Ya escribí acerca de la profunda tristeza (y vergüenza) que generó la utilización política de su desaparición, y de las millones de palabras, opiniones, maldades y falsedades, conjeturas e indignidades que se difundieron y multiplicaron en los medios de comunicación y en las redes sociales.
Lo que natura non da, salamanca non presta
Es difícil abstraerse de Santiago Maldonado.
A sabiendas que ésta edición se distribuye durante la veda política trataré de no incumplir la ley, pero no puedo dejar de condenar los dichos de Elisa Carrió el miércoles por la noche en el programa de los Leuco en TN. No merece mucho análisis, de hecho la misma Carrió señaló luego que estaba sufriendo: “el abandono de la política”. Pasó que sus compañeros de Cambiemos la mandaron a callar hasta después de la elección, aunque no le sacaron el celular y siguió tuiteando…
Carrió debiera hacer gala de la decencia, más que de la política. Es dirigente política desde hace casi 30 años, pasó del portazo a la UCR a fundar partidos que luego detonó y de enfrentar e insultar despiadadamente a Mauricio Macri a ser su primera espada. Todo ello con un discurso común: su pelea por la República, su autoproclamada honestidad y varios vaivenes con la religión católica. Ahora, justamente en el nombre de Dios pide perdón a quien pudiera haber ofendido. Carrió debe saber que, a veces, no alcanza con pedir perdón para ser perdonada. A las 18 horas de éste domingo 22, cuando cierren los comicios en todo el país, la única duda que tendrá será si llegó al 50, al 52 o al 56% de los votos en la Ciudad de Buenos Aires. Nadie duda de su triunfo electoral, aunque la gente de bien sabe que en realidad Carrió perdió durante la semana. Que la inestabilidad emocional que sufre, de la que ya hablaba Raúl Alfonsín, la expuso de una forma de la que no se vuelve con facilidad.
Independientemente de la información que vamos conociendo minuto a minuto sobre la autopsia a Santiago Maldonado, quiero destacar la conferencia que prensa que convocó su familia el miércoles a las 20 horas en la ciudad de Esquel. Rodeados por su abogada y los peritos convocados para retirar el cuerpo del agua primero y realizar la autopsia después, Sergio Maldonado y su mujer nos dieron a todos una clase de humanidad. Atravesados por el dolor pidieron respeto, se desmarcaron de todos los partidos políticos, les enseñaron a los periodistas que había preguntas que no podían hacer, se desentendieron y desalentaron la marcha que el oportunismo político más berreta convocaba a Plaza de Mayo.
Sergio Maldonado y Andrea Antico (su esposa) estuvieron 8 horas en uno de los márgenes del Río Chubut, esperando que llegaran sus peritos para sacar el cuerpo. Estuvieron mirando un cuerpo que flotaba en el río sin vida durante 8 horas, dándole de comer a un dolor que los carcomía (y seguramente carcomerá por muchos años), porque “no creían en nada ni en nadie”.
Ellos solos, tomados de la mano y tragando saliva ante las preguntas que no querían contestar. Ya habían pasado casi 80 días en los que su vida cambió para siempre, en los que sufrieron infamias, adhesiones y apoyos genuinos, utilizaciones espurias e interesadas, pero fundamentalmente soledad y ausencia de las instituciones del Estado. El estado no es Macri o Cristina, tampoco debe ser “digitable” por Macri o Cristina. El Estado debiera ser el respaldo institucional de la Nación, en el que la Ley está por encima de los hombres y los nombres, en el que organizaciones formadas por ciudadanos que pueden equivocarse o cometer errores siempre tendrá respaldo institucional para reparar o sancionar a los responsables (no encubrir, ni buscar chivos expiatorios, ni inculpar a las víctimas).
El miércoles pasado, en la noche de Esquel, la soledad absoluta que transmitió el matrimonio Maldonado es la imagen de la peor Argentina. De esa Argentina a la que alguna vez le dijimos nunca más, ¿se acuerdan?
Nunca más.
Buena semana.

