacca, de la comunidad sefaradí de Buenos Aires, y Omar Abboud, del Secretario General del Centro Islámico de Argentina. Lo que vi no fue lo habitual: durante buena parte del programa, tres hombres que piensan distinto hablaron de sus diferencias sin levantar la voz, sin interrumpirse y, por momentos, con humor.

Hubo frases que vale la pena repetir. Abboud dijo que el diálogo interreligioso es "patrimonio intangible de la República Argentina" y que se construyó porque la mayoría convocó a las minorías. El rabino propuso exportar el modelo y aclaró algo que me quedó dando vueltas: acá, sostuvo, no hay tolerancia sino convivencia. Contó la torre de Babel para explicar que una sola lengua y una sola idea para todos sería una paz falsa, y que la verdadera consiste en aplaudir al que canta otra canción. El dirigente musulmán recordó que el Corán tiene 600 páginas de revelación y 14 millones de interpretación humana, y que casi nunca el problema es el texto. Y el sacerdote citó a Daniel Barenboim: en una sociedad hay que comportarse como en una orquesta, donde lo importante es saber escuchar al otro y no querer tocar más fuerte.

No todo fue armonía, y tampoco se escondió. Hablaron de antisemitismo, de islamofobia, de la costumbre de meter a millones de personas en la misma bolsa y del fanatismo, que según coincidieron convierte la religión en veneno. El rabino dijo que en la Argentina el antisemitismo no tiene los niveles de Europa, y Abboud pidió no importar conflictos ajenos. Son miradas de ellos y conviene tomarlas como tales, pero marcan algo: nadie negó que hubiera problemas, solo discutieron cómo convivir con ellos.

Apareció además un hilo que vengo siguiendo en esta columna. El sacerdote explicó que el Papa, en su encíclica Magnifica humanitas, usa dos imágenes bíblicas, la torre de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, y que frente al paradigma tecnocrático "con la inteligencia artificial podemos creernos superiores y que podemos todo". Es la discusión sobre la carrera por la superinteligencia, dicha con otro vocabulario.

Al final, el conductor propuso lo que cualquiera esperaría de la televisión: que se dieran la mano los cuatro, un judío, un musulmán, un católico y un periodista, y después que el rabino y Abboud se abrazaran. Se rieron y se abrazaron, primero con cierta torpeza de estudio de televisión y después de verdad, como se abrazan los que se conocen hace años. Alguien dijo que Dios está con todos y que "somos todos hijos de Dios". Se puede desconfiar de un abrazo pedido frente a las cámaras, y es sano hacerlo. Pero detrás hay una tradición que para los que crecimos sin la violencia de los algoritmos fue durante décadas otra coronación de gloria, otro orgullo nacional. Argentina también es eso. Abboud recordó en el programa, en el que fueron quince judíos, quince cristianos y quince musulmanes a Tierra Santa, anticipando la visita de Francisco.

El lema del viaje, según explicó el sacerdote, es "Bienvenidos todos", tomado del Evangelio de Juan: "todo aquel que venga a mí no será rechazado". Yo, que no soy quien para opinar de teología, me quedo con algo más chico. Esta semana tres hombres que piensan distinto me recordaron que un abrazo no necesita un acuerdo previo. Alcanza con saber escuchar al otro y no querer tocar más fuerte.