Columnista |

Claroscuros de diciembre

Esta semana reviví algunas imágenes que me retrotrajeron al pasado. 

En realidad fueron sensaciones encontradas: mientras el oficialismo intentaba votar la reforma previsional con miles de manifestantes reprimidos por distintas fuerzas de seguridad en la calle, Independiente volvía a salir campeón continental.  

Puede parecerles una grosería de mi parte compartir este comentario, pero de ningún modo se trata de intentar equiparar las noticias, ni valorizar sus impactos sociales o importancias e implicancias individuales.  

Lo cierto es que el gobierno cometió una nueva torpeza al llegar al recinto sin los votos necesarios para aprobar su propuesta de reforma previsional. Propuesta que afecta directamente a 17.000.000 de argentinos. Esta reforma era la que (en teoría) menos riesgo corría, ya que habían logrado un acuerdo previo con los gobernadores. Sin embargo, hubieron diputados provinciales que no respondieron a la indicación de sus jefes políticos y ni siquiera dieron quórum. 

Recordemos que el gobierno nacional quiere aplicar un ajuste (vía reforma previsional), para hacerse de los fondos necesarios para compensar a las provincias cuando apliquen la reforma impositiva (se habla de 80.000.000.000 de pesos en juego). La reforma impositiva (aquella de los vinos si o no, la cerveza si o no, la coca cola si o no, recuerdan?),  incluye una baja porcentual en el pago de ingresos brutos, impuesto que recauda directamente cada jurisdicción. Si las provincias bajan su percepción vía ingresos brutos, deben recibir los fondos desde otra fuente de ingreso nacional. No hay mucho por discutir.   

El combo se completa con la reforma laboral, de la que hace un par de semanas anticipé, que a pesar de la intención oficial y del compromiso asumido en organismos internacionales, quedaría para debatir en 2018. Así las cosas parece que las reformas no serán tan lineales ni tan simples de aprobar como los más optimistas preveían.  

Interesante es recuperar las declaraciones de Marcos Peña, acerca de rol de las cámaras legislativas como único lugar de manifestación de disidencias. Peña reivindicaba la última elección y señalaba con inusual dureza que la opinión de “la gente” estaba garantizada con la pluralidad de las voces de diputados y senadores electos. Así intentó explicar el Congreso militarizado, los manifestantes genuinos y aquellos que fueron con la única intención de “romper todo”. Esta última imagen no deseada, fue, es y será cuando la política no logre consensos. Triste? Sí. Real? También. De eso se trata gobernar por estos lares.  

Atención: hubieron imágenes muy parecidas a 2001 que nadie en su sano juicio quiere volver a ver.  

Otra situación interesante de analizar: Lilita Carrió. La chaqueña confirmó en 48 horas todo lo que escribí de ella, en ésta misma página, hace una semana. Carrió conduce al gobierno, aún cuando su derrotero no tenga rumbo. Intentó sostener la sesión, pero pidió levantarla cuando se dio cuenta que no habría debate con un sagaz: “...pido que se levante la sesión porque no están dadas las condiciones para el debate. Pero... la semana que viene tendremos quórum, debate y ley”. Varios mensajes: cargó contra la estrategia de llegar al recinto sin los votos, metió la variable “bono compensatorio” para los jubilados que el resto del gobierno no quería; y luego frenó la mano del propio presidente Macri  a punto de firmar un DNU que convertiría le reforma en ley por decreto, que ya tenía las firmas de todos los ministros... 

Los más livianos eligieron debatir sobre si hubo o no quórum durante 5 segundos. Esto es literal, no literario. También es triste. El debate debiera ser otro en la Argentina: discutir y crear una política económica que no dependa de cuantos dólares puedan inyectar en nuestra economía inversores extranjeros, ni de las condiciones que ellos mismos ponen para que así suceda. Los 90 debieran habernos dejado algún aprendizaje. Cada vez que tuvimos una bicicleta financiera en la Argentina salimos de dos formas: mal o peor. 

Último párrafo para mi alegría personal de la semana: el rojo volvió a ser aquel de la mística copera. Que se plantaba en cualquier estadio y era respetado. Independiente es sinónimo de mi papá y de innumerables alegrías compartidas. Hoy también es motivo de encuentro con mis hijos en un encuentro de pasión que se transmite de generación en generación.  

Después del partido recordé un texto de Eduardo Sacheri que subí a las redes: “Y no me avergüenza reconocer que ahora, ya grande, cuando tengo un problema que me agobia, siento un impulso difícil de dominar, abrigarme en la certeza de que mientras yo sueño, mi papá e Independiente, van a arreglarme el mundo para que yo lo encuentre refulgente en la mañana”.  

Un amigo que me felicitó por el triunfo, me dejó una frase: “el amor filial y la pasión son los motores de la vida”. Brindo por el amor incondicional de padres e hijos y porque vivamos con la pasión que nos haga protagonistas y no espectadores de la vida. 

Buena semana. 

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